Revista Sputnik

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EL FUTURO EMPEZÓ EN 1917

Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 11. Noviembre de 1980, Págs: de la 04 a la 09.


 

EL FUTURO

EMPEZÓ

EN 1917

Nikolái POLIANOV, publicista

De la revista INOSTRANNAYA LITERATURA

(Texto abreviado)

El futuro fascina. En todos los tiempos el sueño de un hermoso mañana, libre del misticismo y el oscurantismo, ayudaba a la gente a vislumbrar la meta y a veces engendraba una filosofía que trataba de descubrir los verdaderos resortes de la historia. Pero los filósofos del pasado se limitaban a explicar el mundo mientras que para entrar en el futuro había que cambiarlo.

     Volvamos por un momento al comienzo del siglo, al año 1900. Una tarde de diciembre en la casita № 48 de la Russenstrasse en Leipzig, se inclinaba sobre las pruebas del primer número del periódico Iskra, el hombre que hizo en aras del futuro más que cualquier otro personaje histórico. «Tareas urgentes de nuestro movimiento», así se titulaba el editorial que Lenin escribió para el periódico recién fundado.

     Desde entonces han pasado 80 años. Hace mucho que las ideas expuestas en «Tareas urgentes de nuestro movimiento» se convirtieron en el más potente movimiento que conoce la humanidad. Este movimiento no sólo condujo a transformaciones revolucionarias en nuestro país, sino cambió el curso de los acontecimientos mundiales. Y si hay un nombre que debe figurar en la tarjeta de visita del siglo XX. es el nombre de Lenin, quien no sólo predijo en sus obras el futuro, sino que creó la ciencia de cómo conquistarlo y lo conquistó.

     Y no es de extrañar que el viejo mundo, obligado a irse retirando de la palestra histórica, dirija sus dardos envenenados contra Lenin y el leninismo. En Occidente pronunciaban el nombre de Lenin con rechinar de dientes ya antes de retumbar el famoso cañonazo del crucero «Aurora», que anunció el comienzo del asalto al Palacio de Invierno; antes de que el señor Kérenski cambiase su guerrera inglesa por hábitos monjiles para escapar al traspatio de la historia en un automóvil con banderín norteamericano. Después del Gran Octubre, cuando la humanidad conoció las primeras nobles acciones de esta revolución, cuando se difundieron por el orbe las palabras del Decreto de la Paz, la joven República de los Soviets, que sólo empezaba a ponerse en pie, se vio bajo el fuego no sólo de los cañones intervencionistas, sino también de «la guerra de nervios». Hasta los políticos occidentales más perspicaces fueron presas de patrañas desvergonzadas.

     Cuando en 1920 Herbert Wells, muy influenciado por los infundios que le había hecho tragar la prensa inglesa durante dos años, visitó Rusia, no vio en Petrogrado más que una ciudad en decadencia, con palacios vacíos y mudos, con unos cuantos tranvías repletos de gente mal vestida. Se afligió de que Máximo Gorki, su antiguo y buen amigo, no tuviera nada más que el traje puesto. Es cierto que a Wells le maravilló el que en Petrogrado se vendieran –y se compraran– flores: en esta ciudad «donde la mayoría de la población se está casi muriendo de hambre»*. Lleno de dudas, acudió Wells a la cita con el hombre a quien llamó «el soñador del Kremlin» para sacar, a fin de cuentas, una conclusión triste: «Lenin, que como verdadero marxista rechaza a todos los utopistas’, ha terminado por caer él mismo en la utopía: la utopía de la electrificación». Herbert Wells podía imaginar la realización de los proyectos leninianos sólo «con ayuda de la superfantasía», como él mismo decía. Le faltó fantasía al autor de La guerra de los mundos quien, por mucho que miraba en el espejo mágico, no podía divisar la futura Rusia.

Lenin conversando con el célebre escritor y periodista británico H. G. Wells, en el despacho del Kremlin.

     Les recuerdo estas palabras de Wells escritas hace 60 años para recalcar una vez más que en Occidente incluso las personas benévolas veían a Rusia «en tinieblas-, les costaba mucho comprender la doctrina de Lenin, no encontraban en los virajes de la revolución más que rasgos negativos, afligiéndose por el destino de los derrotados y tendiendo la mano con frecuencia a los renegados. Pero, dicho sea en honor de Herbert Wells, ya en aquellos años, en los albores del Poder Soviético, encontró fuerzas para rebelarse contra las falsedades que corrían de boca en boca en Occidente y sobreponerse a la inercia de su propia mentalidad. Escribió: «Si los pueblos de los países occidentales quieren ayudar de veras al pueblo ruso, deben aprender a comprender y respetar las convicciones y los principios de los bolcheviques. Hasta el momento los Gobiernos de los países occidentales han ignorado estas convicciones y principios de la manera más grosera».

     Británico delicado y cortés, Wells empleó la palabra «grosera» como el calificativo más fuerte para la estrategia occidental. Pero Occidente preparaba para la revolución rusa no sólo grosería, sino las divisiones intervencionistas; no sólo calumnias, sino balas; no sólo complots, sino también la diplomacia oficial que no cedía en nada a las conspiraciones.

     En 1920 se constituyó la comisión especial del Senado estadounidense para investigar los acontecimientos en Rusia. La comisión, presidida por el senador Owerman. ofreció a la opinión pública un informe en el cual, como dijo un historiador norteamericano. «se pintaba a Rusia como un manicomio de esclavos explotados, víctimas de unos cuantos feroces malhechores ».

     Por absurdo que le pareciera al contemporáneo este informe, durante largos años fue la biblia política para el pancista estadounidense. Cuando en Boston se pelearon dos grupos de emigrados blancos, la prensa norteamericana se alarmó lanzando el bulo de que los Soviets «habían desembarcado ya en el litoral» para conquistar los Estados Unidos. En Washington dieron crédito a este dislate y, por si las moscas, mandaron tropas de confianza a Boston. Fue uno de los primeros brotes de la psicosis antisoviética que se desató en Occidente. ¡Cuántos más hemos presenciado desde entonces!

     La República Soviética estaba todavía en la cuna, pero Lenin y sus compañeros se veían obligados a luchar contra las hordas de enemigos internos y externos; la devastación y el hambre parecían ya prevalecer sobre la abnegación y la firmeza de millones de personas, y los «halcones» norteamericanos, recién salidos del cascarón del anticomunismo, se disponían a hacer frente a los «desembarcos bolcheviques» y buscaban a los «rojos» bajo su cama.

Construcción de la poderosa Central Hidroeléctrica del Dniéper, parte del plan de electrificación impulsado por Lenin.

     La lógica y la sensatez nunca fueron el lado fuerte de los testarudos. Cuando hoy oímos los dicterios que profieren ciertos políticos de Washington contra nuestro país, no nos asombramos: su léxico actual imita el de los años 20 y sus argumentos de hoy se distinguen muy poco de los del senador Owerman. El mundo ha cambiado, no estamos en el año 20, sino en el 80, el socialismo se ha consolidado en la mitad de Europa, se ha hecho realidad en Asia, se ha instaurado en una isla del Caribe, pero la gente de ayer sigue cautiva del rudimentario anticomunismo beligerante. A sus abogados les da lo mismo con qué motivo arremeter contra Lenin, contra su causa, contra el socialismo. Y si no existe tal motivo, lo inventan. Si una patraña revienta como pompa de jabón, se las arreglan para inventar otra.

     Hace poco trataban de convencer al mundo de que para los ataques psíquicos contra el socialismo venían como anillo al dedo los acontecimientos de Irán; pasaron varias semanas y les sirvieron de pretexto los sucesos de Afganistán. A los ojos de los Owerman de hoy tanto unos como otros son motivo suficiente para mandar portaaviones al golfo Pérsico, para confabularse con los líderes chinos, para imponer una nueva espira en la carrera armamentista a las capitales de Europa occidental y empujar el mundo al borde de nuevos conflictos militares.

Sería un error afirmar que de vez en cuando en Occidente no se entregan a amargas meditaciones descubriendo con horror que marchan por un camino que no lleva a ninguna parte y haciendo revelaciones no exentas de perspicacia. Henry Ford II dijo en cierta ocasión: «No sé a dónde vamos. Existen dos direcciones a seguir: una lleva a la guerra y otra, a la bancarrota».

     No se trata de lamentaciones seniles de individuos hartos de la vida ni tampoco de extravagantes que quisieran ganarse al público. Fue el propio Presidente John F. Kennedy quien dijo en enero de 1961: «Antes aún de expirar el plazo de mi presidencia tendremos que comprobar de nuevo si puede seguir existiendo una nación organizada y administrada como la nuestra. No estoy muy seguro de que salgamos airosos de esta prueba». A la luz del inesperado fin de su presidencia, estas palabras suenan con maligna ironía. No es casual que el historiador Arthur Sehlesinger, uno de los fieles ayudantes del Presidente. dijera más tarde: «Nos vemos obligados a reconocer que sobre nuestra vida pesa el impulso de la destrucción».

     Talvez el propio Sehlesinger no notara como de un solo golpe de bisturí puso al descubierto y mostró las entrañas de la vieja sociedad. A los ideólogos burgueses les es insoportable el leninismo porque la materialización de esta doctrina es la viva creación, porque la causa de Lenin representa un potente impulso de transformaciones sociales revolucionarias, el impulso de la vida triunfante.

     En un manual de anticomunismo. escrito por un grupo de destacados ideólogos burgueses de EE.UU., se dice del leninismo literalmente lo siguiente: «A veces estas ideas poseen enorme atractivo para Occidente» y «bien se podría definirlas como arma espiritual». La principal conclusión es ésta: aunque no se puede vencer por la fuerza al comunismo, hay probabilidades de triunfar sobre él si se logra demostrar a la humanidad que «el compromiso que asumió Norteamérica de garantizar la libertad y la justicia al mundo entero, puede hacerse realidad».

     Parece increíble, pero es un hecho: estas palabras fueron escritas en los años en que los «boinas verdes» se ensañaban en Vietnam, cuando el napalm estadounidense quemaba las aldeas indochinas, cuando el mundo estaba a punto de enterarse de la tragedia de Songmi, cuando se empezó a usar el nombre de «Santo Domingo» para denominar la injerencia militar de Washington en los asuntos de los pueblos vecinos . . .

«El terror de la guerra»,  fotografía de Nick Ut durante los bombardeos con napalm en las aldeas de Vietnam en 1972.

   Naturalmente, con el discurrir del tiempo los campeones del anticomunismo introducen enmiendas en su repertorio. Más de 60 años a lo largo de los cuales la doctrina de Lenin se viene plasmando con éxito no podían pasar inadvertidos para ellos. Últimamente el antisovietismo tosco va acompañado de un antisovietismo sutil. Su tecnología se ajusta al siguiente esquema: reconocen que Lenin desempeñó un gran papel en la historia, pero al propio tiempo añaden que «su doctrina ha caducado» y por eso «no puede dar respuesta» a los complejos problemas de la actualidad.

     No vale la pena desmentir tales afirmaciones. Hace mucho la historia reiteró que sin el leninismo, sin la doctrina marxista desarrollada por Lenin a la luz de la época de las revoluciones socialistas, no existiría la práctica revolucionaria. Tampoco existiría el modelo óptimo de nueva sociedad que adoptan nuevas y nuevas naciones. No existiría el socialismo desarrollado que asegura la nueva correlación de fuerzas en el mundo, que es un poderoso puntal del progreso social en el planeta y hace realmente viables en nuestro tiempo la distensión y una paz sólida.

     También hoy Lenin se encuentra en el centro de la enconada lucha ideológica entre el socialismo y el capitalismo. Los impugnadores de nuevo cuño no quieren fijar su atención en una simple verdad: si las ideas de Lenin perdieran actualidad, si no tuvieran importancia para el futuro, los ideólogos burgueses no se ocuparían de ellas y las publicaciones dedicadas a Lenin que aparecen en el mercado de libros burgués no serían las principales en el ámbito de la politología, la sociología y la economía.

La mayoría de los futurólogos occidentales, presintiendo ver en el día de mañana un cuadro temible de tormentas sociales, predican sólo el futuro de la ciencia y la técnica. Movilizan a los más famosos expertos para obtener respuesta al interrogante: ¿Cómo será la economía y la técnica militar, cuál será la población o el rendimiento del agro en una u otra región del orbe dentro de 50 años? Pero ninguno de ellos intenta esclarecer: ¿Cómo será el mapa político del mundo, cuáles serán los parámetros sociales del planeta? Unos años atrás, los futurólogos calcularon con gran precisión el volumen de la extracción y el consumo de petróleo para comienzos de la presente década. Pero ninguno de ellos previó la revolución iraní y el destronamiento del Sah. Ninguno pensó en la posibilidad de la crisis estadounidense-iraní con todas sus peligrosas consecuencias. Como se sabe, la crisis se declaró por razones sociales y políticas que nada tienen que ver con la tecnología.

Los futurólogos occidentales calcularon con gran precisión los volúmenes de producción del petróleo, pero ninguno de ellos fue capaz de anticipar los cambios sociales que llevaron a la caída del Sah, o el triunfo de la revolución en Irán.

     No nos asombra que las predicciones de los futurólogos burgueses sean cada vez más vagas. Se niegan por todos los medios a reconocer el comunismo científico, como si fuera una alucinación diabólica, pero no logran encontrar sin él la respuesta a la pregunta: «¿Cómo será el porvenir?»

     Los condenados tienen miedo a ver su futuro.

     Este futuro que de hecho ya comenzó cuando en los tempestuosos días de 1917 un hombre tocado con gorra gris y vestido con un abrigo muy usado encabezó la gran revolución que había de transformar el mundo.

Esta cita y las siguientes han sido traducidas de la versión rusa (N. de la Red.).


Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 11. Diciembre de 1980, Págs: de la 04 a la 09.

 

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