MENDELÉYEV Y SU PRINCIPAL DESCUBRIMIENTO

Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, No 12. Diciembre de 1984,
Págs: de la 116 a la 120.


MENDELÉYEV
Y SU PRINCIPAL DESCUBRIMIENTO

Valentin RICH

De la revista XIMIA I ZHIZN

Fotos de la APN

Los años 70 del siglo XIX tocaban a su fin, para ese entonces, la humanidad ya contaba con tres obras grandiosas —cual puentes sobre un profundo abismo— acerca del pensamiento, la sociedad y la naturaleza: La ciencia de la lógica, de Jorge Hegel (1770-1831), El capital, de Carlos Marx (1818- 1883) y El origen de las especies por medio de la selección natural, de Carlos Darwin (1809-1882). Faltaba descubrir los misterios de la substancias.

    A los 33 años, Dmitri Mendeléyev fue designado profesor de química general en la Universidad de San Petersburgo*. Muchos decían que este joven de melena larga y vaporosa alrededor de su amplia y blanca frente, expresivo y vivo, de penetrantes ojos azules; se parecía a Garibaldi. Durante las conversaciones siempre gesticulaba, los amplios, rápidos y nerviosos movimientos denunciaban su estado de ánimo . . . Su voz era baja pero sonora y clara; su tono cambiaba mucho. . .

    «Maldice a diestra y siniestra y te sentirás bien», decía Mendeléyev, por supuesto que en broma. Jamás regañaba a nadie a sus espaldas, y siempre se interponía ante quienes osaban hablar mal de quien no estaba presente. «Cuando no se es capaz de decir las cosas de frente; mejor callarse la boca», decía o «¡Cuesta tanto ser honrado! . . .»

    Todos los autores de sus memorias escriben que con suma facilidad comenzaba a hablar a gritos, aunque en esencia era una buena persona, solo que tenía un sistema nervioso extremadamente sensible.

     No se exceptúa que los carácteres congénitos de su personalidad se deban en parte a que era el último vástago de una familia de 17 hijos. Hoy día se cree que la posibilidad de mutaciones en la descendencia aumenta en relación con la edad de los padres.

    Durante toda su vida siempre hizo las cosas tanto simples como importantes a su manera. Claro está que ir por un camino conocido resulta más fácil, pero la química era algo nuevo, joven y en la juventud todo envejece rápido. Por ejemplo, como no pudo encontrar nada de valor científico en los libros sobre química orgánica editados en Rusia y Europa escribió en dos meses de apasionado trabajo diario (12 páginas en 24 horas), un curso universitario de 30 pliegos basado en principios totalmente nuevos. No deseaba condicionar el orden del día a semejante bagatela como la rotación de la Tierra alrededor de su eje; por eso, trabajaba treinta o cuarenta horas seguidas. Y podía dormir otras tantas.

Mendeléyev en su laboratorio, óleo sobre tela de Nikolái Yaroshenko (1886).

    Desde sus años estudiantiles, Mendeléyev buscaba la relación entre los elementos. Hacia ya 15 años que acumulaba materiales, hechos y conocimientos. Pensaba en cómo colocar en un sistema único las islas y los archipiélagos químicos. Últimamente, por muchas y diferentes cosas que tuviera que hacer, nunca dejaba de pensar en ello.

    Es extraordinario combinar sus ideales con el natural desarrollo de la vida práctica. Muchos lo que hacen es simplificar su vida al máximo para concentrarse totalmente en lo ideal y espiritual. Dmitri Ivánovich tenía tiempo para todo: tanto para su trabajo en la mejor cátedra de química de Rusia, como para su numerosa familia y su hacienda con campos experimentales, unos de los primeros en Rusia. (¿Acaso no se podría con la ayuda de la química hacer retroceder el agotamiento de la tierra?).

«De la ciencia uno se puede ocupar en cualquier lugar. La ciencia es una amante que nos abraza en todos lados con tal de que no la apartemos . . .»

Dmitri Mendeléyev.

     Según Mendeléyev, 1860 año en que tuvo lugar el congreso de químicos en Karlsruhe, fue decisivo en el desarrollo de sus reflexiones sobre la ley periódica.

    «La idea sobre la periodicidad de las propiedades de los elementos aumentando el peso atómico, ya entonces, en esencia se me presentaba interiormente», escribía. Pero con la convicción intuitiva no se convence a los otros, por mucho que con ella haya comenzado la historia de numerosos descubrimientos.

     Mendeléyev creía en la intuición y la utilizaba conscientemente en diferentes aspectos de su vida. «Cuando debía resolver un problema difícil e importante recuerda su esposa Anna a paso muy rápido y ligero venía a donde yo estaba, me planteaba el problema y pedía una respuesta inmediata. ‘No pienses, no pienses’, repetía una y otra vez. Mi respuesta era decisiva . . .»

     Para aquel entonces, de los 92 elementos que se encuentran en la naturaleza, se conocían tan solo 62. Además, al didimio lo consideraban una substancia simple, cuando en realidad es una mezcla de dos elementos denominados más tarde neodimio y praseodimio. Los pesos atómicos de por lo menos 10 elementos habían sido determinados aún con graves errores, debido a que los químicos conocían poco estas substancias. Así pues, la persona que tenía pensado disponer correctamente los elementos químicos, en correspondencia con sus pesos atómicos, contaba solo con el 57 % de las 92 substancias necesarias.

     El 17 de febrero de 1869. Mendeléyev debía partir de San Petersburgo a la provincia de Tver para examinar las queserías y dar sus recomendaciones con respecto a cómo modernizarlas. El tren partía al atardecer.

    En la historia de la ciencia son muy raros los casos en que quedan huellas palpables del pensamiento que condujo a un valioso descubrimiento.

    Este es uno de esos casos: la nota que recibió Mendeléyev en la brumosa mañana del 17 de febrero antes del desayuno; las huellas de la taza dejadas en ella y el escrito de la idea que pasa por su mente: unos símbolos químicos, unas cifras, una escritura rápida, unas correcciones . . . Caos . . .

     Luego tomó una hoja de papel en blanco que se conserva hasta hoy día y bosquejó en ella una debajo de otra, las filas de símbolos y pesos atómicos. Cogió otra hoja y comenzó a copiar lo escrito, haciendo nuevos cálculos y transposiciones. Esta hoja también se convirtió en un jeroglífico. ¡Así no saldría nada!

Manuscrito de Mendeléyev «Sistema de Elementos Basados en su Peso Atómico», fechado el 17 de febrero de 1869 (1 de marzo de 1869).

    Las agujas del reloj seguían su paso sin detenerse. En la tarde debía partir. Ya había encontrado lo principal. Pero a todo esto debía darle una forma lógica y clara. Imagínese como él, desesperado y furioso, a paso ligero y rápido recorría el gabinete en busca del método apropiado para componer lo antes posible el maldito sistema.

     El pupitre. El mechero de gas. El diván. Los armarios con libros. Las matraces con retortas. La balanza. Una pila de libros de la primera edición de su famosa obra Fundamentos de la química (la segunda ya estaba en imprenta, solo faltaba que su autor insertara la solución definitiva del problema) con olor a cola y pintura de tipografía. Una resma de papel. El baúl ya listo para el viaje. La ropa sin acomodar. Un tomo de Julio Verne. Una baraja, para sacar solitarios, que siempre llevaba consigo durante los viajes. Un paquete de tarjetas de visita.

     ¡Y por fin sus ojos hallaron lo que necesitaba! . . Cogió una pila de tarjetas, abrió su libro en las páginas necesarias y comenzó simbólicamente a jugar a los naipes.

     ¡No es difícil imaginar con qué alegría sacaba este extraordinario solitario! ¡Con qué rapidez ponía a los «seis», los «siete», las «damas» y los «reyes», es decir, los sencillos azufre e hidrógeno, la plata preciosa y el oro brillante! Siempre los percibió casi igual que a las personas.

     ¡Evidentemente el solitario había salido! Las primeras seis filas se formaron sin escándalos y en el siguiente orden: los alcalinos, los halógenos, el oxígeno y sus parientes, la familia del nitrógeno y el fósforo, la del carbono y el estaño . . . Entre el silicio y el estaño quedaba un lugar vacío: el naipe con peso atómico 70 no se hallaba en el juego. ¿Y quién dijo que nuestro juego está completo? Cada año alguien descubre un nuevo elemento.

     Había también elementos «testarudos» que confundían su «palo» químico o les era imposible encontrar su lugar en la fila. Tampoco sabía dónde poner a los elementos poco estudiados: el rodio, el rutenio, el tantalio, el torio, el circonio, el lantano.

     . . . Y de nuevo cogía la pluma para escribir en la hoja columnas de cifras. Una y otra vez dejaba de anotar, perplejo, armaba un cigarrillo y fumaba hasta que se le nublaba la vista . . .

     Al final, sus ojos se pegaron, se tiró en el diván y se durmió como un tronco. Esto no era raro en él, pero esta vez durmió poco, quizá unas horas o quizá unos minutos. No quedó ningún testimonio al respecto. Se despertó después de ver, en sueños, a su solitario hecho, no como lo había dejado sobre la mesa, sino en forma más lógica. En seguida se levantó y comenzó a constituir una nueva tabla que se distinguía de la primera en lo siguiente: primero, los elementos se disponían de menor a mayor (y no en el orden inverso); segundo, en todos los lugares vacíos ponía signos de interrogación y cifras.

     Durante mucho tiempo el cuento de Dmitri Mendeléyev acerca de la tabla vista en sueños lo tomaron como anécdota. Encontrar algo racional durante el sueño se consideraba supersticioso. Hoy día, la ciencia no pone barreras entre los procesos que se realizan en la conciencia y la subconsciencia. Tampoco consideran sobrenatural que el cuadro que no se formó durante la reflexión consciente se haya constituido en la subconsciencia.

     Mendeléyev hizo algunas correcciones en la tabla, tacha un elemento supuesto entre el nitrógeno y el litio. Escribió su título Experimento para sistematizar los elementos, basándose en su peso atómico y propiedades químicasen ruso y francés. Puso la fecha: 17 de febrero de 1869 . . .

Tabla Periódica de Los Elementos Químicos publicada por Mendeléyev en su obra  «Principios de la Química» de 1869.

     El Experimento estaba lejos de ser exacto. De los 66 elementos puestos en filas solo 48 estaban colocados correctamente. Si se agrega a estos 26 elementos más, desconocidos en aquellos tiempos, la relación entre lo correcto e incorrecto era de 48:44. Los constructores saben que para la primera muestra de una nueva máquina esta relación es natural. Pero si aun así funciona, ya es una excepción. En el mejor de los casos los primeros aviones saltaban un poco. Las primeras lámparas incandescentes se quemaban enseguida.

¡Pero el primer modelo experimental de la tabla periódica de los elementos funcionaba! El puente tendido a través del abismo de lo desconocido aún se balanceaba bajo los pies, dejando al descubierto numerosos agujeros. Pero los valientes ya podían cruzar el abismo gracias a él.

Anteriormente Leningrado, hasta 1992 (N. de la Red.).


Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, No 12. Diciembre de 1984,
Págs: de la 116 a la 120.

 

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