Revista Sputnik

Este blog está dedicado a la desaparecida revista soviética Sputnik.

HASTA LA VISTA, BARRANCO

Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 08. Agosto de 1983, Págs: de la 149 a la 172.
Colección privada: Cortesía de Humberto J. Solarte


 

Sección de Libros

Andréi Kostin - El Barranco

HASTA LA VISTA, BARRANCO

Novela Corta

Konstantin SERGUIENKO

Dibujos de Andréi KOSTIN

 

– ¿Usted tiene un perro? – me preguntaban cuando salió este libro.

– NO – respondía yo.

Todos se asombraban. ¿Cómo pude escribir un libro sobre perros sin tener uno.

Debía, entonces, explicar que el libro no trataba propiamente de perros, que se refiere más bien a los «pequeños» de este mundo, a los que dependen de los demás, a los que han caído en desgracia, a los que precisan ayuda.

Puede decirse que la novela está también vinculada con la ecología, ya que en ella figura el Barranco, un rincón de la naturaleza que desaparece bajo el empuje de la ciudad. Pero el Barranco tiene apariencia humana, camina y conversa. Con su imagen quise mostrar aquello perteneciente a la naturaleza y al género humano que poco a poco desaparece y nos provoca nostalgia.

Escribí esta novela para los niños, pero resultó para los adultos y son justamente ellos quienes me preguntan.

– ¿Usted tiene un perro? . .

 

NUESTRO BARRANCO

      Ya llegó el verano. ¡Cómo me gusta esta estación! En invierno la vida resulta nada fácil. Si uno encuentra sobras en el camino, están congeladas, prueba a clavarles el diente.

     El invierno es aburrido. La única diversión es cuando los chicos se lanzan en trineos desde las montañas: uno puede correr tras ellos, saltar y ladrar.

      No, el verano es mejor. Crecen hierbas altas. Las flores balancean sus cabecitas. Y todo se llena de olores que hacen temblar la nariz.

      Nuestro barranco es grande y hermoso. Sus espacios son tan extensos que recorrerlo constituye un verdadero viaje.

      Por el lindero del barranco crecen árboles y arbustos. En los árboles viven pájaros renegridos. Sus casitas parecen canastos, no tienen techo ni puertas. Las casas de los perros son por supuesto mejores, pero no todos los perros tienen perrera propia.

      Conozco aquí cada depresión del terreno. En medio del barranco corre un arroyo que en verano se seca casi del todo, pero la tierra a su alrededor sigue húmeda y se forma incluso un pequeño pantano. La hierba llega allí hasta las mismas orejas, vuelan nubes de mosquitos y se siente la risa de las ranas.

      En el barranco hay muchas cosas. ¡Qué es lo que no se puede encontrar allí! Zapatos viejos y manoplas. Ruedas, bolitas y tablitas.

      Cabezón encontró un sombrero arrugado y aprendió a usarlo y Chiquitín vive en un cajón de manzanas. El cajón huele a manzanas, pero Chiquitín sueña de noche con croquetas.

      Sé dónde hay un anillito de oro. Al olerlo comprendí que lo había llevado una persona buena. Solo no sé para qué lo puso en el barranco.

      Cuando más me gusta nuestro barranco es de noche. Desde su fondo profundo se ve el cielo negro lleno de hermosas estrellas brillantes. Están muy altas y por más que uno salte no logrará alcanzarlas.

     En lugar del sol sale la blanca luna. Un escalofrío contrae el lomo y la piel se eriza. Y si uno duerme a la luz de la luna, tiene a veces sueños que hacen saltar las lágrimas y uno siente una agradable tristeza por dentro.

 

PERROS LIBRES

      Todos somos perros libres. En otros tiempos una aldea rodeaba el barranco. Luego echaron abajo las pequeñas casitas y construyeron otras grandes. Los amos se fueron y los perros se quedaron.

      El que lleva las riendas es Negro. Es grande y fuerte. Todos le obedecen y solo yo me quedo al margen. Nos peleamos unas dos veces, pero desde que comprendió que mis colmillos no eran peores que los suyos ya no me molesta más.

      A veces corro con todos, a veces, solo. No traté de ganarme a los demás perros y Negro se tranquilizó.

      Antes Negro tenía un amigo, un mostrenco grande y tonto de apodo Arrojado. Por la cosa más ínfima se lanzaba a pelear. Siempre estaba de parte de Negro. Ahora Arrojado ya no está, pero a Negro le siguen teniendo miedo.

      –  Orgulloso, acéptame en la manada  –me dijo cierta vez Cabezón.

      –  No tengo manada, Cabezón  –le respondí.

      –  Entonces, fórmala. Ex Pachón quiere entrar y Rengo también.

      –  En el barranco no debe haber dos manadas, Cabezón  –le dije.

      –  Entonces vence a Negro. Ayer tiró al pantano mi sombrero.

      Nuestro Cabezón es inteligente. Sabe leer. Puede pasarse las horas mirando un diario roto y silabeando: «No-ti-cias de los campos . . » A veces se encasqueta el sombrero y se queda sentado con aire pensativo.

      –  ¿Para qué usas sombrero, Cabezón?  –le preguntó Negro–. ¿Quieres parecer un hombre?

      –  Sé leer como un hombre –respondió orgulloso Cabezón.

      –  ¡Y yo sé morder como un perro!  –dijo amenazador Negro y le dio tal empujón que Cabezón se desplomó sobre su diario y el sombrero cayó rodando por el despeñadero.

      –  ¡Ja-ja-ja!  –se rio Chiquitín.

      A Chiquitín le gusta reírse. Es un perrito pequeño y peludo, alegre y bondadoso. Siempre lleva pegado a la nariz un pedacito de arcilla. Los niños lo miman, lo levantan en brazos, lo apretujan, lo desgreñan y Chiquitín no hace más que reírse a carcajadas.

      Chiquitín ríe y Ex Pachón suspira. Lleva en el cuello un lazo sucio y desgarrado. No se lo quiere sacar porque según dice, le recuerda el pasado.

      Cuando Ex Pachón apareció en el barranco, trataba a todos de «usted», pero Negro le quitó en seguida esa extravagancia. Negro dice que un perro debe ser un perro. Le disgusta mi amistad con el gato Yamomoto.

      Yo podría no hacer amistad con el gato Yamomoto, pero es tan inteligente. Todos saben que Yamomoto es un emperador japonés.

      Yamomoto conoce bien la lengua de los perros. Conversamos a menudo, mientras nos calentamos al sol. Hablamos de todo: de la comida, del tiempo, del lejano Japón. A Rengo le gusta escucharnos. Se acerca cojeando y se sienta aparte. Se queda escuchando largo rato, se fricciona la húmeda nariz con la pata y farfulla algo.

      –  ¿Qué? ¿qué dices?  –pregunta Yamomoto.

      – Este . . . , cómo era . . .  –dice con voz ronca Rengo y guarda silencio. Poco después se va por donde ha venido. Rengo es un perro callado y tímido, para él significa una gran hazaña pronunciar varias palabras seguidas.

      Negro me invitó más de una vez a formar parte de la manada.

      –  Te haré mi pata derecha  –dice.

      – No  –le respondo.

      Negro no sirve para jefe mío. Si tuviera que elegir un jefe, elegiría a otro. Tengo una candidatura. Pero no tiene cuatro patas, como nosotros, sino dos. No tiene rabo y sus patas superiores se llaman «manos». Es un hombre y a Negro no le gustan las personas.

 

MI HOMBRE

      Las personas se dividen en niños y adultos. Los niños son personas pequeñas. Los niños son más alegres y más bondadosas. Los adultos pueden ser malos, pero también pueden ser bondadosos. Mi Hombre es el más bondadoso.

      Encontré a mi Hombre de noche. Ocurrió en invierno. Me dolía mucho una pata. En un lugar salía vapor de debajo de la tierra. Me eché y me puse a calentar la pata sobre una gran tapa de hierro.

      Mi Hombre caminaba con el abrigo abierto, agitando una mano y conversando consigo mismo. Al pasar junto a mi tropezó y luego se puso en cuclillas.

      –  Hola, querido  –me dijo–. ¿Cómo estás?

      Enseguida sentí confianza hacia él. Comprendí que no debía escapar. Ese hombre no me haría daño.

      Le mostré mi pata enferma.

      –  No estás muy bien que digamos  –dijo–. Ven conmigo.

      Fui con él. Al llegar a la puerta estuvo mucho tiempo buscando la llave.

      –  Te pido por favor, querido, que hagas el menor ruido posible –me decía en un susurro–. Los vecinos no nos entenderán.

      Así fue que entré por primera vez en una casa blanca, o en una gran perrera, como la llama Ex Pachón.

      En la oscuridad me volví con torpeza y tropecé con algo, pero el Hombre abrió rápido la puerta de la habitación y me dejó pasar.

      –  Bueno  –dijo–  vamos a curarte. Pero antes debemos comer algo.

      Estuve de acuerdo. Me convidó con un embutido muy sabroso y después se puso a curar mi pata. Es tan agradable cuando te curan. Claro que duele un poco, pero uno sabe que pronto pasara todo. Mi Hombre sabe curar.

Andréi Kostin - El Hombre

Mi hombre.

     En su habitación había muchos cartones y tablitas y se sentía un olor penetrante. Se sentó delante de una tablita con unos palitos finitos en las manos.

      –  Son pinceles  –me dijo–. Descansa, querido, y yo voy a trabajar mientras tanto. De noche me sale bien.

      Estuvo mucho tiempo tocando su tablita con los palitos, a momentos se alejaba y la miraba entrecerrando los ojos. Yo dormitaba en un rincón.

      Por fin el Hombre se levantó y acarició mi pata vendada.

      –  Bueno, querido, es hora de que nos despidamos  –dijo–. Te he alimentado y curado. Por ahora no puedo hacer nada más por ti. Esperemos tiempos mejores.

      Lo comprendí todo. No podía dejarme en su casa. Me levanté y me dirigí a la calle. El salió a acompañarme y estuvimos paseando bajo la helada matinal. El cielo ya se había aclarado, la nieve crujía.

      –  Hasta la vista, querido,  –me dijo–. Puedes contar siempre con mi ayuda. Créeme que viviría contigo gustoso. Dame la pata.

      Le extendí una pata. El se fue levantándose el cuello del abrigo.

      Encuentro a menudo a mi Hombre. Lo acompaño de lejos y nunca me hago invitar a su casa. Varias veces nos topamos en la calle. Siempre me reconoce, me acaricia y me mima. Me llama «querido», me pregunta cómo vivo.

      Yo agito alegre el rabo y corro a su lado. En esos minutos el corazón me palpita de felicidad. ¡Qué bueno es tener un Hombre! La vida parece entonces maravillosa.

 

NUESTRAS PREOCUPACIONES

      El perro libre tiene muchas ocupaciones. Por la mañana bien tempranito hay que recorrer el barranco en busca de algún cambio. Cada perro se encarga de un sector de barranco y si forma parte de la manada, debe contarle las novedades al jefe.

      Negro por lo general está sentado junto a su cueva tras el Arbusto Salvaje.

      Llega corriendo Ex Pachón y dice que en su cuneta apareció una cajita de hierro.

      –  ¿Herrumbrosa? –pregunta Negro.

      –  Sí, muy herrumbrosa, con dos agujeritos.

      –  Está bien, que siga donde está  –dice Negro, después de pensarlo un poco.

      Cabezón comunica que alguien dejó olvidado un libro en su montecillo . . .

      –  ¿Es un libro sobre perros?  –pregunta Negro.

      –  No, sobre las personas  –responde Cabezón.

      –  Rómpelo en pequeños pedazos –ordena Negro, sabiendo que Cabezón no lo romperá, sino que lo esconderá bien.

      En el sector de Rengo encendieron de noche una hoguera y quebraron una rama muy cómoda, contra la cual todos nos rascábamos.

      –  ¡Yo me enteraré de quién ha sido!  –grita amenazador Negro–. Ya verá.

Andréi Kostin - Orgulloso

Orgulloso.

      Después de la inspección, debemos acompañar a los niños a la escuela. Ellos van conversando alegremente, revoleando las carteras, corriendo, peleando.

      Nosotros los seguimos ladrando ruidosamente y meneando los rabos. Es una lástima que la escuela se cierre en verano. Muchos niños se van. En cambio los demás se pasan todo el día jugando a las escondidas, encienden fogatas, cavan cavernas.

      Debemos estar enterados de todo. Ninguna diversión se hace sin nosotros. Si aparece un hombre malo, le ladramos y no permitimos que se acerque.

      A los más pequeños hay que pasearlos montados, a los mayores, llevarles algún trofeo, por ejemplo, un ratón gris. Nos pasamos todo el día divirtiendo a los niños, llegamos incluso a cansarnos. Es una ocupación nada fácil.

      Sin hablar ya de que debemos conseguirnos el alimento. Claro que nuestros amiguitos nos traen a veces comida. Pedazos de carne, pan, embutido. ¿Pero acaso alcanza para todos los perros?

      La preocupación por la comida, por nuestros amiguitos y por el barranco ocupa todo nuestro tiempo y cuando la oscuridad se echa sobre la tierra, llega la hora de la ronda nocturna.

 

LA RONDA NOCTURNA

     –  ¡Formen filas!  –ordena bajito Negro–. ¡Las narices a la tierra! ¡Adelante!

      Como una sombra ligera nos deslizamos por la tierra pasando junto a las casas dormidas. Las narices pican. La sed de búsqueda marea. La ronda nocturna es la hora triunfal para un perro.

      Si de día hay muchos olores, de noche uno se ahoga virtualmente en ellos. Huele el cielo, huele la luz de la luna, huele la misma oscuridad y en ella, como mariposas, dan vueltas y revolotean de aquí para allá los olores. Se sienten ganas de apresar cada uno de ellos y de mantenerlo sobre nariz como un perro amigo mío hace con la pelota.

      Durante la ronda nocturna buscamos la puerta canina es el sueño de todo perro. He oído muchos relatos sobre ella. La puerta canina es muy pequeña, menor que una cuenta de vidrio. Hasta que uno no choca de narices contra ella, no la encuentra. Pero cuando la encuentra, la puerta canina se abre y se vuelve tan grande que la puede atravesar cualquier perro.

      Tras esta puerta la vida es muy diferente. Siempre hace calor y todo es hermoso. Hay mucha caza y comida sabrosa. A la redonda se extienden campos y bosques y los perros son los amos absolutos.

      ¡Puerta, puerta, aparece, aparece! ¡Puerta, puerta, ábrete, ábrete!

      Si en nuestro barranco hay una puerta canina, la encontraré sin falta. ¿Y cuándo buscarla, si no de noche? De noche el barranco descansa. Los coches no arman estruendo, no caen arena ni piedras. De noche el fondo del barranco es como un pote maravilloso. Encima de uno hay solo un cielo inmenso cuajado de gránulos azules y un gran espejo redondo.

      En este espejo uno puede mirar cuanto quiera. Ve allí algo conocido, pero muy lejano. Causa tristeza. Se sienten ganas de cantar alguna canción. Ya de quejarse a alguien, ya de llamar a alguien, ya de simplemente contar algo.

 

LOS ATADOS

      En este espejo uno puede mirar cuanto quiera. Ve allí algo conocido, pero muy lejano. Causa tristeza. Se sienten ganas de cantar alguna canción. Ya de quejarse a alguien. ya de llamar a alguien, ya de simplemente contar algo.

      Aparte de nosotros, en el barranco están también los atados. Son perros completamente diferentes. Los sacan a pasear las personas.

Los atados se diferencian de nosotros en que llevan collar.

      –  Nunca me pondría un collar  –le dije cierta vez a un buldog conocido.

      –  Eso es porque no tienes medallas  –me respondió–. Los collares se ponen para llevar las medallas.

      –  ¡Y qué!  –le dije–. Yo, en cambio, ¡sé dónde hay un anillito de oro!

      –  Sí  –dijo él–  tengo muchas medallas. Escucha cómo tintinean. Soy de raza.

      –  El anillito es muy lindo  –dije.

      –  Mi Hombre también tiene una medalla  –agregó el buldog–. El también es de raza.

      –  Eso habría que comprobarlo  –señaló Cabezón.

      –  ¡De la mejor raza!  –aseguró el buldog.

      –  La mejor raza es la de aguas  –dijo el listo Cabezón.

      –  Sí, sí, mi Hombre es de aguas  –convino en seguida el buldog.

      –  Aunque, tal vez, no  –dijo Cabezón frunciendo la frente–. Quizás la mejor raza sea la de los cuzcos.

      –  Sí, sí  –dijo el tonto buldog–. Me parece que mi Hombre es un cuzco.

      Casi todos los atados se sienten muy importantes. Muchos de ellos no saludan y no nos consideran sus iguales.

Andréi Kostin - Balconero

Balconero.

     El más ridículo de los atados es Balconero. Se trata de un perrito al que dejan salir solo al balcón y nunca lo he visto en la calle.

     Nunca he encontrado a perro más escandaloso. Balconero asoma el hocico por entre los barrotes y se pasa todo el día amenazando con palabras terribles.

      –  ¡Atrévete a trepar a mi balcón, grr!

      –  ¡Atrévete a saquear mi apartamento, grr!

      –  ¡Atrévete a lanzarme una escupida, atrévete no más!

      –  ¡Eh tú, parlanchín! Baja y hablaremos –le dije cierta vez–. Entonces verás cómo saqueo tu apartamento, trepo a tu balcón y te lanzo un escupitajo en tu misma nariz.

      Balconero pareció volverse loco. Se puso a roer un barrote, dejando caer la baba encima mío. Y apenas levanta un palmo del suelo. Hay perros que son la vergüenza del género.

      Algunos de los nuestros envidian a los atados. Como quiera que sea no pasan hambre, viven abrigados y no conocen preocupaciones. Negro no quiere a los atados y siempre les busca camorra.

      En cuanto a mí, no entiendo cómo alguien puede pasar los días enteros en un balcón. Me gusta la libertad Y tengo un Hombre propio, como cualquier atado. Y aunque no no lo veo muy a menudo, le seré fiel toda la vida.

 

LOS NUEVOS

Andréi Kostin - Los Nuevos

Los Nuevos.

      El verano seguía su curso. Ya se habían ido los días de la hierba nueva y se acercaba la época de los peluseros. Es una flor blanca que cuando uno sopla se esparcen en infinidad de diminutas pelusitas. Correr tras una de esas pelusitas y agarrarla con la nariz es un viejo juego de los perros.

      Cierta mañanita se bajó en la parada de ómnibus un hombre con dos perros. Dejó a estos, se subió a otro ómnibus y se fue.

      Los perritos se parecían mucho. No eran nada del otro mundo: hocicos alargados y orejas afiladas.

      Los ómnibuses llegaban uno tras otro, pero el hombre que los había dejado allí no regresaba. Los perros miraban esperanzados cada nuevo ómnibus. Se metían entre las piernas de las personas. Los echaban, pero ellos no se iban.

      –  Eh, ustedes, ¿qué buscan aquí?  –pregunto Negro, con aire de amenaza.

      –  Estamos esperando –respondieron tímidamente.

      –  Y ¿a quién esperan?

      –  A nuestro hombre.

      –  ¿Dónde se metió?

      –  Pronto volverá.

      –  Y ustedes ¿saben que este lugar es nuestro?

      –  No, no lo sabíamos  –respondieron bajito.

      Vino corriendo Chiquitín, se acercó Cabezón, llegó cojeando Rengo, se nos unió Ex Pachón y todos clavaron la mirada en los perros nuevos.

      –  ¿Han visto?  –dijo negro–. Están esperando a su Hombre. Los trajo por la mañana, ahora ya es tardecita y ellos todavía piensan que volverá.

      –  ¡Ja-ja-ja!  –rompió a reír a carcajadas Chiquitín.

      –  Sí fue a la mañana, entonces, claro no volverá  –opino Cabezón.

      –  Sí, este . . .  –dijo con voz ronca Rengo.

      –  Conmigo pasó lo mismo, me trajeron y me abandonaron  –comentó triste Ex Pachón, arreglándose el lazo.

      –  ¿Han oído?  –preguntó Negro–. ¿Cómo se llaman?

      –  Boby y Toby – respondieron.– ¿Qué nombres son esos? –Negro hizo una mueca de desprecio–. ¡Boby y Toby! ¿No les da vergüenza llevar esos motes?

      –  ¡Ja-ja-ja!  –se puso a reír Chiquitín.

      –  Ahora se llamarán simplemente Nuevos  –dijo Negro–. A ver, ¡vengan aquí!

      – No los toques, Negro  –dije–. Que esperen. Ellos solos comprenderán que su Hombre no volverá y pedirán entrar a tu manada.

      Así fue como en nuestro barranco aparecieron dos perros nuevos. Y así fue que se los llamó: Nuevos. Al principio no le quitaban los ojos a la parada de ómnibus y se pasaban hablando de su Hombre. De lo fuerte que era, de cómo le temían los vecinos, de cuántos collares y correas tenía en su casa. Se resistían a creer que su Hombre era sencillamente un embaucador.

 

VISITO A YAMOMOTO

      Hacía mucho tiempo que mi buen amigo el gato Yamomoto me había invitado a su casa.

      –  Ven cuando no estén los míos  –me decía–. La ventana está siempre abierta. Salta directamente a ella.

      En los días húmedos resulta agradable calentarse y secarse en alguna parte. Por eso fue que decidí visitar a Yamomoto.

      Yamomoto me recibió en el antepecho de la ventana. Estaba bien ubicado, vivía en la planta baja.

      Tome carrera y salté. Pese a que la altura no era pequeña, la salve y caí en la habitación.

Andréi Kostin - Yamomoto

Yamomoto.

      Nosotros no tenemos muy a menudo la posibilidad de visitar las viviendas de los gatos y las personas. El envión me hizo resbalar en el brillante piso de madera y lo arañé bastante.

      –  Aquí es donde vivo  –dijo Yamomoto.

      En seguida se volvió muy importante. Se puso dos de esos vidriecitos que llevan las personas y comenzó a mostrarme la casa.

      –  Este es el cuarto de baño  –dijo–  el excusado, la sala . . .

      Todo era nuevo para mí. Nunca había oído esas palabras.

      Luego Yamomoto se arrellanó en un sillón, abrió un librote y dijo que me leería un poco sobre Japón.

      –  Japón es un país grande  –comenzó–, en él hay muchos ratones que obedecen a los gatos. La persona más importante de Japón es el emperador Yamomoto.

      –  ¿Tal vez, no me creas?  –dijo de pronto mirándome por encima de los vidriecitos–. Léelo tú mismo.

     Me obligó a mirar el libro lleno de garrapatos y después siguió leyendo mucho tiempo sobre lo bien que se vivía en Japón y lo bueno que era el emperador Yamomoto.

      –  ¿Dónde queda Japón?  –le pregunté.

      –  ¿Dónde?  –dijo Yamomoto–. Muy lejos. Del otro lado del camino, detrás de aquel barranco o, tal vez, más lejos.

      –  Sí, queda lejos  –convine.

     ¡Mira qué inteligente es mi amigo Yamomoto! Cabezón apenas sabe silabear, mientras que Yamomoto lee rápido y de corrido. Conoce todas las lenguas y cuando se pone los vidriecitos, se vuelve aún más inteligente.

      Después Yamomoto se puso a agasajarme.

      –  ¿Deseas té o café?  –me preguntó.

      No acepté.

      –  ¿Tal vez quieras una copita valeriana?

     Tampoco acepté. Entonces Yamomoto trajo solamente un trozo de embutido y sin hacer más preguntas me lo puso delante de la nariz. Es un anfitrión muy hospitalario y muy ducho en agasajos.

      Mientras yo le hacía los honores al embutido, Yamomoto no dejaba de hablar.

      –  Los míos no me molestan. Cuando quiero quedarme solo, les pido que se vayan a pasear. Hoy, por ejemplo, les dije que esperaba visitas y en seguida se fueron. Son buena gente. El lavado, la limpieza y la cocina queda a cuenta de ellos. Les dije de una vez y para siempre que no tenía tiempo, así que no insisten. Duermo cuando tengo ganas. Como lo que quiero. Paseo donde necesito.

      Yamomoto seguía hablando y yo terminaba de engullir el embutido.

      En ese momento llegaron los de la casa. Yamomoto se atragantó e interrumpió su perorata.

      –  ¡Escóndete!  –murmuró.

      Pero ¿dónde podía esconderme? Me puse a dar vueltas por la habitación. Intenté saltar por el antepecho. Vi que sin tomar carreta no lo lograría.

      –  ¡Debajo del diván!  –susurro Yamomoto.

      Pero era tarde. Los dueños de casa aparecieron en el umbral y se quedaron petrificados de la sorpresa. Tomé impulso, tumbé una maceta y salté a la calle. Atrás mío salió volando el ovillo erizado de Yamomoto, ya sin los vidriecitos. A nuestras espaldas resonaron voces enojadas.

     Recobramos el aliento ya junto al barranco.

     –  Ves qué buenos y amables son  –dijo jadeando Yamomoto.

     –  Si, muy amables  –convine yo.

     –  Son discretos  –siguió diciendo–. Cuando recibo visitas se ponen más blandos que una breva.

     Yamomoto tenía razón. Hay amos muy perversos. Esos eran bastante buenos.

 

YAMOMOTO SE MUDA

      Mi buen amigo el gato Yamomoto se peleó con sus amos y decidió mudarse a un árbol.

      –  Es que no les gustó que me hubieras visitado, roto la maceta y ensuciado el piso  –me explicó–. Pero soy muy severo. Los tengo más blandos que una breva.

     Yamomoto se puso a lamerse una pata.

      –  ¿Te duele?  –le pregunté.

      –  Un poco. Me peleé con mi amo. ¿Lo ves? Me levantó la mano. Pero soy muy severo. Le di tal golpe con la pata que rodó de cabeza. ¿Qué te parece: no le habré pegado muy fuerte? ¿Tal vez yo sea demasiado inflexible?

     Elogié a Yamomoto. Hay que saber mantenerse firme.

      –  Sí, fuerza es lo que me sobra  –convino Yamomoto–, tócame el músculo. Pero ahora quiero vivir aparte. Que sepan lo que es vivir sin su Yamomoto, sin su bondadoso e inteligente emperador que tanto se preocupa por ellos. Que cocinen y barran solos, que pongan solos la leche en mi platito. ¡Desagradecidos!

      Yamomoto se secó una lagrimita con la pata.

      –  No te aflijas  –le dije–  te las arreglarás.

      –  Claro que me las arreglare  –respondió Yamomoto–. He decidido mudarme a un árbol.

      –  ¿A un árbol?

      –  Sí. Me construiré un nido junto a las chovas. Será muy cómodo: no tendré más que alargar una pata para conseguirme el almuerzo.

      Dudé de que las renegridas se alegraran de la idea de Yamomoto.

      –  ¿Por qué?  –preguntó asombrado el gato–. ¿Acaso les importará? Ellas son tantas. Nunca he podido comprender a las chovas. Son todas negras e iguales. ¿Qué importa que desaparezca una? Si yo fuera tan numeroso, no tacañearía tanto y le regalaría a mi amo un par de Yamomotos para que se hiciera un gorro.

      Yamomoto estuvo pensando mucho tiempo como construir el nido.

      –  Siéntate allí y escucha  –me dijo después–. Esto se llama «informe». Cuando termine, me aplaudirás. ¿Has entendido?

      –  He decidido construirme un nido  –comenzó, después de atusarse los bigotes–. Juntaré cien palitos, doscientas varillas, quince raíces de diente de león, pajitas, lanas, pelitos, musgo, trapitos, así como un gran candado con dos llaves. Lo principal es que el nido pueda cerrarse. He terminado. Apláudeme, Ogulloso.

      Golpeé con todas mis fuerzas una pata contra la otra. Yamomoto hizo una reverencia.

      –  Esto se llama «informe»  –repitió con aire importante.

      Por la mañana Yamomoto se puso a construir el nido. Hice lo posible por ayudarlo: le llevé palitos y varillas y añadí de mi parte una caja de cartón.

      Apenas Yamomoto colocó en el árbol las primeras varillas, se le acercó volando una renegrida y le graznó algo en la misma oreja. Yamomoto se echó hacia atrás y estuvo a punto de venirse abajo.

      –  ¡Grosera!  –le soltó el gato.

      Al mediodía en el árbol negreaba algo que de lejos parecía un montón de basura. Los pájaros rondaban en las inmediaciones y no dejaban de gritar.

      – Lo principal es el candado  –dijo resoplando Yamomoto–. El nido debe cerrarse, de otro modo las chovas no me dejarán tranquilo.

      Le pregunté donde colocaría el candado, ya que su nido no tenía ni siquiera las puertas. Yamomoto se quedó pensativo.

      Lo dejé reflexionando y me fui a almorzar. Cuando regresé me encontré con un triste cuadro: las chovas estaban rompiendo la vivienda y a su dueño le daban tal paliza que los pelos volaban por el aire.

      Eran tan numerosas que ennegrecían el cielo. ¿De dónde habrían salido tantos pájaros? Volaban en círculos a toda velocidad y clavaban sus picos fuertes en el nido y en su constructor.

      Una lluvia de palitos y varillas caía del árbol, se desprendió luego la caja de cartón y, por último, el mismo Yamomoto se desplomó junto a mí, agitando desesperado las patas.

      –  ¿Ves?  –me dijo luego de recobrar el aliento–. No les gustó que yo fuera emperador. Pero soy muy severo. ¿Has visto cómo le di a una con la pata? ¡Cayó patas arriba!

      Me compadecí de Yamomoto.

      –  No comprenden la suerte que les había tocado  –dijo–. Yo les habría impuesto orden. Que vivan ahora solas. Que las azote el granizo, que las atormente el frío y el hambre. Entonces lamentarán haberse quedado sin su bondadoso e inteligente emperador.

      Yamomoto se limpió la nariz con una pata.

 

CIERTA NOCHE

     Un gato no es un perro. Nunca se echará a dormir en cualquier parte. Siempre le envidié a Yamomoto su habilidad para meterse en los agujeros más pequeños.

      El sótano, por ejemplo. Un perro no logrará introducirse allí, en cambio Yamomoto se siente en el sótano como en su propia casa.

      Pero Yamomoto tiene también motivos para envidiarme. ¿Qué es un gato en comparación con un perro? Si aquella noche hubiera estado en mi lugar un simple gato, no habría podido ayudar a su Hombre.

      Yo regresaba justamente de la ronda nocturna y Balconero, por suerte, me entretuvo junto al cajón con arena. Al lado de ese cajón pasa una senda, por el que camina la gente. Pero a esa hora es raro que aparezca alguien.

      Yo corría ensimismado en mis pensamientos, cuando sentí un susurro.

      –  ¡Eh, amigo!

      Levanté la cabeza y vi el hocico blanco de Balconero que se asomaba por entre los barrotes.

      –  ¡Eh  –me dijo–, espera un poco!

      Me detuve.

      –  ¿Por qué no me insultas?

      Balconero suspiró.

      –  No tengo ganas. Dime, ¿se está bien en la calle?

      –  Muy bien  –le dije–  sal y pasearemos.

      –  No puedo  –me respondió Balconero–  me dejan salir solo al balcón.

      –  ¿Acaso no eres un perro?  –le pregunté.

      Balconero lanzó otro suspiro.

      –  Mis patas traseras están muy débiles, casi no caminan. Estuve enfermo hace poco y ahora las patas no se mueven.

      Balconero se puso a hacerme preguntas: ¿cómo huele la hierba en el barranco? ¿hay allí ratones de campo? ¿adónde corre el arroyo? No dejó cosa sin preguntar.

      Le estoy agradecido por haberme entretenido junto al cajón de arena. Allí pasa una senda y por ella venía mi Hombre.

      Se iba aproximando y mi corazón palpitaba de alegría. Pero en ese momento dos personas le salieron al encuentro. Salieron de la oscuridad y se le aproximaron.

      –  Danos de fumar  –le dijeron. Me escondí tras el cajón de arena y me puse a observar.

      Mi Hombre rebuscó en el bolsillo y les dio cigarrillos.

      –  ¿Tienes fósforos?  –le preguntaron.

      Les dio también fósforos.

      –  ¿Qué hora es?  –le preguntaron.

      –  Es tarde -les respondió y quiso seguir su camino.

      Pero ellos se lo impidieron,

      –  Ven con nosotros  –le dijeron–, Tenemos que hablar.

      –  ¿De qué?  –les preguntó.

      –  Es importante  –dijeron ellos.

      La piel se me empezó a poner de punta. Esos dos no tenían buenas intenciones.

      –  Déjenme pasar  –dijo mi Hombre.

      –  Ven con nosotros  –le dijeron ellos.

     Me convertí en un resorte dispuesto a saltar apenas tocaran a mi Hombre.

      –  Pareces buen muchacho  –le dijeron ellos.

      –  Déjenme pasar.

     En ese momento se le fueron encima.

     Salí como una flecha de mi escondite. Con un breve rugido me lancé sobre los atacantes. Me ahogaba de furia. En esos instantes podría haber luchado contra cien personas si tocaran a mi Hombre.

      Clavé los dientes en uno y en otro. Cayeron y se arrastraron en cuatro patas. Me puse a correr entre ellos distribuyendo mordeduras.

      ¡Qué susto se llevaron! Se echaron a gritar que yo estaba rabioso y pidieron ayuda. Por si fuera poco, Balconero decidió ayudarme.

      –  ¡Los morderé a todos, los haré pedazos!  –gritó desde arriba con todas sus fuerzas.

      En el edificio se iluminaron las ventanas y se asomaron varias personas enojadas. Mi Hombre me llamó y nos fuimos rápidamente.

      –  Gracias, querido  –me dijo, mientras me acariciaba la cabeza–. Eres un verdadero amigo.

      Lo repitió varias veces.

 

LA SUERTE ES LOCA

Andréi Kostin - Rengo

Rengo.

      Así es la vida de los perros: hoy uno tiene un hueso entre los dientes y al día siguiente no sabe cómo quedar vivo.

     Ayer Rengo volvió arrastrándose medio muerto. Había estado mendigando en un tren, como siempre, y lo golpearon de lo lindo.

      En cambio la fortuna les sonrió a los Nuevos. Yo mismo lo presencié. Un hombre ponía unas cosas en un coche que estaba parado junto a la casa. Los Nuevos daban vueltas alrededor esperando que les tiraran algo.

      De pronto salió una niña de la casa. Yo la conocía: me había dalo una vez un trocito de carne.

      –  Papá  –dijo la niña–  mira que perritos más buenos, siempre andan por aquí.

      –  El papá, ocupado con el coche, no contestó.

      –  Papa, son justo uno para mí y otro para Masha. Llevémoslos a la casa de campo.

      El papá no respondió nada.

      –  Jugarán conmigo y cuidarán el jardín.

      El papá no dijo nada.

      –  Perros, perritos, vengan aquí  –llamó la niña.

      Los Nuevos se acercaron meneando la cola. Yo, por el contrario, me alejé. Si la niña no me llamaba, allá ella. Ya me había dado un pedacito de carne, pero ahora no tenía nada.

      –  Perritos, perritos  –decía la niña, mientras acariciaba a los Nuevos.

      Ellos saltaban y chillaban de placer y Toby se echó panza arriba y se puso a patalear. Es una costumbre repugnante.

      –  Papá, llevémoslos a la casa de campo  –dijo la niña.

      El papá no contestó nada.

      –  Dale, papá, ¿está bien?

      –  ¿Dónde los meteremos en invierno?  –preguntó el papá–. El verano ya se acaba.

      –  En invierno se los daremos al tío Kolia.

      –  El tío Kolia ya tiene un perro.

      –  No importa, tendrá otros dos. A él le gustan los perros.

      –  Haz lo que quieras  –le dijo el papá y su coche comenzó a ronronear.

      –  Vengan aquí, perritos  –llamó la niña, abriendo la puerta–. Iremos a la casa de campo. Allí se sentirán muy bien.

      Los Nuevos me miraron interrogantes. Todos estábamos cansados de oír los relatos de Ex Pachón sobre la casa de campo. Allí la vida es un paraíso para los perros.

      Claro que yo me sentí un poco ofendido. ¿Acaso no podía llamarme a mí? Yo no iría a ninguna parte porque tengo aquí a mi Hombre y, además, no abandonaría el barranco, pero de todas formas . . .

      –  Vengan, vengan  –llamaba la niña.

      Se veía a las claras que era una chica buena, y el papá tampoco era malo. Los Nuevos no debían perder semejante oportunidad.

      –  Está bien, vayan  –les dije.

      Los Nuevos fueron.

      –  Si no nos gusta, volveremos  –dijeron, pero se veían muy contentos. No todos los días una niña buena invita a los perros a vivir en una casa de campo.

      Se introdujeron indecisos en el coche, la portezuela se cerró y los Nuevos partieron.

      Me entristecí un poco. Boby y Toby no habían vivido mucho en el Barranco de los Perros. La manada se iba reduciendo. Negro me reprendería por haber dejado partir a los Nuevos. ¿Quién lo acompañaría ahora durante la ronda nocturna?

      Rengo había quedado fuera de combate. Y si a alguien le correspondía descansar en la casa de campo, era a él. Pero la suerte del perro es como la cabecita de un pelusero; si sopla el viento, las pelusitas vuelan hacia un lado, si sopla un poco más, vuelan hacia el otro.

 

EL VERANO LLEGA A SU TERMINO

Andréi Kostin - Ex Pachón

Ex Pachón.

      A fines del verano oscurece rápido, las noches son frescas y los arboles sueltan de vez en cuando hojas secas. Se acerca la época de la telaraña plateada. La tierra mudará de piel como los perros, le arrancarán hierba y la quemarán en hogueras.

      Rengo no se recupera, al contrario, se siente cada vez peor.

      ¡Cómo pasó volando el verano! Pronto comenzarán las lluvias y soplarán los vientos y entonces uno deberá procurarse de nuevo un rincón abrigado y una corteza de pan.

      La hierba del barranco se ha vuelto clara y despide un olor dulzón a estramonio. En los días apacibles me instalo a menudo en alguna depresión, balanceo las flores con el hocico, observo a las libélulas grandes y converso con el barranco.

      –  Tiíto Barranco, ¿recuerdas como te vine a visitar junto con mi Hombre? ¿Recuerdas lo que te dijo? «¡Orgulloso es mi mejor amigo!»  –eso es lo que te dijo mi Hombre.

      Tiíto Barranco susurra algo en respuesta y me hace cosquillas con una hierbita.

      –  Sí  –le digo–  pronto llegará el invierno. Pero ¿sabes dónde voy a vivir? Voy a vivir junto con mi Hombre, El mismo me lo dijo: «Ven a vivir conmigo. Orgulloso». Si no me crees, tiíto Barranco, pregúntaselo al gato Yamomoto.

      Al aproximarse el otoño, los ojos de los perros se llenan de tristeza. Esto se nota sobre todo en Ex Pachón.

      –  Ah, no dejo de recordar nuestra casa de campo  –dice suspirando–  ¡esa sí que era vida! Me habían dado una pieza entera. Se lo imaginan: ¡una habitación entera a disposición de un perro!

      –  ¡Ja-ja-ja¡  –se ríe Chiquitín como de costumbre.

      –  Cuando él se ríe me pongo triste  –dice Ex Pachón.

Andréi Kostin - Cabezón

Cabezón.

      –  Eso ocurre porque no sabes leer  –le dijo Cabezón–. Cuando me siento triste, leo sobre la siega del heno y la recolección de la cosecha.

      –  Tú eres tan inteligente  –dijo Ex Pachón– casi tanto como mi Hombre. A él lo llamaban Profesor. ¿Quieres que te llame Profesor, Cabezón?

      Cabezón se turbó y se encasquetó en seguida el sombrero.

      Al aproximarse el otoño a los perros les pican los costados. Uno se rasca a derecha e izquierda y siente un escalofrío debajo de la piel. Es el invierno que amenaza desde lejos, recordándonos que si los perros errantes no ponemos en orden nuestra piel, la pasaremos mal.

      Cabezón ya empezó a reunir diarios viejos que utiliza de cama cuando hace frío. Le gusta dormir sobre los diarios: se despierta, lee alguna palabrita y se vuelve a dormir. Por la mañana, en lugar de desayuno, farfulla para sus adentros: «Avi-sos     clasi-fica-dos . . .     Ingre-so   a   centros   de   ense-ñanza . . .»

      Chiquitín protege contra el frío su cajón de manzanas y se alegra de que pronto volverán los niños. Sonará el timbre en la escuela y ellos se echarán a correr agitando sus carteras. Todos lo quieren a Chiquitín. Lo van a acariciar, a abrazar, a meterle en la boca bombones.

      A fines del verano la luna se va haciendo cada vez más brillante. Rengo aúlla todas las noches: «¡Denle a Rengo, regálenle a Rengo, tírenle aunque sea un trocito pequeño de luna! ¡Una migaja para que Rengo resista hasta la primavera!»

      Pero no sé si Rengo vivirá mucho.

      –  Me gustaría ayudarlo  –dijo mi buen amigo el gato Yamomoto–. Pero no sé curar a perros.

      ¡Y los días son magníficos! Cálidos y fragantes como una baya grande. Nuestro barranco brinda todavía alegría a los perros libres. Allí donde no han cavado ni extraído la tierra, brotó una hierba exuberante. Un arroyito se abre paso entre los montones de arcilla. Pasamos los días enteros en el barranco. Jugamos a la cacería y al marro perruno.

      Pero Rengo ya no jugaba. Se habían terminado los juegos para él. En esos últimos días cálidos nos quedamos sin nuestro pobre Rengo.

 

NOS DESPEDIMOS DE RENGO

      Yacía con el hocico clavado entre las patas.

     Todos nosotros lo rodeábamos.

      –  ¿Quieres comer?  –le preguntó Negro.

      –  No sé -respondió Rengo con un ronquido.

      –  Tráiganle un hueso  –ordenó Negro.

     Alguien fue a buscar el hueso. En el escondite de Negro siempre hay alguno, aunque sea roído.

     Rengo olfateó el hueso y quiso acercarlo con una pata, pero no pudo.

      –  ¿Qué desearías?  –le preguntó Negro.

      –  Hierbita salada  –dijo Rengo con voz ronca.

      –  ¡Búsquenle hierba salada!  –ordenó Negro.

      Nos dispersamos en silencio por el barranco. No hay hierba salada, pero debemos encontrarle algo a Rengo. Cuando uno de nosotros se siente mal, los demás tratamos de llevarle algún obsequio.

       Recuerdo que el año pasado, cuando enfermó Arrojado, le llevé una ramita mojada en agua de nuestro arroyo. Arrojado la lamió y dijo que se sentía bien.

      Formamos de nuevo un círculo. Cada uno trajo lo que pudo: una corteza, un trocito de manzana, la envoltura de un bombón dulce. Yo puse delante de Rengo el anillito de oro. Que se dé el último gusto.

      –  Gracias  –susurró Rengo.

      –  ¡Despídanse!  –dijo con severidad Negro.

      –  Hasta la vista, Rengo  –dijo Ex Pachón y salió corriendo.

      –  ¡Hasta pronto, Renguito!  –profirió Chiquitín meneando el rabito.

      –  ¡Chao!  –pronunció con aire de importancia Cabezón, al que le gustaban las palabras desconocidas.

      Quedamos Negro y yo. Negro esperaba que yo me despidiera y me fuera primero, pero seguí sentado en silencio. En esto no cedería.

      Pasó bastante tiempo.

      –  Está bien, Orgulloso  –dijo por fin Negro. no soy de los que riñen cuando alguien se está muriendo.

      Se levantó y rozó con su nariz la nariz de Rengo.

      –  Lo más importante es no tener miedo  –le dijo.

      –  No tengo miedo  –le respondió con voz Rengo.

      Negro se fue. Nos quedamos solos. El sol se ocultaba tras el camino. Lentas sombras se arrastraron por la tierra y una de ellas cubrió a Rengo.

     –  Orgulloso  –susurró- tu, este . . . ¿conoces la tablita torcida que está bajo el Arbusto de las Vacas?

     –  Sí  –le respondí.

      –  Allí, este . . . escondí mi pelota. Guárdatela.

      –  Bueno  –le dije.

      –  Es una buena pelota. Completamente nueva, pero con un agujero. Tómala. Se puede jugar muy bien con ella. Salta y empuja con la nariz. Tú saltas bien.

      Por primera vez oí como a Rengo se le destrababa la lengua. Había logrado vencer su timidez.

      –  Orgulloso, este . . .  –dijo con voz ronca–. Ponme el anillito sobre la nariz.

      Le colgué en la nariz el anillito de oro que resplandeció a los rayos del sol poniente.

      –  Que lindo  –farfulló Rengo.

      Fueron sus últimas palabras. En el barranco hubo un perro libre menos.

 

LA VENGANZA DE NEGRO

      –  ¡Me vengaré!  –exclamó Negro.

      Lo decía cada vez que se reducía la manada. Sus ojos expresaban congoja. Y comprendía sus sentimientos.

      –  No te acongojes, Negro  –le dije entonces–. Yo ocuparé el lugar de Rengo.

      Negro se estremeció.

      –  ¿Entras a la manada, Orgulloso?

      –  Sí, Negro, ocuparé el lugar de Rengo.

Negro se irguió.

      –  ¡Formen filas!  –gritó sonoramente.

      Me puse adelante. Tras de mí se colocaron Cabezón, Chiquitín y Ex Pachón.

      –  ¡Amigos!  –dijo Negro y sus ojos echaban fuego–. Orgulloso ingresa en la manada. Será mi pata derecha. ¡Juremos otra vez ayudarnos mutuamente y no separarnos jamás!

      –  ¡Guau!  –gritamos,

      –  ¡Juremos no olvidar a Rengo!

      –  ¡Guau!

      –  ¡Juremos vengamos de los adultos!

      –  ¡Juremos!  –gritó alegre Chiquitín.

      –  ¿Cómo nos vengaremos?  –preguntamos los demás con un ladrido sordo.

      Negro nos echó una mirada.

      –  Veo que ustedes no pueden hacer nada. Tienen miedo a la gente. Está bien. No obligo a nadie. Me vengaré solo. ¿Quién me acompañará?

      –  ¡Yo!  –gritó Chiquitín.

Andréi Kostin - Negro

Negro.

      Después Negro y Chiquitín atacaron en pleno día a una mujer que paseaba a lo largo del barranco. Ella se asustó y se puso pálida.

      Negro saltó sobre ella rechinando los dientes. Chiquitín bailoteaba alrededor y se deshacía en alegres ladridos. Para él era una diversión, para Negro, un placer. A Negro le gusta que le tengan miedo.

      Al día siguiente Negro y Chiquitín se pusieron a asustar a todos los que pasaban. Se escondían tras una esquina, saltaban de pronto pegando ladridos y escapaban.

      Estas cosas no me gustaron mucho y presentí que traerían disgustos. Así ocurrió. Uno de los adultos, en lugar de asustarse, tomó una piedra y se la arrojó a Negro, que se puso hecho una furia y le mordió una pierna.

      Ya no eran bromas. Escapamos al barranco y nos escondimos.

      Negro seguía temblando de excitación.

      – ¡Ya verán! –gruñía. ¡Que se atrevan a tirarme otra piedra!

      Pero él mismo sentía que se le había ido la mano. A la gente no le gusta que la muerdan.

 

LA GRAN CANCION

      El gato Yamomoto, que llegó corriendo asustado, me trajo la primera mala noticia.

      –  Escóndete, Orgulloso  –susurró–  te llevarán al desolladero.

      Yamomoto había oído una conversación de los adultos. En el barranco habían aparecido perros rabiosos que mordieron a varias personas de día y a dos de noche. Era preciso atraparlos.

      Todo se desplomó adentro mío.

      –  Yo te llevaría a vivir a mi casa  –dijo Yamomoto–  pero tú mismo entiendes que debo darles una lección a los míos. Que me extrañen un poco: en la calle me siento a las mil maravillas.

      Nos reunimos y nos pusimos a pensar si no sería hora de mudarnos. Pero, ¿adónde? A derecha e izquierda pasan calles por las que corren coches y en la vía férrea alborotan los trenes.

      Es una lástima que no seamos salvajes: podríamos escapar al bosque que azulea a los lejos. Allí no hay casas ni personas y, por lo tanto, tampoco hay comida.

      En una palabra, no teníamos adonde ir.

      –  Debemos explicarles todo  –reflexionaba Cabezón–. Debemos decirles que Negro no quería morder, pero que le arrojaron una piedra.

     Corrían los días y poco a poco nos fuimos tranquilizando. Los niños eran muy buenos y cariñosos. Apenas sonaba el timbre salían en desbandada de la escuela y comenzaban los correteos y las diversiones. Al extenuarse, uno se olvidaba de las dificultades.

      De noche mirábamos a la luna. Había llegado la época de la gran canción que entonábamos todos los años en vísperas del invierno. Le contábamos a la luna como había pasado el verano y le pedíamos que el invierno fuera más cálido.

      Chiquitín es siempre el primero. Canta bien, nunca se equivoca. Se refirió a su cajón que huele a manzanas. Chiquitín forró su cajón con paja y arcilla y se hizo un lecho de hierba seca, pero los ratones le roban la hierba. Chiquitín le pidió a la luna que el ave nocturna no le impidiera dormir, que no se posara en su cajón.

      Cabezón, como siempre, empezó a jactarse de saber leer. Nadie tiene derecho a interrumpir la gran canción. Hasta Negro se armó de paciencia y dejó que Cabezón le cantara a la luna sus tonterías.

      Ex Pachón cantó sobre su lazo. Negro maldijo las máquinas de los hombres y se compadeció del barranco. Negro se quejó de que la vida de los perros se había vuelto insoportable.

      Mi canción fue muy breve. Le dije a la luna que ella era tan brillante como el fusil de mi Hombre.

      Le dije a la luna que era tan redonda como la puerta canina.

      –  Y tras esa puerta ¡los perros viven tan bien!

     Todo sucedió a la mañana siguiente de la gran canción.

 

LA JAULA DE HIERRO

      Todo comenzó cuando llegó corriendo Chiquitín.

      –  ¡Están dando comida!  –gritó jadeando.

      ¿Quién da comida? ¿Dónde? La vida de los perros también tiene alegrías. Por ejemplo, aparece una montaña de huesos junto al almacén o uno encuentra en el cajón de la basura un paquete con restos de carne. La cosa es no dejar escapar la ocasión.

      Chiquitín salió corriendo y yo fui a buscar a Yamomoto, pensando que tal vez a él también le dieran algo. Eso fue lo que me salvó.

      Cuando Yamomoto y yo llegamos, Chiquitín y Cabezón ya estaban en la jaula de hierro, junto a la cual se paseaba un hombre con una soga larga.

      Negro gruñía y saltaba alrededor de la jaula de hierro.

      – Ven, chucho, ven  –llamaba el hombre, lanzándole un lazo.

      Pero Negro se le escurría.

      – ¡Corre, Negro!  –le grité–. ¡Te agarrarán!

      Pero en ese momento el hombre lanzó el lazo con habilidad, Negro se elevó en el aire y trató de escaparse.

     Un instante después el hombre arrojó a Negro por encima de la alta alambrada.

      – ¡Corramos, Orgulloso!  –gritó Yamomoto, apresuradamente.

      Pero yo no podía abandonar a mis compañeros y, como Negro, me puse a dar saltos alrededor de la jaula, a gruñir y a ladrar.

     La gente comenzó a rodearnos.

      –  ¡No atormenten a los perros! ¡Déjenlos en libertad!  –decían unos.

      –  Suelten a los perros, suéltenlos  –gritaban los niños.

      Algunos lloraban.

     Cabezón no conseguía entender por qué lo habían encerrado.

     – Orgulloso  –farfulló–  diles que me suelten. Si yo sé leer. Diles que sé leer.

      Chiquitín comenzó a reírse. Tal vez se riera de Cabezón, tal vez ni él mismo supiera de qué. Siguió riendo hasta que la risa se transformó en llanto. Lloraba y se reía y de nuevo volvía a reír.

      En ese momento sentí que el lazo se cerraba en torno a mi cuello. Me oprimió la garganta, los ojos se me llenaron de lágrimas y caí a tierra.

      – Este perro es mío, ¡suéltelo!  –oí que alguien decía cuando recobré el conocimiento,

      Entonces vi a mi Hombre. Se inclinó, me sacó el lazo y me acarició la cabeza.

      No podía tenerme en pie, las patas me temblaban de debilidad.

      – Vamos a casa  –dijo mi Hombre levantándome en brazos.

      Me alejó de la jaula de hierro donde gruñía Negro, lloraba Chiquitín y farfullaba Cabezón. No los vi nunca más.

 

HASTA LA VISTA, BARRANCO

      Esto es todo. Terminó nuestra vida en el barranco y para mí comenzó una nueva. Mi hombre y yo estuvimos un mes entero vagabundeando por los bosques otoñales.

      ¡En el bosque se está tan bien! Se cumplió mi sueño: iba junto a mi Hombre con ojo avizor a los costados. Nos abríamos paso atravesábamos los ríos, pernoctábamos juntos a la hoguera. Recuperé las fuerzas perdidas.

      De cuando en cuando mi hombre sacaba sus cartoncitos y se ponía a tocarlos con los palitos y una vez en el cartón apareció el pájaro que yo había visto en sueños.

      Regresamos a la ciudad tras las primeras nevadas. El barranco se cubrió de una capa blanca, el pantano se había congelado, los niños paseaban en trineo y patinaban-

      Me encontré en seguida con Balconero. Ahora lo sacaban a pasear con un abriguito de guata. Tenía las patas casi curadas ya no insultaba a los demás.

      Mi buen amigo el gato Yamomoto había hecho las paces con sus amos y vivía de nuevo al calor y en la abundancia.

      Mi Hombre no me tiene atado: paseo todo el día por donde quiero y voy a dormir a la casa. Todos saben que tengo un Hombre. Los vecinos se cansaron de reñir y se acostumbraron.

      De mañanita, cuando cruje la nieve, salimos juntos a pasear. Yo corro por la nieve lisa y me entrego a los recuerdos: en este lugar estaba mi cueva, aquí había una tabla y allí se escondía el anillito de oro.

      Me da la impresión de que el barranco duerme profundamente. La manta esponjosa conserva el calor. Escarbo la nieve con el hocico y apoyo la oreja contra la tierra.

      –  ¿Me oyes, tiíto Barranco?  –digo.

      –  Shu-u . . .  –me parece oír en respuesta.

      Entonces recuerdo mi desasosegada vida perruna, el frío y el hambre. Ahora tengo un rincón abrigado y un lecho. ¿Qué más uno puede pedir?

      De noche mi Hombre deja la luz prendida durante mucho tiempo. Dormito y observo cómo él maneja los palitos. Después nos visita el tiíto Barranco.

      Primero se sienten tras la puerta ruidos de pies y gimoteos.

      –  Entra, tiíto Barranco, entra  –dice mí Hombre abriendo la puerta–. Te estamos esperando.

      –  Buenas noches, queridos  –dice él haciendo una gran reverencia.

      Ponemos la tetera a hervir, colocamos en la mesa un platito con mermelada. El tiíto Barranco toma té haciendo crujir el azúcar.

      –  Me siento muy bien, queridos  –dice.

      –  Sírvete más té, tiíto Barranco  –lo invita mi Hombre–. Deja que te dibuje.

     El tiíto Barranco se sienta en una silla y se vuelve importante y mi Hombre lo dibuja en una gran hoja de papel. Después me siento al lado del tiíto y mi Hombre nos dibuja a los dos juntos.

     Tomamos té de nuevo y el tiíto Barranco se bebe diez vasos seguidos. Siente calor, está contento.

      –  Pues sí . . .

      –  Tiíto Barranco, cuénteme un cuento  –le pido cuando me acuesto.

      Arruga la frente, piensa, luego comienza:

      – Sí . . . Eranse que se eran unos perritos. Muy buenos perros. Uno se llamaba Orgulloso, otro, Negro y el tercero, Cabezón. Sí . . . Además estaba Chiquitín que también era un perrito bueno, así como Ex Pachón. Vivían tranquilos su vida y tenían amistades conmigo. Eran buenos perritos.

     –  Ellos volverán –le prometo.

     –  Pues sí, volverán . . .  –farfulla el tiíto Barranco–. Me estoy poniendo viejo. Me rellenaron con toda clase de materiales, me atestaron de casas. sí . . . Para la primavera, cuando quieras acordarte, ya no quedará nada de mí. ¿Qué harás, entonces? ¿De dónde sacarás hierbita salada?

      –  Pero si hace mucho que desapareció –le digo–. Cubrieron la hierbita con arcilla. Aunque, tal vez, brote hierba nueva.

      –  Sí . . .  –farfulla– brotará, confía no más . . . Bueno, me voy. Gracias por el té. ¿Vendrás mañana a pasear?

      –  Sí, tiíto Barranco.

      –  Nos tiraremos bolas de nieve –dice satisfecho.

      A la mañana correteo por la nieve inmaculada. Mi Hombre tira un palo, yo lo agarro y se lo traigo. Corremos y nos divertimos. El tiíto Barranco nos mira y se alegra también.

      –  Bravo  –farfulla–. Si todos fueran así . . .

      Y nos baña con polvillo de nieve, nos pasea sobre su espalda. El invierno avanza, el cielo se vuelve más claro. Después se sucederán la primavera y el verano.

      En verano, con el cajón de Chiquitín, me haré una casa de campo tras el Arbusto Salvaje. En verano vendrán otros perros al Barranco. Y, quizás, regresen los Nuevos o Ex Pachón . . .

      Yo soñaba con eso, pero todo resultó muy diferente. A fines del invierno mi Hombre recibió una nueva vivienda y tuvimos que mudarnos. Ahora viviremos sin vecinos y nadie refunfuñará si ensucio el piso.

      El último día fui a despedirme del Barranco. ¡Cuanta nieve había caído! Tuve que cavar bastante para llegar a la hierba negra.

      –  ¿Me oyes, tiíto Barranco?  –le pregunté.

      –  Shuu . . .  –me respondió.

      –  Me voy, ¿oyes? me voy.

      –  Hasta la vista –dije bajito, clavando el hocico en la hierba.

      –  Sh  –sh . . .  –sentí en respuesta.

      Sopló el viento y una nube de nieve me cubrió con su polvillo afilado.

Trad. Ana VARELA

 

Konstantin Serguienko nació en 1940, después de cursar estudios en la Universidad de Moscú se dedica al periodismo. Ha escrito varias novelas cortas, cuentos y dos novelas (N. de la Red.).


Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 08. Agosto de 1983, Págs: de la 149 a la 172.
Colección privada: Cortesía de Humberto J. Solarte

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