Revista Sputnik

Este blog está dedicado a la desaparecida revista soviética Sputnik.

Pelé y nosotros jugábamos a un mismo fútbol

Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 07. Julio de 1986, Págs: de la 32 a la 39.

Cuando al legendario Pelé le entregaron la copa de «Campeón del Siglo», le preguntaron que a quien consideraba el mejor futbolista que había jugado contra él. Sin vacilar, Pelé respondió: «A Lev Yashin». A continuación, le ofrecemos algunos fragmentos del libro autobiográfico del famoso portero soviético.

 

Lev YASHIN

Fotos de Víctor AJLOMOV, Mstislav BOTASHOV, Alexéi JOMICH, Igor UTKIN y del archivo del autor

El portero, sin duda alguna, ocupa el lugar más importante en el equipo. Si es malo, puede perder una magnífica y coordinada escuadra; y si es bueno, el equipo se anima y puede ganar incluso a un adversario más fuerte. Para comprender toda la complejidad y responsabilidad del papel del guardameta hay que haber estado por lo menos una vez en su lugar. A tus espaldas, la portería con 7 m 32 cm de largo, y 2 m 44 cm de alto. Contra ti juega todo el equipo de otro club, otra ciudad, otro país. Y detrás de ti ya no hay nadie; tú eres el último obstáculo en el camino de los contrincantes, que se esfuerzan por vencer.

La verdad es que me convertí en guardameta por casualidad. En 1946 fui a inscribirme en un equipo juvenil, y el entrenador decidía a ojo quién jugaría de qué. Se acercó a mí y dictaminó: «Este, de guardameta». Debo reconocer que me sentí ofendido, porque en el equipo del barrio yo jugaba solo en la delantera Sin embargo, acepté sin discutir el papel que me dio, y hasta el día de hoy no me arrepiento de ello.

Me gustaba atrapar —literalmente sacar del rincón—   alguna pelota especialmente difícil y ver la desilusionada cara del delantero. Me gustaba cuando los defensas me golpeaban en el hombro y me alababan parcamente: «¡Bravo!»

En un comienzo, eso ocurría raras veces. Recuerdo muy bien el primer partido que jugué por el segundo equipo del dinamo de Moscú, club al que toda mi carrera deportiva está indisolublemente ligada. Ahora me acuerdo de este episodio como el de una comedia cinematográfica, pero cuando sucedió lloré como un niño en el vestuario. El portero adversario sacó la pelota de la meta, el viento la impulsó, yo hice unos movimientos torpes y choqué con mi propio defensa: la pelota tranquilamente entró en la portería, y en las tribunas incluso los jugadores de nuestro equipo principal se morían de la risa. ¡Ni siquiera ellos habían visto jamás cosa semejante! 

Pasarán los años y adquiriré fama de un hombre que realizó casi una revolución en el juego del guardameta. Al respecto, debo aclarar que jamás me he considerado un teórico. Jugaba como sentía y elegía aquellas posiciones que me parecían que garantizaban la seguridad de la portería. Y según las circunstancias me alejaba de la meta, despejaba con la pierna o atrapaba el balón con las manos.

Además, me entrenaba muchísimo; hacía todo lo que hacían los demás jugadores: corría interminables vueltas alrededor del estadio, a campo traviesa y con obstáculos; como los delanteros, chutaba contra la portería, ensayaba golpes de cabeza, pases, etc. Y, aparte de eso, cumplía todo un programa específico de entrenamiento para el guardameta.

A finales de 1954 —a los veinticinco años de edad— pasé a integrar la selección de la URSS, en la que jugué casi quince años consecutivos. Esta época coincidió con la de mayores éxitos del fútbol soviético: fuimos campeones olímpicos en 1956, ganamos la Copa de Europa en 1960; obtuvimos medalla de plata en el campeonato del continente en 1964 y dos años más tarde, medalla de bronce (por el cuarto lugar) en el campeonato del mundo. 

Hoy, cuando me preguntan qué es lo que más recuerdo de aquellos numerosos torneos, generalmente respondo: el juego de la selección brasileña en el campeonato mundial de 1958 en Suecia. 

Creo que ha sido el equipo más fuerte que ha ganado en los campeonatos del mundo. Los brasileños hacían con el balón todo cuanto querían. Era un auténtico espectáculo, que tenía por protagonistas a los jugadores y a la pelota. Pero incluso en esta magnífica escuadra destacaban Garrincha y Vavá. Y Pelé, la estrella del fútbol comenzó a brillar en este campeonato. 

Pienso que con la selección brasileña de 1958 llegó a la cima ese fútbol que ahora denominan romántico y que, por desgracia, ha pasado a la historia. Hoy, cuando utilizan este adjetivo en relación al fútbol, lo hacen solo con ironía. Actualmente, la alabanza más alta es decir que el fútbol es racional, por oposición a aquel fútbol romántico en que tanto jugadores como entrenadores se apoyaban más en la improvisación que en esquemas planeados de antemano. 

Es indudable que el balompié moderno se ha complicado muchísimo: la velocidad ha aumentado bruscamente, la táctica es más compleja los jugadores son más universales. Al mismo tiempo, el fútbol, como espectáculo, al convertirse en racional ha perdido mucho. A menudo en el campo no hay juego como tal, sino un duro y agotador trabajo. Y este fútbol no es muy atractivo, cuesta ganarse nuevos hinchas. 

Al componer la selección mundial de todos los tiempos, los especialistas de diversos países siempre incluyen a Lev Yashin. Este portero jugó 438 partidos y en 207 no dejó pasar ningún gol.

No digo esto con el ánimo de refunfuñar o de jactarme que en mi época incluso los partidos de los clubes que no competían por los primeros puestos reunían hasta a cien mil espectadores. Vana tarea es la de contraponer el juego de futbolistas de diferentes generaciones: cada uno tiene sus propias ventajas y desventajas. Pero si tocamos el tema de la popularidad del fútbol, entonces sí creo que vale la pena comparar. 

Una de las más duras pruebas por las que tuve que pasar fue a raíz del campeonato del mundo en Chile, en 1962. Después de que, contrariamente a lo que se esperaba, fracasáramos en nuestro grupo y regresáramos antes de lo previsto a casa, apareció un artículo en el que se me culpaba a mí de la derrota. ¡Cruel reproche! 

Después de eso, cuando salía a la meta del Dinamo y hacía la más leve falta, el más insignificante error, las tribunas respondían con silbidos de descontento. Comencé a ponerme nervioso, lo que naturalmente se traducía en más errores. Al fin y al cabo, decidí dejar el fútbol; ya tenía 33 años y era considerado un veterano. 

Pero mientras más descansaba del fútbol, mayores eran mis deseos de volver al campo de juego. Como en mis años juveniles, de nuevo comencé a jugar por el segundo equipo. Me entrenaba frenéticamente, y con la ayuda de los técnicos poco a poco fui recuperando la seguridad en mí mismo, indispensable a cualquier guardameta. Y la suerte me sonrió de nuevo. El Dinamo ganó el campeonato nacional; en 1963 fui reconocido el mejor jugador de Europa y me invitaron a la selección del mundo, que jugó contra los ingleses un partido dedicado al centenario del balompié.

En el campeonato del mundo de 1966, en Inglaterra, nuestra selección estaba a un paso de la final. Y si no hubiera sido por el indiscutible error que cometió el árbitro al expulsar a uno de nuestros jugadores en el partido contra la RFA, quizás hubiéramos competido por el primer lugar. A pesar de todo, considero que este fue el más alto logro de la selección soviética en los campeonatos mundiales, y hasta el día de hoy no lo han podido superar nuestros futbolistas.

Después del campeonato mundial de 1966 jugué cuatro años más, pero cada partido que pasaba se me iba haciendo más difícil: me sentía cansado y empecé a sufrir más traumas que antes.

Seis veces tuve conmoción cerebral con pérdida del conocimiento; en cuanto a los golpes, moretones y quebraduras sería imposible contarlos. En una ocasión me desgarré el músculo de la pierna, pero no podían reemplazarme porque ya habían hecho todos los cambios que permiten las reglas; así es que tuve que seguir en la meta hasta el pitido final sintiendo un dolor insoportable. En otra ocasión se me reventó la piel en un dedo; el guante estaba empapado en sangre, pero no abandoné el campo. En los largos años de futbolista aprendí a soportar el dolor sin mostrar mis sufrimientos. Por eso me siento incómodo cuando un joven, después de chocar con el adversario, se revuelca por el césped como si se estuviera muriendo de dolor y dos minutos después ya lo vemos sonriendo. El fútbol es juego de hombres y hay que aprender a soportar y no andar rogándole al juez tiros libres.

No puedo callar sobre una desgracia que me ha ocurrido. Y lo peor es que la culpa ha sido mía. Empecé a fumar a los trece años, y nadie me pudo quitar esta mala costumbre. Mis jefes deportivos volvían la cabeza, incómodos, cuando me veían con un cigarrillo en los labios. Una sola vez hubo alguien que actuó resueltamente contra mi violación del régimen deportivo.   

Fue durante nuestra gira por la India. En una ciudad nos hicimos amigos de un simpático elefante, al que le dábamos manzanas. Un día aparecí sin frutas, pero llevaba en mi mano un paquete de cigarrillos El elefante creyó que era una manzana y quiso tomar el paquete. Yo alejé bruscamente mi mano y él, tomándolo por un signo de avaricia me empujó con la trompa a una acequia llena de agua sucia. El médico de nuestro equipo, que fue testigo de este episodio, comentó: «Ve usted, querido Lev, incluso el elefante comprende que el fumar está contraindicado para el deporte».

Debo reconocer que en aquella ocasión me reí de buena gana junto con los demás, sin presentir que ya me encontraba camino a la tragedia: en 1984 me amputaron una pierna, y los médicos me dijeron que una de las causas de mi enfermedad era el cigarrillo.

Ahora trabajo en el Comité de Deportes de la URSS, en la sección de fútbol infantil, y a menudo me toca presenciar partidos en nuestro país y en el extranjero. He notado que aunque en la técnica no ha habido cambios esenciales, en la táctica indudablemente han ocurrido. Los equipos atacan y se defienden con grandes fuerzas. En el área de penalty se juntan tantos futbolistas que a primera vista parece una muchedumbre casual, espontánea, caótica. Pero con esa idea se puede quedar solo una persona poco entendida. En los extraños zigzags del balón y en las bruscas maniobras de los atacantes hay tanta lógica como en nuestro tiempo. Actualmente los adversarios tratan de jugar lo más cerca posible del portero, lo ponen nervioso con pases altos, casi siempre con efecto, y por el que de inmediato se lanzan a luchar varios futbolistas de ambas partes.

¡Cómo me gustaría que los porteros y los demás jugadores de la selección soviética estuvieran a la altura del fútbol moderno! Pero la verdad es que en los últimos tiempos nuestro equipo no ha alcanzado grandes éxitos. En dos ocasiones seguidas (1974 y 1978) no ha podido llegar a la sede donde se juegan los campeonatos mundiales. Esto ha dado pie a pensar que nuestro fútbol está en decadencia. No obstante, creo que incluso hoy, cuando la selección de la URSS no pasa por un momento estelar, la situación general del fútbol soviético infunde optimismo. Continúa siendo un deporte masivo, que no va a la zaga de ningún otro en cuanto a popularidad y cantidad de hinchas. Nuestros clubes siguen participando con éxito en las diferentes copas europeas. Dos jugadores nuestros —el delantero Oleg Protásov y, cosa que me llena de alegría, el guardameta Rinat Dasáiev— estuvieron entre los diez mejores futbolistas europeos de 1985. Y la actuación internacional de nuestros jóvenes no es mala. Todo ello nos permite confiar en que mi deporte preferido seguirá progresando y obtendrá nuevas victorias en los torneos internacionales.

 

Condensado por Víctor Záitsev del libro de Lev
Yashin TENGO FE EN EL FUTBOL

 


Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 07. Julio de 1986, Págs: de la 32 a la 39.

Anuncios

2 Respuestas a “Pelé y nosotros jugábamos a un mismo fútbol

  1. humberto jordan solarte 12 junio, 2014 en 14:17

    Tuve el honor de leer el articulo en el año 1.986.Increiblemente veintiocho años después estos temas y materiales tienen más vigencia que nunca.Fuí fanatico de la selección de la URSS,dirigida por Lobanovsky en el mundial de México.Soy un eterno e infinito agradecido con las selecciones de la prensa soviética “Sputnik”.

    Le gusta a 1 persona

  2. German Rosero. 19 junio, 2014 en 02:49

    Yashin la Araña Negra, el mejor arquero del Siglo 20. Colombia tuvo el honor de empatar con Rusia 4 a 4 en el mundial de 1962 en Arica Chile. 4 goles al mejor arquero del mundo en ese momento.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: