Revista Sputnik

Este blog está dedicado a la desaparecida revista soviética Sputnik.

SHURSIAMGA, EL LOBO JOVEN

Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 12. Diciembre de 1981, Págs: de la 145 a la 169.



 

Shursiamga,

el lobo joven

Mijaíl YUJMA

Novela

(Versión abreviada)

De la revista OKTIABR

Dibujos
de Alexandr REICHSTEIN

 

Shursiamga era un lobo vigoro­so, macizo y resistente, que en la primavera pasada había cum­plido 3 años. Pese a su corta edad le habían tocado en suerte más peripecias que a ningún animal.

     Cuando Shursiamga contaba poco más de 3 semanas de vida, unos cazadores de la ciudad des­cubrieron su madriguera, mata­ron a sus padres a tiros y a él, ca­chorrillo torpe y tontuelo, lo me­tieron en un saco con olor a su­dor de caballo y se lo llevaron a la aldea, sin que nunca volviera a saber de sus hermanos.

     En un espacioso patio, junto a la entrada de la isba, en donde paraban los cazadores, tiraron el lobezno al suelo, que se pegó un golpe fuerte y, sin tiempo para levantarse, se le echó encima un mastín peludo, gruñendo amenazadoramente. Mal las hubiera pasado el lobezno, y es probable que su historia hubiera finalizado allí, si el chico de los vecinos que andaba cerca, no se hubiera adelantado al furioso mastín.

     – ¡No lo toques, Shárik! . . ¡Fuera! . . –gritó el niño, dándole un atrevido puntapié, tomó al lobezno en brazos y lo apretó contra su pecho–. ¿No ves? . . Es muy chiquito todavía . . .

     Los hombres reunidos en el patio sonrieron con aprobación y los cazadores no se decidieron a quitarle al chico el tembloroso lobezno.

     – Está bien. Llévatelo, entonces, a tu casa –le dijo el cazador de más edad–. De todos modos acá no lo dejarán vivir tranquilo . . .

     Más de medio año vivió Shursiamga feliz en su nueva morada: el chico lo cuidaba, le daba el biberón con la leche tibia y de no che lo acostaba con él y lo tapaba con una frazada.

     El niño, a quien por no tema padre la madre le perdonaba todas las travesuras, jugaba con el lobezno de la mañana a la noche, y si al huerfanito silvestre le amenazaba alguna desdicha, estaba siempre dispuesto a defenderlo. La mujer le había tomado también afecto, se lo ponía a menudo en las rodillas, le rascaba detrás de las orejas y le acariciaba la piel espesa de la espalda. El lobato aceptaba sumiso los mimos de la dueña, y hasta le gustaban las suaves caricias, pero no podían ni compararse con los toscos zarandeos del chico, a quien quería por encima de todo.

     Por desgracia, la vida feliz del cachorro se interrumpió inesperadamente: poco antes de comenzar las clases, su dueño se bañó en el río, enfermó de gravedad y los médicos del hospital no lograron salvarlo . . .

     Así, Shursiamga quedaba huérfano por segunda vez.

     Para de nuevo convertirse en una fiera, el lobezno, que volvió al bosque, precisaba cortar el último lazo que le unía al mundo cariñoso y amistoso del hombre, que conociera en la aldea bajo la incansable tutela del chico.

. . . Shursiamga se sentía atraído por las personas, a las que consideraba tan generosas y atentas como a sus antiguos dueños y creyó firmemente en la bondad humana, hasta que sufrió en su propia carne el desengaño.

     Cierto día de su segundo verano, el lobezno despertó temprano, salió a cazar y, atormentado por el hambre y por una angustia permanente, fue al trote lento por un extremo del bosque, bordeando un espacioso calvero, del que lo separaban frondosos frambueseros. La brisa cambió de repente de dirección, llevándole olor a personas. Sin desconfianza alguna, Shursiamga se apretó contra la tierra, se arrastró a través del espinoso frambuesero Y se asomó por las hierbas crecidas.

     Unos segadores almorzaban en medio del calvero, no lejos de ellos pastaba un caballo maneado y el lobezno, alentando la esperanza de que lo acogieran y lo alimentaran, se irguió y penetró en el claro.

     El caballo, que fue el primero en sentir su presencia, resopló inquieto y, sacudiendo de forma absurda la cabeza porque tenía las riendas atadas a la pata, se lanzó a correr por la hierba segada. El lobezno tomó sus torpes saltos por una invitación a jugar, mostró amistoso los dientes, movió el rabo y avanzó hacia el animal, que con un agudo relincho retrocedió hacia la gente. El cachorro no temía al hombre (hasta entonces sus únicos enemigos habían sido los perros, y no había por allí señales de ellos . . .)

     Los segadores asustados no se pararon a analizar las sutilezas de las costumbres de fieras al ver que aparecía en el calvero, casi por milagro y sin demostrar temor, aquel enemigo secular del hombre y el ganado.

     El miedo hace ver doble: los hombres no se fijaron en que lo que tenían delante era un lobezno flaco y atormentado por el hambre y, empuñando rastrillos, guadañas y horquillas, se prepararon para rechazar el ataque del feroz asesino.

     Uno de los segadores no se pudo contener y arrojó al animalejo un pesado y nudoso palo, que le hirió profundamente la frente. El fuerte dolor le cegó un instante, pegó un salto, dio varias vueltas sobre sí mismo y, sin ver nada a su alrededor, se lanzó al abrigo de la espesura salvadora.

     Aquellos hombres habían corlado sin saberlo el último lazo que unía el lobezno a ellos. Y este comprendió que los odiados perros no eran sus únicos enemigos.

     Ahora Shursiamga lo único que sentía era rencor y miedo por todo lo que olía a hombre, y la gente, a su vez, también le temía y le odiaba.

     El lobato tontuelo y manso de otros tiempos había cruzado para siempre el límite que lo separaba de la fiera cautelosa y astuta.

     Había vuelto a sus orígenes, era un lobo.

     Shursiamga estuvo corretean do hasta el alba por las espesura; cubiertas de nieve, por los calve ros, barrancos y linderos del bosque y, al llegar el día, se acurruco bajo las raíces colgantes de un abeto abatido por el viento, pero al poco los aguijonazos del hambre le obligaron a continuar la caza . . .

     Venteó en el aire un ligero olor a ardilla, y comprendió que se trataba del ágil roedor que habitaba en el hueco del viejo roble Pensando que quizás descendiera y consiguiera cazarlo, Shursiamga dio media vuelta sin detenerse y trotó cauteloso por su vieja huella.

     La ardilla no estaba ni bajo el árbol, ni encima de él y cuando el lobo comenzó a alejarse lentamente del roble, algo que olfateó en el aire le dio la corazonada de peligro: nada parecía haber cambiado alrededor, nada presagiaba desgracia, el aire y el bosque se guían inmóviles y silenciosos como antes, pero Shursiamga ya sabía de firme que en las cercanías se agazapaba la muerte , y que ésta podía provenir sólo del hombre. Sus tres años de experiencia le empujaban a correr sin mirar atrás, a salvarse . . .

     Como un relámpago gris se lanzó tras el tronco grueso de un nudoso pino y en ese preciso instante sonó el tiro. El perdigón zorrero dio contra la corteza del árbol y un dolor agudo quemó la oreja izquierda del lobo, pero éste ya había salvado un barranco poco profundo y, estirándose en la carrera, volaba como una flecha por la espesura. El segundo disparo resonó, tardío, muy lejos ya . . .

     De rabia, Valiajja estuvo a punto de romper la culata del fusil contra el tronco del frondoso abeto bajo el cual había estado acechando todo el día al maldito lobo.

     ¡Cómo pudo ocurrir que él, el mejor cazador de toda la comarca, no hubiera acertado en un lobo inmóvil! . . ¡Era una vergüenza! ¡Nadie se lo creería! ¡La fiera estaba casi a 10 metros, pero con las prisas, erró como un mocoso!

     –  ¡Maldito frío diablo! –juró Valiajja para descargar su cólera, mientras se metía en el seno la mano entumecida–  Siempre se me hiela cuando más la necesito . . .

     Shursiamga comprendía que las lucecitas que ardían en las ventanas de algunas isbas habían sido prendidas por los hombres y temía molestar a esos seres, capaces de salir en cualquier momento del aire viciado de sus viviendas, armar ruido y disparar, por lo que examinaba las casas con atención, como buscando una sumida en las penumbras.

     De súbito el lobo aguzó el oído, movió la cabeza y, sacudiéndose la nieve, se acercó agazapado a una isba solitaria, perdida entre las ramas de un abedul llorón, que parecía que se hubiera separado de las demás aproximándose al bosque.

     Unos ladridos estridentes, agudos y rabiosos lo hicieron estremecerse, por lo inesperados, y quedarse inmóvil. El perro debía ser pequeño, pero atrevido: «¡Hombres, levantaos rápido!» ¡Por aquí hay un lobo! ¡Echad al bandido! ¡Darle fuerte!» –parecía gritar a su manera enronqueciendo de celo.

     Shursiamga trató de oír si rechinaban las puertas o si resonaban en los escalones del porche los pasos de personas soñolientas que acudían a los ladridos armados de fusiles y estacas, pero en el silencio de la noche sólo se oía al perrito, que escondido tras una alta cerca y atascándose por el esfuerzo seguía ladrando.

     Se le ocurrió entonces al lobo que el perro de corral podía también ser presa, no muy rica que digamos, pero presa, se acercó, a la valla y metió el hocico entre las tablas. El orificio resultó pequeño y mientras trataba de encontrar otro mayor, su víctima enmudeció, dándose cuenta seguramente del riesgo que corría de caer en sus zarpas.

     El lobo se encaramó de un salto a un montón de nieve que había junto a la valla y al instante se encontró en el patio. El perrito rodó bajo el zaguán hecho un ovillo negro, y Shursiamga, exaltado trató de seguirlo bajo las tablas ya deterioradas, pero el lugar era estrecho y había un olor demasiado penetrante a ser humano.

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     Cuando a duras penas consiguió salir, reculando y dejándose allí manojos de pelos de los costados, decidió echar un vistazo al patio: un cobertizo, de dónde provenía un excitante olor a ovejas, lindaba con la parte trasera de la isba. El lobo se fue acercando cauteloso y las ovejas, que lo olfatearon, se lanzaron al rincón más alejado del cobertizo, amontonándose allí temblorosas.

     Carne . . . Carne viva y tibia . . . La piel del cogote Se le puso de punta, y moviendo sin hacer ruido las patas elásticas comenzó a deslizarse a lo largo de una pared de troncos hasta que encontró la puerta bajita. Sin soñar siquiera que pudiera abrirse, Shursiamga se echó de vientre, empujó con el hocico una madera rota sobre el umbral y tuvo la fortuna de que la puerta cediera fácilmente, ya fuera porque los dueños se hubieran olvidado de cerrarla, o porque estuviera flojo el pestillo . . .

     Las ovejas, de terror, salieron a escape hacia la puerta, precipitándose sobre el lobo, que de un salto agarró a una por el cuello. El gusto de la sangre caliente estuvo a punto de enloquecerlo y sin pensar en nada más tumbó a la oveja en el suelo. Atragantándose con la sangre y desgarrando la carne con los colmillos, Shursiamga se puso a devorar la presa aún palpitante, sintiendo que un agradable calor le entraba en el cuerpo.

     En ese momento crujió el entarimado del zaguán y salió una mujer.

     –  ¡Kambur!   ¡Kambur! –llamó alarmada al perro–, ¿Dónde te has metido? ¿Por qué están las ovejas en el patio?.

     Musitando a media voz y escrutando la oscuridad, la mujer se acercó al borde del zaguán, y el perrito, al oír los pasos de su dueña, salió de su escondite para volver a ladrar enfurecido. Las ovejas se lanzaron, apelotonadas hacia la isba y, apretujándose, se metieron en el porche, buscando la protección del hombre.

     –  Señor! ¿Será posible que haya entrado un lobo en el redil? –exclamó asustada la mujer.

     Como respondiendo a sus palabras, una sombra negra pasó como un relámpago por el patio, se lanzó hacia la valla y desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

     – ¡Un lobo! –gritó horrorizada la mujer–. ¡Un lobo! . . ¡Socorro!

     El grito de la mujer alarmó a todos los perros de la aldea, que se pusieron a aullar a ladrido en cuello. En los patios vecinos se oyeron portazos y voces y la mujer, venciendo el miedo, corrió el cerrojo de la puerta y miró hacia afuera, pero, en el patio no se veía a nadie aparte de las ovejas, que seguían apretujadas de terror en el porche, y del perrillo, que corría aturdido a lo largo de la valla.

     Shursiamga mismo no sabía de dónde había sacado fuerzas para saltar la cerca con la oveja al lomo y correr sin descanso hasta el bosque conocido, donde se sentía amo y señor de sus dominios. Busco una quebrada no muy profunda cubierta de abetos, arrojó cansado su carga sobre la nieve y se lanzó ansioso sobre la oveja muerta, desgarrando pedazo tras pedazo y royendo apresurado los huesos.

     Al principio, como la oveja le pareció demasiado pequeña para saciar un hambre de muchos días, tragaba la carne, humeante en el frío, casi sin masticar, después comenzó a comer con más lentitud, eligiendo los mejores bocados, y cuando se hartó miró a su alrededor con ojos nublados, examinó indiferente los huesos sin roer del todo y se tiró en la nieve junto a los restos de su presa . . .

     De súbito, un olor alarmante traído por el viento interrumpió su descanso, obligándolo a levantarse de un salto y a erizar la piel del lomo. Era un olor a forastero que Shursiamga no había sentido nunca por aquellos lugares, el olor de otro lobo, que no sólo había osado irrumpir en sus tierras, sino que además se acercaba ahora a su presa.

     Shursiamga se preparó para defender su derecho de dueño único y absoluto de las espesuras circundantes.

     El forastero trotaba por la pendiente opuesta de la quebrada, a sotavento, y debido a ello, tal vez, no advirtió enseguida los preparativos bélicos de Shursiamga, que, por otra parte, tampoco parecieron intimidarlo. El intruso se comportó de forma muy extraña: sin evidenciar el más mínimo deseo de medir sus fuerzas en caballeroso combate, se echó de vientre y aullando adulador se arrastró lentamente por la pendiente, dejando detrás una ancha franja de nieve aplastada.

     Mientras estuvo lejos, Shursiamga observó con desconfianza sus maniobras, pero cuando el forastero se encontró a distancia de salto, se apagó de repente la llama colérica de sus ojos, dejó de erizársele la piel del lomo y comenzó a moverse confuso.

     El intruso captó al instante el cambio de humor del dueño de los restos de la oveja y acercándosele, se quedó inmóvil en la nieve, como ofreciendo su cuello indefenso a los colmillos del otro y se tumbó de espaldas a la manera de los cachorros.

     Shursiamga aventuró un paso inseguro, olfateó al forastero de la cabeza al rabo y sólo después le dio un empujón en el vientre con el hocico, como invitándolo a levantarse, cosa que éste hizo al momento, poniéndole luego la cabeza en el hombro. En esa posición estuvieron los animales unos minutos . . .

     Shursiamga hubiera querido quedarse así, inmóvil, más tiempo, pero el forastero, que lanzaba a cada instante ansiosas miradas al seductor montón de carne fresca y huesos, se relamió, sacó la cabeza del hombro del dueño y se dirigió derecho hacia la comida. Antes de hincar el diente, lanzó una mirada precavida hacia atrás, como queriendo convencerse una vez más de que Shursiamga no le atacaría. En los ojos cándidos ‘de Shursiamga ya no quedaban ni huellas del anterior furor y contemplaba, sin pesar alguno, como el hambriento intruso daba cuenta de la presa.

     El cambio brusco en la conducta de Shursiamga, aquella generosidad y hospitalidad tan impropias de él se debían a que el forastero resultó una loba joven, a que él también era joven y fuerte y estaba cansado de su soledad.

     La loba, a diferencia de Shursiamga, nunca había vivido entre seres humanos, por lo que carecía de nombre, pero para facilitar el relato la vamos a llamar en adelante Sarkka.

     Después de terminar con los restos de la oveja, de roer y chupar cuidadosamente cada huesecito, Sarkka se arrimó a Shursiamga, le acarició el cuello con el hocico y se tendió en la nieve frente a él. El lobo la miró esperanzado, comprendiendo que pese al generoso agasajo, ella podía levantarse e irse tranquilamente, sin que él osara siquiera detenerla: según la ley irrevocable de los animales, cualquier loba es libre en su elección.

    Pero Shursiamga ardía de impaciencia por poner en claro las relaciones, aunque no sabía bien cómo hacerlo, y de nuevo fue en su ayuda el infalible instinto heredado de los antepasados.

     El lobo olfateó a Sarkka, que yacía frente a él en la nieve y se corrió hacia un costado. Comprendiendo que Shursiamga le pedía que lo siguiera, la loba gruñó con fastidio no queriendo abandonar la acogedora quebrada defendida del viento. El lobo la miró expectante y le pareció que Sarkka le reprochaba: «¿Por qué no estás quieto un poco? ¿Para qué me quieres llevar de aquí? ¿Y, adonde? . .» Le costó esfuerzos no ceder a la mirada reprobadora, pero ansiaba saber si era rechazado o no. Shursiamga venció su debilidad, se alejó unos pasos más, volvió otra vez la cabeza y sus ojos reflejaron una súplica: «He compartido contigo la presa, claro que puedes quedarte aquí, si quieres . . . ¿Pero acaso no vas a seguirme? ¿Acaso no te gusto?»

     Quizá no fuera sólo la pereza lo que detenía a Sarkka, sino que esperara justamente esa súplica, porque se levantó al instante y corrió tras Shursiamga, que se había hecho acreedor a su benevolencia.

     Shursiamga más que correr volaba, sin volver la cabeza hacia Sarkka; comprendía a la perfección que a partir de entonces sus huellas no se separarían hasta la consumación de los siglos.

     Llegaron los días de calor, serenos.

     Cierta vez, al oscurecer, Shursiamga se hallaba tendido en la maleza, junto a un viejo olmo abatido por el viento, bajo cuyas raíces se encontraba su madriguera. Se sentía inquieto porque se aproximaba la hora de ir de caza y Sarkka no salía del refugio.

     Cuando Shursiamga quiso penetrar en la guarida para saber qué pasaba, la loba le recibió con un gruñido enojado y, aunque retrocedió enseguida, Sarkka lo mordió dolorosamente en un costado.

     En otro momento, Shursiamga no le hubiera perdonado a su compañera una conducta tan irrespetuosa, pero el instinto le decía que no debía poner en juego los dientes, sino someterse a las exigencias de Sarkka y desaparecer pronto de su vista.

     El lobo salió resignado, dio unos pasos y volvió la cabeza esperando a Sarkka, pero la loba no se dejó ver.

     Después de recorrer el boscaje1 sin encontrar presa, el lobo regresó al olmo completamente olvida do del descortés recibimiento y quiso penetrar como de costumbre bajo las raíces colgantes del árbol, pero de nuevo fue rechazado.

     Sarkka, cubriendo la entrada con su cuerpo, empujó con el hocico a Shursiamga, como pidiéndole que la dejara en paz. De la madriguera provenía un olor extraño y desconocido y se oían unos ruidos apenas perceptibles, que dejaron al lobo perplejo. Ya había comprendido que no debía molestar a Sarkka, por lo que es ta vez, sin siquiera intentar penetrar en la guarida, se tumbe frente a la entrada. La loba sacó la cabeza, sin decidirse a abandonar su refugio, y miró a Shursiamga exigente y descontenta.

     El lobo se puso de pie y, comprendiendo por fin qué esperaba de él Sarkka, se fue a cazar solo.

     Regresó a la madriguera al des puntar el día con un cordero cargado al lomo, lo dejó junto a la entrada y se apartó. Al cabo cierto tiempo Sarkka salió y se puso a comer tranquilamente, sin prestarle a Shursiamga la más mínima atención, como la cosa más habitual . . .

     Ahora Shursiamga, que había asimilado de firme sus nuevos deberes, salía él solo de caza y siempre llegaba con comida a la madriguera. Pero una vez que había logrado atrapar una liebre herida por una lechuza y regresó antes a la guarida, salió a su encuentro Sarkka, seguida por un lobezno, semejante a un ovillo de lana.

     Shursiamga se asombró mucho: los últimos días se había aminorado el alboroto en la madriguera, ya no se oían gañidos y él no sabía que de toda la camada había quedado vivo sólo aquel gracioso cachorro. Debido a la escasez de comida durante el invierno, la descendencia de Sarkka había nacido demasiado débil para sobrevivir.

     El lobo se levantó y se acercó con cautela al pequeño, Sarkka observaba desconfiada sus movimientos, dispuesta a proteger en cualquier momento a aquella indefensa bolita de lana.

     El lobezno, sin asustarse para nada de su padre, se le metió bajo el vientre y se puso a darle golpecitos con su hocico romo, buscando los pezones. Shursiamga olfateó al pequeño y, pasando con cuidado sobre él, lo lamió cariñoso. Sarkka se tranquilizó y le acarició aprobadora el cuello con el morro.

     Así fue como Shursiamga conoció a su hijo.

     Por otra parte, aquel acontecimiento apenas cambió su ritmo de vida: seguía cazando él solo y alimentaba puntualmente a su familia, aunque por el momento el lobezno se contentaba con la leche de su madre.

     Cierto atardecer, Shursiamga trotaba despreocupado por una honda quebrada cubierta de hierba y casi siempre desierta, que llevaba sin dificultades a la aldea. Esta vez, una vaca pacía en la herbosa pendiente y el lobo comenzó a acercársele furtivamente por costumbre, aunque comprendía que sin la ayuda de Sarkka no podría vencer a su presa.

     La vaca olfateó al lobo, mugió inquieta, inclinó la cabeza y con amenazadores bufidos se puso a escarbar la tierra con las pezuñas delanteras, tratando de ahuyentarlo. Shursiamga se sentó en las patas traseras y la observó con curiosidad, sin experimentar temor alguno.

     Tal vez por esta razón no advirtió enseguida al niño que de improviso apareció en la pendiente de la quebrada y se le aproximaba intrépidamente, enarbolando una varilla finita.

     ¡Fuera de aquí, perro asqueroso! –comenzó a gritar de lejos el chico–. ¿Por qué asustas a la vaca?

     Shursiamga, sin moverse, enseñó los dientes y aguzó el oído.

     –  ¿A quién le digo? ¡Fuera! –prosiguió el niño.

     Se acercó al lobo y la punta elástica de su vara le rozó el hocico. Shursiamga saltó hacia atrás y se sentó de nuevo, sin sentir rabia, ni deseos de tirarse al niño. Lo contuvieron vagos recuerdos de su infancia: un chico de 7 años, su voz sonora, sus movimientos y su cara redonda parecían surgir de un pasado desaparecido para siempre y algo que parecía ternura se despertó en la sombría alma lobuna . . .

     El chico, sin sospechar los sentimientos del lobo, ni suponer siquiera que estaba frente al verdadero lobo, continuaba agitando la vara para ahuyentar a Shursiamga, que retrocedía lentamente. Por fin le pareció que había asustado lo suficiente al animal de la mancha blanca en la frente.

     Jas! Vamos a casa –dijo a la vaca, azuzándola con la varita.

Pero ésta, sin que hiciera falta azuzarla, dio media vuelta y se lanzó al trote hacia la aldea. El chico echó a correr despreocupadamente tras ella, sin mirar siquiera al lobo.

     Shursiamga estuvo un buen rato mirando la cresta de la quebrada por donde había desaparecido el niño, sin poder sofocar los sentimientos que había despertado en él aquel cachorro humano. Si en ese momento alguien hubiera osado atacar al niño, el lobo se hubiera lanzado en defensa suya sin dudarlo . . .

     El chico, mientras tanto, arreaba a la vaca hacia la casa, sin que el encuentro con el perro grande hubiera dejado en su alma huella alguna: pensaba simplemente que había ahuyentado a un perro perdido, que no dejaba pastar tranquila a la vaca. De haber sabido que lo que tenía delante era un lobo, por nada del mundo se hubiera atrevido a fustigarlo con la varita.

     La vida seguía su curso. Los que llegaban al mundo debían vivir, crecer y fortalecerse. Cumpliendo el mandato de la naturaleza, los adultos debían preocuparse de su descendencia y los pequeños, amar y respetar a los que les dieron la vida. En esta ley, simple e irrevocable, que recibe también el nombre de deber o de voz de la sangre y que no permite que se extinga la especie, que se rompan los hilos invisibles que la vinculan, se basa todo lo vivo en la Tierra . . .

     La madre naturaleza premió a Shursiamga y a su pequeño hijito con un gran amor mutuo.

     Shursiamga ardía ahora de impaciencia por reunirse con su familia, y apenas dejaba la presa junto a la entrada, salía el alegre lobezno y se lanzaba sobre la comida. El lobo miraba gruñendo cariñosamente el ajetreo del pequeño, que no conocía aún el dolor, ni el miedo, ni la muerte. El mundo del cachorro, que se limitaba a la acogedora madriguera y a un poco de suelo aplanado a la entrada, era alegre y despreocupado, porque los incansables padres estaban siempre alerta . . .

     Después de recrearse con el hijo, Shursiamga se tumbaba allí, dejando que el lobato le tirara de la exuberante cola, se le encaramara al lomo, le mordisqueara las orejas con sus dientecitos todavía débiles y rodara a tierra por su resbaladiza piel, como si de un montón de nieve se tratara. Esos minutos constituían para el lobo el colmo de la felicidad . . .

     El lobato crecía con rapidez, cobraba fuerzas y se convirtió poco a poco en un fortachón revoltoso y bien nutrido. ¿Y qué más que comida y caricias en abundancia necesita para ser feliz el pequeño habitante de los bosques que no conoce aún las severas leyes de la naturaleza salvaje?

     Cuando el cachorro creció lo suficiente, comenzaron a dejarlo solo en la madriguera, mientras los padres iban de caza juntos, cosa que gustó mucho a Shursiamga, cansado de andar solo.

     Cierta vez los lobos corrían por el borde del bosque, retozando como siempre y mordisqueándose en broma, cuando Sarkka, de pronto, torció bruscamente hacia unos avellanos, junto a los que pastaban en los rastrojos unos gansos domésticos.

     Los lobos se asomaron por detrás de los arbustos y, al no ver a nadie cerca, se envalentonaron, se lanzaron al medio mismo de la bandada, que graznaba y batía las alas de la forma más estúpida y, aunque no estaban hambrientos, se lanzaron a agarrar por el cuello a las torpes aves.

     Alrededor de una decena de gansos ensangrentados yacía ya en los rastrojos amarillos, cuando de la granja cercana salieron varias personas y se apresuraron gritando a salvar a las aves restantes. Los lobos se dirigieron a la carrera al bosque y por el camino Shursiamga pudo atrapar a un ánsar que se había alejado de la bandada para escapar a la carnicería, pero a quien sus débiles alitas habían llevado hacia el bosque y habían dejado caer justo a las patas del lobo, que no pudo resistir a la tentación de apropiárselo.

     Las personas que llegaron corriendo alcanzaron no sólo a ahuyentar a los carniceros, también distinguieron una mancha blanca en la frente de uno de los lobos . . .

     Apenas llegó a la isba de Valiajja la noticia de que Shursiamga y su amiga habían atacado a la bandada de gansos, el cazador empezó sus serios preparativos.

     –  Así que los palomitos han aparecido de nuevo en nuestra región –farfullaba, mientras llenaba de perdigones zorreros los cartuchos de latón comprados en la ciudad–. Está bien, veremos ahora quién es más listo . . .

     Cierto es que Valiajja no había puesto los resistentes cepos para lobos, porque confiaba en su cuidada escopeta, en su buen pulso y en su ojo.

     Al día siguiente, con los primeros resplandores del alba, Valiajja so alejó de la aldea. Comprendía que si esta vez se le escapaban los lobos, su prestigio de cazador se desmoronaría.

     Valiajja tenía en su establo una vaca y una ternera, que les proporcionaban leche y mantequilla fresca, pese a ello, a su esposa se le había ocurrido adquirir una cabra.

     –  ¿Qué haces? ¿Te has vuelto loca del todo, vieja? –se enfadó Valiajja, cuando la esposa trajo la cabra y la dejó en el patio–. ¡Por si dieran poco trabajo la vaca y la ternera te has traído encima una cabra! ¡Véndela, por lo que más quieras!

     Pero la esposa de Valiajja, por lo general complaciente, esta vez se encaprichó:

     –  ¡Lo mejor que podrías hacer, viejo, es callarte! ¿Qué molestias te causan a ti? Andas por los bosques de la mañana a la noche persiguiendo a los lobos. En casa ni te acercas a las horquillas para limpiar el establo . . .  Y la leche de cabra es mucho mejor que la de vaca. Cuando venga nuestro nietecito de la ciudad, le daré le che de cabra . . .

     Valiajja dejó de prestar atención al capricho de turno de su mujer, aunque la cabra, justa mente, le causó después muchos quebraderos de cabeza.

     Cierta noche, la esposa de Valiajja se olvidó de cerrar la puerta del establo y cuando los dueño: de casa se acostaron muy tranquilos a dormir, a la cabra se le antojó pasearse por el patio, sin imaginarse que Shursiamga andaba por la aldea.

     El lobo tampoco suponía que la cabra que se paseaba a la luz de la luna por el patio pertenecía al cazador más famoso de la comarca, aunque no le interesaba mucho quién era el dueño de sus víctimas.

     Con la esperanza de una presa fácil, el lobo saltó por encima He la cerca baja de la huerta y se deslizó por la puertecilla del patio, pero la cabra le hizo frente intrépida con los cuernos en alto. La vaca y la ternera comenzaron a mugir alarmadas en el establo y Shursiamga, que había alcanzado sólo a darle un mordisco a la cabra en el costado, prefirió marcharse por las buenas.

     Cuando Valiajja salió al patio por la mañana, no creyó lo que veían sus ojos. No se le había ocurrido que el lobo pudiera animarse a llegar hasta su casa en verano, pero el costado herido de la cabra y las huellas en los bancales de la huerta no dejaban lugar a duda. Además, el cazador determinó enseguida, por el rastro, que el visitante había sido aquel maldito lobo.

     –  Bueno, ¡espera! ¡Te daré una lección! –refunfuñó rabioso Valiajja, caminando por el huerto–. Te sacaré las ganas de andar por los patios . . . ¡Nunca lo olvidarás!

     Junto a la justificada rabia, el cazador experimentaba otro sentimiento más complejo, semejante a la comprensión, al respeto e, incluso, hasta cierta simpatía por animal tan hábil y temerario, que a pesar de haber sido herido el invierno pasado, no se tranquilizaba. Su amiga, probablemente, había tenido descendencia y el lobo debía alimentar a su familia . . .

     –  ¿Qué estás farfullando, viejo? –le dijo su mujer–. ¡Mira a lo que hemos llegado! ¡Hasta los lobos se ríen de ti! ¡Se llevan hasta la última cabra del patio!

     –  No alborotes –dijo conciliador Valiajja–. ¿Por qué gritas? No se han llevado a tu cabra, tranquilízate. Ahora me hará un servicio . . .

     En la cabeza de Valiajja fue madurando poco a poco un ingenioso plan para capturar al lobo con astucia y sin grandes complicaciones. Después de lavar con fenol y de ponerle yodo a la herida de la cabra, el cazador la ató aquella tarde a una enorme estaca clavada en medio de la huerta.

     –  Que pase una noche al fresco –dijo a su esposa– No le pasará nada.

     –  Dios mío, ¡habrá perdido la chaveta! –se lamentó la esposa levantando las manos–. ¡Quiere a toda costa alimentar al lobo con mi cabra!

     –  ¡Basta de darle a la sin hueso! –le gritó severo Valiajja–. Ya dicen que la mujer tiene el cabello largo, y las ideas cortas. Si te he dicho que no le pasará nada, así será . . .

     Al oscurecer, Valiajja tomó una zamarra guateada, descolgó la escupida de la pared y se encaramó al henil, donde arrancando dos o tres planchas de la pared, practico un orificio conveniente para ver a la cabra y hacer puntería, extendió la zamarra y se echó sobre ella.

     Al llegar la noche, la cabra comenzó a inquietarse. Sus trémulos e incesantes balidos animaban a Valiajja.

     Grita más, un poquito más –gruñía entre dientes el cazador–. Pronto atraerás al lobo y una vez aquí, no se me escapará . . .

     Valiajja no apartaba la vista de la cabra, examinaba con atención los bancales para no pasar por alto ningún movimiento y no dejar escapar a la fiera, pero no notaba nada sospechoso.

     Mientras tanto, el cielo comenzó a cubrirse de nubes, que parecían levantarse de las afueras de la aldea, las tinieblas de la noche se hicieron más densas y Valiajja comenzó a temer seriamente que la oscuridad, que impedía ver a dos palmos, no le permitiera distinguir al animal al acercarse cauteloso a la trampa. Pero al poco tiempo salió la luna, las nubes se disiparon un tanto y aumentó la claridad.

     Todo parecía favorecer al cazador: la cabra seguía balando y el huerto se dominaba bien. Lo único malo era que el lobo no aparecía.

     Acortar esos minutos que se hacían siglos resultó mucho más penoso de lo que Valiajja supuso y comenzó a sentir ganas de echar un sueño, pero apenas pudo vencer la soñolencia, experimentó unos deseos locos de fumar.

     «Sólo el diablo sabe si el lobo vendrá –reflexionaba Valiajja–. Mientras tanto podría dar una chupadita . . . Si me cubro con la zamarra. . . Quizás la fiera no sienta el humo . . .» El hombre sacó la pipa, la llenó de tabaco, tanteó con precaución sus bolsillos, pero no encontró fósforos. Chupando la pipa apagada, Valiajja resolvió esperar hasta que apareciera el lobo. «Cuando acabe con él, me fumaré una buena pipa –se tranquilizaba. Pero cuanto más pensaba en cómo iba a fumar después del disparo feliz, más deseos sentía de encender la pipa.

     «Espera un poco, ¿pero cómo vas a fumar si no tienes fósforos? –cayó en la cuenta el cazador–. De todas formas habrá que ir a buscarlos . . . Déjame hacerlo ahora, mientras el animal no ha llegado . . . Y apenas lo remate, fumaré a placer . . .»

     Antes de bajar del henil, Valiajja examinó otra vez la huerta con toda atención, sin notar nada alarmante.

     Correr hasta la isba, encontrar a tientas los fósforos en la boca del horno, subir de nuevo al henil por la escalera empinada y acercarse silenciosamente al orificio practicado en la pared, a Valiajja no le llevó más de 30 segundos, y de haber sido aquello un deporte y si sus movimientos hubieran sido controlados por árbitros calificados, el cazador hubiera batido sin duda el récord mundial.

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     «Parece que se ha callado la cabra –pensó prestando oído al sordo latir de su propio corazón–. Quiera Dios que no haya pasado nada. . .» Valiajja recobró el aliento, miró por el orificio y estuvo a punto de dejar caer la escopeta: entre los negros arriates blanqueaba nítidamente un trozo de soga.

     Shursiamga, al parecer, había estado también acechando con infinita paciencia el momento oportuno, y fue más ágil que el cazador.

     Shursiamga ni se habría acercado a la desdichada cabra, de haber sabido las maldiciones que le lanzaría el infortunado cazador; pero él no era profeta, sino un lobo, que sabía muy bien que una vez echado el ojo a una presa, no se la debe dejar escapar.

     –  ¡Bueno, vieja, ahora me pudriré en el bosque, pero exterminaré de raíz a toda la ralea lobuna! –prometió a su mujer Valiajja después de calmarse un poco y agregó en voz más baja–. Pero no cuentes nada a los vecinos . . . Diles que la cabra se ha muerto, y ya está . . . Si no, no sabré adonde meterme de vergüenza . . . No me dejarán en paz . . .

     Todo termina por saberse –respondió ella– A la gente no se le escapa nada.

     ¡Así se te tuerza la lengua! –dijo Valiajja encolerizado, lanzando un escupitajo a sus pies, porque comprendía que la mujer tenía razón–, ¡No valoras en nada a tu marido! . .

     –  ¿Cómo que no te valoro? –replico con intencionado asombro la mujer. ¡Con la de cabras que tendré que comprar para que alimentos a los lobos! ¡Calcula lo que nos van a costar!

     Valiajja nunca se había extenuado tanto, pero tuvo suerte y consiguió lo que quería: en primer lugar, encontró la madriguera de los lobos, y en segundo, regresó a su casa bien entrada la noche para que los vecinos no le castigaran con su sorna por aquella cabra que el lobo robara con tanta frescura ante las mismas narices del mejor cazador de la comarca.

     Como quiera que haya sido, pero la isba del cazador estuvo llena de gente desde la mañana a la noche. Los vecinos simulaban querer expresar a Valiajja sus condolencias, cuando lo que en realidad deseaban era echarle un vistazo y reírse de su metedura de pata, pero apenas veían en la ventana a la entristecida ama de casa, se iban con viento fresco.

     Ahora a Valiajja ya no le importaban las posibles burlas de sus paisanos, porque llevaba en el morral un lobezno vivito y coleando.

     –  Mira –le dijo a su mujer con aire de suficiencia, sacando al animalejo y sujetándolo por el cogote con dos dedos– ¡Esta fierecilla vale más que cualquier cabra! Puedes considerar ya que las pieles de los lobos se curten en la cerca.

     –  Anda con ojo que no sea la piel de la vaca la que tengamos que curtir . . . y la de la ternera también –le lanzó una punzada la mujer, mirando indiferente al cachorro.

     –  Vuelves de nuevo a las andadas, vieja –se indignó Valiajja–. No sabes nada de nada . . . Para reunirse con su lobato son capaces de ir hasta el fin del mundo. ¿Será posible que ni siquiera casto entiendas?

     –  ¡En cambio tú pareces saber mucho! –se ofendió la mujer–. Por eso probablemente se ríen de ti en la aldea . . .

     Pero Valiajja ya había cruzado el umbral y a sus oídos no llegó la última réplica de la mujer. Se dirigió sin perder tiempo a disponer los cepos y el lobato, que se había quedado gimoteando en la isba, hizo un charco en el suelo y se metió enseguida bajo el horno.

     No era la primera vez que el cazador utilizaba trampas para lobos: después de dejarlas junto con las cadenas en una infusión de enebro para quitarles el olor a hierro, las dispuso en los lugares más convenientes, cubriéndolas de tierra y sujetándolas a troncos pesados enterrados muy profundamente.

     –  ¡Dame ahora ese cachorro! ¿Dónde se ha metido? –le preguntó a la mujer, entrando en la isba–. Lo ataré en la huerta, en donde puse a la cabra . . . O no, mejor en el patio . . . De todas formas los padres vendrán a buscar lo por la huerta y caerán en mis trampas . . . ¿Dónde esta esa fierecilla?

     –  Está debajo del horno. Llévatela y átala donde quieras, pero ten cuidado de que no caigan en tus trampas las ovejas de los vecinos –se inquietó la mujer–. ¿Qué harías entonces?

     –  ¡No seas pájaro de mal agüero, vieja! Eres capaz de estropearlo todo –le bajó los humos Valiajja.

     Sacó al lobezno de debajo del horno, lo ató en el patio junto al cobertizo, cerró la puertecilla interior del patio, se quedó un rato al aire libre fumando a gusto y sólo después entró en su aposento, y se acostó a dormir.

     Al amanecer medio adormilado, bostezando y restregándose los ojos Valiajja salió al porche. Examinó desconfiado el patio y vio que el lobato yacía hecho un ovillo junto al cobertizo. Se dirigió balanceándose hacia el huerto y se quedó con la boca abierta de asombro: en los arriates estaban sentados dos lobos, que al ver a Valiajja pegaron a la vez un salto, le enseñaron los colmillos y erizaron la piel con un gruñido sordo.

     –  ¡Dame la escopeta, vieja! ¡La es-co-pe-ta! . . –gritó con voz ronca, olvidándose por completo de que su mujer seguía en la cama.

     Valiajja retrocedió hasta el porche, sin quitar ojo a los inmóviles lobos, subió corriendo en puntas de pie los escalones, irrumpió dentro, arrancó la escopeta de la pared y, metiendo, con manos temblorosas los cartuchos en la recámara salió disparado al patio.

     Los dos lobos se lanzaron a la carrera, pero uno de ellos cayó contrayendo una pata, que la trampa no soltaba.

     – ¡Ah, caíste! –exclamó triunfante Valiajja, viendo que la loba estaba en la trampa.

     En el fondo del alma lamentó que Shursiamga hubiera podido escapársele de nuevo y, al advertir que se movía el follaje de los cerezos alisos en el huerto vecino, comprendió que el lobo no se había ido aún muy lejos y que trataría de esconderse en las cercanías.

     Shursiamga, efectivamente, se había detenido tras el arbusto, mirando a través de las ramas al hombre que se aproximaba a Sarkka. Había estado toda la noche tratando de liberar a su compañera: desenterró el cepo, mordió furioso la cadena, pero el hierro resultó más fuerte y ahora presenciaba los últimos minutos de la vida de Sarkka.

     Shursiamga veía la impotencia de su compañera ante el hombre que empuñaba el arma de fuego, deseaba con toda el alma ayudarla, pero ni siquiera el amor pudo reprimir el temor a la muerte.

     Sarkka también sabía que se le aproximaba la muerte inevitable y no se disponía a entregarse sin lucha: castañeteando los dientes y gruñendo amenazadora, se lanzó para morder la garganta del hombre, pero la cadena le dio un tirón hacia atrás de espaldas. Al instante Sarkka estuvo de pie . . .

     En el silencio matinal resonó el disparo.

     Después de ajustar cuentas con la loba, Valiajja se dirigió por si acaso al fondo del huerto y pasó por sobre la valla al terreno de la vecina, pero Shursiamga, que no quería tentar más a la suerte, atravesó de un salto el espacio abierto que lo separaba de los pastizales con pequeños abetos salteados y salió de estampa hacia su quebrada.

     Sin mucha esperanza de acertarle, Valiajja le disparó un tiro y dio media vuelta.

     –  No importa, corretea un poco más –farfulló el cazador, dirigiéndose a Shursiamga– De todos modos no te irás muy lejos, mientras yo tenga a buen recaudo a tu familia.

     Valiajja tomó a la loba muerta por las patas, la arrastró hasta el patio y la dejó tirada junto al cobertizo.

     Al ver a la loba, el cachorro chilló de contento y se pegó a su vientre, pero del pezón frío no salió ni una gota de leche y por más que el pequeño daba golpes impacientes a las flácidas mamas y trataba incluso a morder a la madre inmóvil, sus esfuerzos resultaron vanos. Entonces el lobezno se sentó sobre las patas traseras y gimió quejumbroso.

     A pesar de todas las trastadas que los malditos lobos habían hecho a Valiajja, estuvieron a punto de saltársele las lágrimas y sintió que algo se le destrozaba en el pecho, cuando vio al cachorro gimiendo junto a su yacente madre.

     –  Así es la vida de los lobos . . . Viven libres, disfrutando del sol, hasta que de pronto viene alguien y ¡zas! . . Bueno, como yo hice con tu madre, por ejemplo –reflexionaba consigo mismo Valiajja sintiéndose un poco culpable– Porque me das lástima, pobrecito . . . lástima, claro que sí. . . ¿Y qué podía hacer? Vosotros sois lobos, una raza de forajidos. Ahora debo acabar con tu padre . . . Sí, queridito, ¡hay que hacerlo! . .

     Ni siquiera advirtió que su mujer había salido al porche.

     –  ¡Te felicito por tu caza, viejo! –dijo a su marido–. Nos hemos librado aunque sea de un enemigo. ¿Por qué no te alegras? . . ¿Es la hembra?

     Valiajja asintió en silencio, miró con aire sombrío a su mujer y sólo después de haber- logrado reprimir el angustioso sentimiento de cierta culpa, dijo entrecortado:-    Sabes, vieja . . . hemos dejado huérfano a nuestra fierecilla . . . y no debemos matarla de hambre. Ponle un poco de leche.

     –  Claro, ahora mismo –respondió comprensiva la mujer–. No te lo tomes tan a pecho.

     Valiajja se fue al huerto sin rechistar y estuvo un buen rato allí cambiando de lugar los cepos.

     Aquel día la isba de Valiajja se llenó de gente, que lo felicitaba, elogiaba su habilidad y le pedía atrapar al lobo lo antes posible. Pero a Valiajja no lo alegraba su rehabilitación como cazador, le fastidiaba la atención de los vecinos y se le desgarraba el corazón de sólo mirar al lobezno.

     Dos días estuvo Valiajja cambiando de lugar los cepos vacíos. Las primeras escarchas matinales ya cubrían la hierba aún verde en los bajíos; parecía que alguien hubiera colgado en los abedules tras la aldea retazos amarillos, y las pobedas lucían en sus ramas brillantes cuentas rojas.

     Valiajja examinaba encogiéndose de frío las huellas del lobo en el huerto y se admiraba de la astucia y el olfato de Shursiamga, que descubría indefectiblemente la trampas escondidas y les daba un rodeo aunque no conseguía, no obstante, llegar al cobertizo, junto al cual el cazador ataba todas las noches al cachorro.

     Al tercer día, Valiajja se despertó a causa de un mal presentimiento. Se echó sobre los hombros la zamarra y salió. Lo único que quedaba junto al cobertizo era un pedazo de soga, el lobezno había desaparecido.

     «Bueno, esto quiere decir que se lo ha llevado su padre –pensó Valiajja, sin desengaño, ni rabia–. Pero ¿cómo se las ha apañado para no caer en los cepos?»

     Las orejas de Shursiamga seguían inmóviles, cuando el corazón se le oprimió del susto: le pareció oír en la lejanía ladridos de perros. Salió de la madriguera, orientó el morro contra el viento y aguzó el oído. No había duda que tras las colinas y los boscajes resonaban, ya más fuertes, ya más bajos, los enfurecidos ladridos.

     En otras circunstancias, no se habría preocupado mucho por aquellos aullidos lejanos, pero ahora comprendía que su hijo podía correr peligro.

     Cuando el lobezno despertó pensó que su padre se disponía a cambiar de nuevo de guarida y aunque no sentía deseos de abandonar aquella cueva de tejón, salió para ir tras él adonde fuera. Shursiamga lo empujó enseguida hacia el interior y por si acaso le enseñó los afilados colmillos. «Ni se te ocurra sacar la nariz de la madriguera, ¡escóndete ahí y quédate quieto! ¡Regresaré pronto!» –oyó el lobato en el gruñido enojado de su preocupado padre.

     Por la forma de ladrar de aquellos perros, Shursiamga comprendió que habían encontrado sus viejas huellas y que se dirigían a la cueva del tejón, donde había dejado a su cachorro.

     Esto parecía simplificar la tarea de Shursiamga: atacar a los perros y demostrarles que aquellos espesos bosques eran de su dominio. Pero antes debía comprobar si detrás de aquellos animales demasiado seguros de sí mismos no marchaba un hombre armado del fatídico palo de hierro. El lobo dio un rodeo, dejó pasar a los perros, que eran dos, algo más menudos que Shursiamga, y seguían sus huellas, sin ver nada alrededor. El lobo sabía que el enfrentamiento sería a muerte, pero no lo temía porque por encima de todo había que proteger al cachorro indefenso. De pronto percibió un olor a pólvora y a ser humano y se escondió tras un ar busto de enebro, mirando como entraba en el calvero el odiado hombre armado de escopeta . . .

     Sin perder un minuto, Shursiamga se lanzó a cortar el paso a los perros. Lo importante era alejarlos de la madriguera, donde dormía el lobato.

     Se encaramó a un montecillo descubierto por los cuatro costados, prestó oído a los ladridos, que se iban acercando, y levantando el morro, soltó un aullido prolongado:

     –  ¡U-u-u-o-o-u-u-! . .

     Si los perros tomaron aquello como un amenazador grito de guerra y un desafío a implacable combate, el asustado lobato, que se había despertado con los ladridos, oyó en la voz del padre una nueva advertencia: «¡Pase lo que me pase, quédate quieto y no salgas de la madriguera!»

     Los perros doblaron bruscamente a la izquierda y tras unos saltos divisaron en el montecillo descubierto la figura inmóvil del lobo.

     Al ver a sus enfurecidos enemigos, Shursiamga reprimió a duras penas el odio, la rabia le hizo perder un instante la razón y sintió deseos incontenibles de tirarse a ellos, pero recordó a tiempo al hombre del mortífero palo de hierro y se lanzó en dirección contraria a la madriguera, hacia los lejanos mimbrerales costeros, para una vez desviado el peligro de su hijo, cruzar el río Jirla y es capar a los espesos bosques donde ya no lo encontrarían ni los perros, ni el hombre . . .

     Si Shursiamga hubiera sabido que los cazadores eran dos, habría dado vueltas por las espesuras, tratando de separar a los perros de la gente, habría acabado con tan estúpidos animalejos en algún calvero apartado, para perderse después en las profundidades inaccesibles del bosque. Pero el lobo no sabía que el día anterior Valiajja se había puesto de acuerdo con Paliush, cazador de la aldea Shemursha, para tenderle una emboscada a orillas del río Jirla. Shursiamga se acercaba a todo correr a los mimbrerales, frente a la boca de un profundo barranco, donde le acechaba el cazador.

     Valiajja cumplía sólo las funciones de batidor, su tarea era dirigir al lobo hacia el río.

     Los planes de los hombres se iban cumpliendo.

     Aunque el cazador estaba a la espera del lobo y listo para disparar, se azaró cuando la fiera salió del barranco en loca carrera y se lanzó sobre él.

     Shursiamga volaba a saltos larguísimos, contando, al parecer, pasar de largo los mimbrerales y cruzar el río para quitarse a los perros de encima.

     No oyó el disparo. El fogonazo brillo entre los arbustos, un dolor agudo le quemó el pecho y sin soltar un quejido dio una voltereta.

     La quisquillosa vecina de Valiajja tenía razón cuando decía que el cazador Paliush, de la aldea Shemursha, era un tirador excelente.

     –  ¡Li-i-i-sto! –gritó con voz aflautada como un chico, bajando la escopeta y saliendo de la emboscada–. ¡Li-i-i-sto! . .

     Pero Shursiamga estaba aún vivo.

     Oyó hasta la voz del hombre y aquel grito triunfal pareció sofocar el dolor insoportable que lo encadenaba. Se adueñó de él algo que parecía ternura, que ardía profundamente escondida en su corazón de lobo y que no se sometía ni al hombre, ni a la fiera.

     ¡Pero si era el chico! . . Sí, sí, aquel hombrecito bueno, que lo albergara de cachorro, llamaba con voz vibrante a Shursiamga moribundo. Con una claridad que lo dejó asombrado, vio el lobo a aquel amigo desaparecido hacia tanto tiempo. ¡Qué placer jugar con él, retozar por el suelo de la isba, saltar en la cama mullida! . . Pero ¿por qué el chico lo abandonaba? . . ¿Adonde vas, amigo? . . No me abandones . . .

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     El lobo quiso correr tras el chico, pero en su lugar apareció el cazador de la escopeta que olía a muerte.

     Y entonces, la ternura que lo dominaba se convirtió en una rabia tan furiosa, tan lúgubre, que estuvo a punto de ponerlo en pie para su último combate. A Shursiamga le pareció que castañeteaban los dientes, que gruñía amenazador, pero de su garganta salió sólo un débil ronquido . . .

     Paliush, asombrado por la increíble vitalidad del lobo, retrocedió involuntariamente y se apartó a un lado.

     En ese momento, Shursiamga levantó la cabeza, juntando sus últimas fuerzas, y vio los mimbrerales, el río que brillaba entre ellos y el lejano bosque salvador . . . Pero lo que el lobo ansiaba ahora era ver a su cachorro y si la todopoderosa naturaleza le hubiera otorgado en ese instante el habla humana, Paliush habría captado en ese ronquido postrero los últimos consejos de Shursiamga a su hijo:

     «¡No temas! ¡He llevado a los perros muy lejos y no te encontrarán! . . Pero escóndete bien, porque ahora te quedas solo . . . He hecho por ti todo lo que he podido . . . ¿Me oyes? . . ¡Que tu estrella sea feliz y no se apague nunca! . .»

     Los perros, ciegos del frenesí de la persecución, penetraron en el estrecho calvero y, sin prestar atención al cazador, se arrojaron sobre el lobo abatido.

     La cabeza de Shursiamga cayó pesadamente sobre las patas . . .

     Valiajja, mientras tanto, sentado sobre un tocón del bosque, encendía su pipa. Había oído el disparo, el estridente grito de Paliush y los ladridos triunfantes de los perros y sabía que su enemigo estaba muerto. Pero no sentía gozo alguno: prestaba oído al indiferente rumor del bosque sobre su cabeza y la mano temblorosa que intentaba llenar la pipa dejaba caer el tabaco al suelo.

Trad. de la versión rusa Ana Delia
VARELA

 

Mijaíl Yujma, poeta y prosista chuvache, nació en 1936 en la ciudad de Cheboksari, capital de la República Autónoma de Chuvachia (parte europea de la Federación Rusa). Cursó estudios en la facultad histórico-filológica del Instituto Pedagógico de Chuvachia. Sus libros mas conocidos son: la recopilación de poesías «El cáliz fraternal», la novelas cortas «Camino de Moscú», «El destino de un cantante» y la recopilación de cuentos para niños «Las flores de Elba» (N. de la Red.).


Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 12. Diciembre de 1981, Págs: de la 145 a la 169.

 

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