El viejo y el águila

Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 11. Noviembre de 1979,
Págs: 66-69.


 

. . . Y entonces pregunta al viejo Abliakim: – ¿Cómo amansan al águila para la caza? ¿Qué es lo que obliga al ave, libre y fuerte, a volver al lado del hombre y posarse en su mano? ¿Qué le impide recobrar su libertad?

El viejo y el águila

Vasili PESKOV

Del diario KOMSOMOLSKAYA PRAVDA

F o t o s  de  Vadim  GUIPPENREITER

Abliakim trota en el peludo caballo gris por la llanura que paulatinamente asciende en montaña. En su mano derecha se ve un águila. Grande, tranquila, le tapa la cabeza un negro capuchón de cuero, Abliakim también está sereno. Con sus 84 años, ya ha dejado atrás las pasiones y emociones. El abrigo de piel de lobo con cuello de onza, el gorro de piel de zorro, las botas de cuero blando de buena calidad y el gran guante resistente ya hace tiempo que sirven a Abliakim; este rico atavío está hecho de trofeos que él mismo se ha procurado.

     De pronto, el viejo nota en la hierba rojiza la sombra rojiza de una zorra. Siente un impulso de energía juvenil; levanta un poco la mano que sostiene al águila, le quita el capuchón de cuero. Al grito de «¡Ka!» la empuja al aire y el resto sucede en sólo unos instantes. El ave se remonta en vuelo, efectúa una semivuelta y de inmediato, percibiendo a la zorra, se lanza sobre ella, deslizándose, cual una sombra, primero como por una escarpada montaña invisible y después a ras de tierra; echa las patas hacia adelante . . . Con los gemelos se ve bien: agarra a la zorra por el hocico y el espinazo. Luego, mira en su derredor como preguntándose: ¿Qué hacer con mi caza? Pero ya se acerca a trote rápido el viejo Abliakim en su caballo gris. Se apea, se inclina, llama con un gesto al ave, extiende su mano con el largo guante que le cubre el brazo hasta el codo . . . y ocurre lo que es tan difícil de creer: el águila deja al animal y se acerca al hombre para tomar de su mano lo que éste le da, un trozo de carne desangrada.

La caza ha terminado . . .

     Abliakim se lleva a la zorra y de nuevo monta. Al trote se aleja por las hierbas rojizas. A veces, cuando la caza es feliz, obtiene 2-3 raposas por día.

Por la tarde, en casa de Abliakim, en el centro de su casa sentados a la turca en la alfombra, delante de una mesita baja, tomamos té con una tortilla olorosa, recién sacada del horno. El viejo habla de águilas, de remotas cacerías cuando aún no conocían la escopeta y cazaban solo con el águila: gacelas, liebres, zorras y hasta lobos.

     Abliakim se dedica a la caza desde muy joven y sobrevivió a nueve águilas. En general, estas tienen larga vida; una le sirvió 33 años. Pero ocurre que las águilas, cayendo desde gran altura sobre su víctima, erren el blanco, se golpeen en el pecho y ya no pueden volar más.

     El cazador dejó en casa a una de sus águilas cuando partía para la guerra (1941-1945). Y en las cartas al kazajo* Abliakim Santakúlov, entre otras cosas, también se le daban noticias sobre el ave, de cómo se sentía, cómo la alimentaban y que, al parecer, también esperaba el regreso del amo. Eran buenas noticias para Abliakim. «Me tendía de espaldas, cerraba los ojos y veía en el cielo a mi querida amiga, el águila».

     En la guerra, el cazador kazajo fue francotirador. El hijo de Abliakim, con el permiso de su padre, me trae para que vea dos Ordenes de la Gloria. En silencio Abliakim observa cómo los presentes examinan con veneración las estrellas plateadas, algo empañadas por el tiempo. Le agrada. Y él . . . con placer se pone a contar de la caza de lobos. Alcanzó un total de 118. Unos cayeron en trampas, otros bajo sus tiros, pero en particular le enorgullece al viejo la caza lograda con la ayuda del águila. Un águila fuerte puede detener a un lobo. Fueron así las que sirvieron a Abliakim. «Por una buena águila en otros tiempos daban una centena de carneros, un caballo o la novia».

Al grito de «¡Ka!», el viejo empuja al águila al aire.

El viejo está convencido de que la caza con el águila le agregó años de vida. Todavía hoy monta con soltura y puede cabalgar desde la mañana hasta la noche. Sigue teniendo buena vista: los cueros de zorra colgados en el galpón de madera dan fe de ello. Y, como antes, el águila se somete a su voluntad como a un soberano.

¿Cómo se amansa a las águilas? le pregunto.

Al principio, hay que capturarla, cosa no difícil. Para ello, se coloca una red con una paloma o una liebre. Sólo hay que saltar a tiempo del escondrijo para atar al águila rápidamente.

     Tres o cuatro semanas bastan para amansar al ave. ¡Pero qué duras son para ella! Inmediatamente después de atraparla, se le pone sobre la cabeza un capuchón de cuero: es como si el mundo desapareciera para el águila. Mas, lo fundamental en el proceso es que ella está acostumbrada a sentir la roca bajo sus garras, y aquí la posan sobre una cuerda floja en el galpón. Todas las energías se le van agotando simplemente en los intentos de mantener el equilibrio para no caerse. Pero, de tiempo en tiempo, el cazador se acerca y acaricia al ave exhausta, le quita el capuchón para que pueda ver a su salvador, al hombre que le alivia los sufrimientos. Además, le da un trocito de carne en su mano extendida cubierta por ese guante resistente. El águila, queriendo alcanzar la carne, se posa en la mano. Pero luego le vuelven a poner el capuchón: de nuevo la oscuridad y la cuerda floja. También se repiten el rostro y la mano del «salvador». Así, en el término de 3–4 semanas. Al cabo de ese plazo para el águila no hay nada más querido que ese rostro y esa mano enguantada, firme y segura. El ave está pronta para servir al cazador.

Los instintos rapaces del águila se los despiertan nuevamente poniéndole delante una cola de zorra, que arrastran de un cordel detrás del jinete. Como recompensa, otra vez un trozo de carne.

Un segundo más y el ave alcanzará la presa.

Más tarde llega el turno de la auténtica caza. El espacio libre se le abre al águila cada vez que la sueltan. La mano la empuja hacia los espacios. Puede irse en cualquier dirección sin que nadie pueda alcanzarla. ¡Pero no! El águila, al volar, sólo concentra su atención en la presa y, al capturarla, se la entrega al hombre.

– El águila no sabe que está prisionera. Puede volar, pero yo la llamo y regresa –dice Abliakim–. Durante la caza el águila sirve al hombre. Y en casa, al contrario, la sirvo yo: la alimento, le limpio el sitio donde vive, la visito varias veces al día, antes de la caza le doy té, la acaricio. Y la caza es una fiesta para los dos.

* Kazajos: población aborigen de Kazajstán, república en el Sudoeste de la región asiática de la URSS.

 


Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 11. Noviembre de 1979,
Págs: 66-69.

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