Revista Sputnik

Este blog está dedicado a la desaparecida revista soviética Sputnik.

EL LEGADO DEL CHALLENGER (Archivo)

Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 09. Septiembre de 1986, Págs: de la 36 a la 41.


 

Aunque ha pasado más de medio año desde la tragedia del
Challenger, no cesan las discusiones en torno a ella, así como
tampoco se calma el dolor que provocara la muerte de los
siete astronautas: Judith Resnik, Sharon Christa McAuliffe,
Francis Scobee, Michael Smith, Gregory Jarvis, Ellison
Onizuka y Ronald McNair. Nos parece que el mejor homenaje
a estas valientes personas podría ser la unificación de los
esfuerzos del Hombre ante el Cosmos cruel y poderoso:
debemos obligarlo a servir a la Vida.

. . .
El Legado del Challenger

EL LEGADO
DEL CHALLENGER

Vladímir SIMONOV,
Corresponsal de la APN
y de LITERATURNAYA GACETA en Nueva York

 

Fotos: AP–TASS y NASA

 

Esta nave espacial no solo era la reencarnación del sueño norteamericano, sino también un sueño especialmente construido. La fusión del Challenger y de las ilusiones sociales llegó a su punto máximo en el último lanzamiento. Tres astronautas blancos, uno negro, uno de las islas Hawái –sangre asiática corría por sus venas– y dos mujeres: ¿no es acaso un país en miniatura elevado por encima de los demás en el estruendoso chorro ígneo del genio nacional? . .

Ahora los sociólogos explican esta idea en el lenguaje prosaico de la ciencia.

–El transbordador desempeñó el papel central en nuestra fantasía colectiva como símbolo del sueño norteamericano –reconoce Murdie Horowitz, principal experto en consecuencias psicológicas de las catástrofes–. Es la imagen del poderío norteamericano grabado en nuestras mentes.

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Y también la ilusión de la accesibilidad de este poderío para el norteamericano «común y corriente». Cuando Patrick Buchanan, director del departamento de comunicaciones de la Casa Blanca irrumpió en el Gabinete Ovalado gritando: «¡Señor, estalló el transbordador!», el presidente se levantó aturdido de su sillón.

–¡Qué tragedia! ¿Era el transbordador donde iba la maestra?
–exclamó.

Christa MCAULIFFE.

Sí, era ese. Durante mas de medio año el Challenger fue para Norteamérica la nave espacial en la que volaría una maestra. Y Christa McAuliffe, profesora de sociología en Concord, capital del estado de New Hampshíre, fue para su país una Juana de Arco cósmica, una embajadora del pueblo al lejano reino de la astronáutica y de la burocracia palaciega»

Así se había ideado. Pero Christa McAuliffe, elegida entre 11,000 pretendientes, resultó poseer una riqueza espiritual y humana que la elevaban por sobre cualquier tarea propagandística e interesada. Todo el país se enamoró de esta mujer de 37 años, morena, de sinceros ojos infantiles, madre, ama de casa, hija de su pueblo. Ella soñaba con acercar las estrellas a la Norteamérica corriente, colocar los prodigios cósmicos en su mesa familiar, como cualquier pastel de manzanas.

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Christa estuvo preparándose para el vuelo 3 meses. Allá en el espacio, desde donde la Tierra parece un globo terráqueo escolar, debía impartir dos clases de 15 minutos. Toda la juventud norteamericana pegada a la pantalla de los televisores serían sus alumnos. Una clase consistiría en una excursión por el transbordador; los dispositivos de a bordo y las ocupaciones de los astronautas. A la segunda clase Christa le dio un nombre filosófico: «¿Dónde estuvimos? ¿Adónde vamos? ¿Por qué?» y versaría sobre las cumbres del intelecto a las que nos eleva la investigación pacífica del cosmos.

Christa acariciaba un sueño noble que se había grabado en toda alma sensible.

. . .

EN MEMORIA DE CHRISTA MCAULIFFE

Nuestro Instituto de Investigaciones Cósmicas (IIC) accedió a la petición de escolares moscovitas –hijos de representantes de los países de habla inglesa que trabajan en la URSS– quienes deseaban visitar dicho establecimiento en los momentos que allí se investigaba el cometa Halley. (El IIC fue en la URSS el organismo ejecutor y coordinador principal de todos los trabajos relacionados con el proyecto internacional «VEHA» y del encuentro en el espacio de dos laboratorios automáticos soviéticos con el cometa Halley.)

En un principio, niños de EE.UU., Canadá, Australia, Nueva Zelanda e India visitaron uno de los laboratorios del Instituto donde los científicos –en presencia de los escolares– procesaban la información transmitida desde el cosmos por el aparato soviético «Veha-2», que volaba a 8.000 km del núcleo del cometa.

Luego, en la sala de estudios, los científicos soviéticos Roald Sagdéiev –director del IIC–, Albert Galéiev, Lev Mujin y sus colegas norteamericanos Kart Sagan, Bradford Smith y Louis Freeman hablaron a los chicos sobre los estudios del Universo que se llevan acabo y sobre el origen y la evolución del Sistema Solár.

A proposición del académico Roald Sagdéiev, esta clase de Astronomía fue dedicada a la memoria de Christa McAuliffe.

Del periódico VECHERNAYA MOSKVA


LOS RUSOS TAMBIÉN
SE CONDUELEN

En seguida después de que estallara el transbordador, un comentarista de la red televisiva CBS entrevistó a Robert Jastrow, experto de la NASA.
–¿Cuál es su versión, Dr. Jastrow? ¿Por qué estalló el Challenger?
–Bueno, sabe, si los rusos nos roban nuestros secretos técnicos, no tendría nada de extraño que ellos . . . De ellos se puede esperar cualquier cosa . . .
–¿Un sabotaje? ¿Acaso se refiere a un sabotaje?
–Es muy posible.

Otra entrevista por el mismo canal de televisión. El reportero conversa con transeúntes casuales, investiga la opinión de la calle.
–¿En qué pensó cuando se enteró de la catástrofe?
–Pensé que los rusos se alegrarían y que hoy estarían de fiesta . . .

Pero pronto llegaron de Moscú, reportajes filmados por los corresponsales norteamericanos. Una mujer de pañuelo típico lee en la calle el periódico Pravda que publica el mensaje de condolencia de Mijaíl Gorbachov. La mujer se llama Elena y trabaja en una fábrica.

–Cuando ocurren cosas como esta –dice dolorida– ya no somos rusos ni norteamericanos. Somos seres humanos. Nos afligimos por quienes murieron y compartimos el dolor de sus familiares . . .

La NASA recibió un telegrama colectivo de condolencia de los cosmonautas soviéticos. Los cartógrafos soviéticos bautizaron con los nombres de Christa McAuliffe y Judith Resnik dos cráteres de Venus, que se considera la diosa de la belleza. «¡Asombroso gesto!», comentó el semanario Time.

¿Qué tiene de asombroso? ¿Por qué algunos norteamericanos se quedan estupefactos al enterarse de que el pueblo soviético compartió el dolor de Norteamérica, honró la memoria de los valerosos pioneros que irrumpieron audazmente en la aún misteriosa y llena de peligros morada de las estrellas? ¿De dónde proviene este espasmo de antisovietismo? Y justamente ahora cuando parecería que se debe pensar en otra cosa.

COMPRENSIÓN

En la tragedia griega existe el concepto de catarsis: purificación, comprensión durante grandes conmociones emocionales.

«El despertar nos hizo sentir que el mundo se venía abajo –se quejó el sociólogo Daniel Coleman–. No creímos que nuestros institutos podrían traicionamos en forma tan dramática. Es un símbolo chocante de la fragilidad de nuestra fe en la técnica norteamericana . . .»

Sin embargo, a nuestro parecer, no hay que pensar que los especialistas norteamericanos no se preocuparon por la seguridad de la tripulación: trataron de prevenir todos los casos de emergencia posibles. Pero la fatalidad parece haber hecho presa de esta nave, pues tuvo fallas en cada uno de sus diez vuelos.

«La cuenta de tiempo final terminó bien y ya se habían encendido los tres motores de hidrógeno y oxígeno principales. Dos de ellos ya habían desarrollado el empuje total cuando a la voz de mando se apagaron los tres motores. Esto ocurrió 2-3 segundos antes de que se conectaran los impulsores de propelente sólido…»

«Los ordenadores de a bordo dieron la orden de cortar los motores principales a causa de que no se había cerrado una de las válvulas del motor N° 2. Después de cortar los motores, se llenó de agua el asentamiento para evitar un incendio. Los cosmonautas abandonaron el Challenger 40 minutos después . . .»

«En el trayecto de funcionamiento de los aceleradores de propelente sólido, el vuelo de la nave transcurrió normalmente, pero después de su desprendimiento, alrededor de 3′.40″ después del despegue, el sensor de uno de los tres motores principales comenzó a registrar un recalentamiento del grupo turbobomba de combustible. Los ordenadores de a bordo cortaron este motor. Existía el peligro de que se dañara tanto el mismo motor como toda la nave . . .

He citado solo unos pocos episodios de la biografía del Challenger que fueron transmitidos desde el cosmódromo y el Centro de Control de Vuelo. Por suerte, siempre se logró eliminar a tiempo las fallas, bien gracias al trabajo abnegado y heroico de los astronautas, bien porque los especialistas alcanzaban a analizar la situación y adoptar la única decisión correcta.

Pero cuando la tragedia, pese a todo, ocurrió, se puso en evidencia la compleja situación existente en la NASA y en torno a ella. Por ejemplo: ¿quiénes preparan las naves espaciales para el lanzamiento, las inspeccionan después de los vuelos y las reparan? ¿La NASA? No, la compañía privada Lockheed Aircrafts. Casi en seguida después de la catástrofe Norteamérica se enteró horrorizada de que ya en noviembre del año pasado los montadores de la Lockheed dañaron con la grúa un segmento del cohete acelerador, de uno similar al que excavó la sepultura cósmica al Challenger. Antes, en marzo, habían dejado caer sobre la nave una cuna metálica y le causaron daños por un valor de 200.000 dólares.

El instinto de propietario privado que dictó esa prisa frenética resultó más fuerte que el patriotismo. Un montador que quiso quedar en el anonimato pero, por lo visto, bastante honesto, formuló esta idea con mucha franqueza: «Lo único que hacíamos con el Challenger era taparle el trasero. . .»

Pero en los viejos buenos tiempos, el programa Shuttle se consideraba sinónimo de amor y lealtad a los intereses de la patria. En 1969, cuando lo idearon, se habló de un extraordinario transbordador espacial que llevaría personas y maquinarias a la estación orbital.

Pero los sueños no dejaron de ser sueños porque el proyecto inicial fue en su germen desfigurado por el Pentágono. El vehículo orbital se convirtió, al fin y al cabo, en carroza palaciega del Departamento de Defensa, en la que este acera a las estrellas nuevos tipos de armamentos.

El corresponsal de la ABC comunicó: «La tragedia del Challenger hizo fracasar los planes del Pentágono, quien ya en el primer semestre se disponía a efectuar dos misiones secretas por medio de los transbordadores. Sin embargo, la víctima principal de la catástrofe, según reconoció el experto del laboratorio de investigaciones cósmicas especiales de Nueva York, fue el programa de iniciativa de defensa estratégica de Reagan, que dependía en mucho justamente de estas naves».

Por desgracia, la víctima principal no fue dicha iniciativa, sino siete astronautas. Las odiseas estelares y la guerra de las galaxias son incompatibles. Que junto a las estrellas nunca se oigan palabras más belicosas que las que pronunciara Christa McAuliffe:

–Me aproximo al futuro. Y enseño.

 


Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 09. Septiembre de 1986, Págs: de la 36 a la 41.

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