Revista Sputnik

Este blog está dedicado a la desaparecida revista soviética Sputnik.

LOS SUCESOS DE CHICAGO

Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 05. Mayo de 1986, Págs: de la 43 a la 49.

Centenario de la tragedia de Haymarket

Svetlana ASKOLODOVA, Doctora en Historia

Cada año, el 1 de mayo los trabajadores de casi todos los países del mundo salen a las calles y a las plazas para mostrar su solidaridad de clase en la lucha por los derechos económicos, sociales y políticos. La decisión de festejar el 1 de mayo como Día de la Solidaridad Internacional de los Trabajadores fue tomada en el Congreso de París de la II Internacional, celebrado en 1889. En el origen de esta tradición están los trágicos sucesos que ocurrieron un siglo atrás en Chicago.

Aquel año de 1886 la Federación Norteamericana del Trabajo lo había declarado año de lucha por la jornada laboral de 8 horas. Naturalmente, se había planeado organizar reuniones, mítines, huelgas.

    «Camaradas obreros ─se decía en una de las circulares de la Federación─ hemos entrado en la etapa más importante de la historia del trabajo . . . Apoyándonos solo en nuestras propias fuerzas, nos prepararemos para la lucha y arrancaremos la jornada laboral de 8 horas a aquellos que se nieguen a introducirla en mayo de 1886.

    «El trabajo unido, al igual que el capital unido, es todopoderoso. El puede imponer sus justas exigencias con métodos pacíficos y legales.

    «Camaradas obreros, vuestro deber ante vosotros mismos, ante vuestras familias y vuestros descendientes está claramente definido. Estamos dispuestos a hacer determinados sacrificios para lograr la disminución de la jornada laboral, el aumento de los salarios, el mejoramiento de las condiciones de trabajo y, consecuentemente, el aumento del promedio de vida de los obreros. ¡La hora de actuar ha llegado!»*. El día decisivo debía ser el 1 de mayo.

    También los empresarios se preparaban para los acontecimientos que se acercaban. La amenaza de una huelga general los hizo olvidar temporalmente tanto la competencia como las divergencias. Y unidos lanzaron una ofensiva contra los trabajadores. Para ello contaban con el apoyo de las autoridades, del ejército, la policía y la «gran prensa». Por ejemplo, el Chicago Tribune opinaba que la cuestión de la huelga era, sin duda, la más importante y la más espinosa; estimaba necesario que cada huelguista fuese acusado de conspirador y encarcelado sin demora lo cual infundiría, según él, un miedo benéfico en la clase obrera.

    A fines de abril la situación se había agudizado tanto, que el presidente Cleveland debió dirigir al Congreso un mensaje, el primero en la historia de EE.UU. dedicado exclusivamente al problema obrero. Manifestando preocupación con motivo de los conflictos entre obreros y patrones, procuraba mostrarse imparcial. Así, declaró que el descontento de los trabajadores en gran medida se debía a las «codiciosas y desconsideradas exacciones de los empresarios». Incluso llegó a decir que el trabajo de los obreros contribuía al bienestar nacional y por eso ellos tenían derecho a insistir en que quienes promulgan las leyes respetaran sus intereses de la misma manera que los de los demás ciudadanos.

    Para mayo la policía fue puesta en estado de alerta; casi 1,500 soldados esperaban que se les diera la orden de aplastar las demostraciones callejeras. Hacían listas negras de huelguistas, con el fin de exigir que el Congreso tomara medidas.

    Pero las huelgas se sucedían una tras otra. El 1 de mayo de 1886 no trabajaron las dos terceras partes de las fábricas de Chicago. Los negocios, el comercio, las operaciones financieras: todo se había detenido. Decenas de miles de trabajadores participaban en los mítines, siempre tratando de evitar las provocaciones que podrían servir de pretexto para desencadenar represiones masivas. A pesar de ello, las fuerzas «de la Ley y del Orden» y las bandas de particulares turnados recibían con porras y balas a los obreros indefensos.

Los Martires de Chicago

Los juzgaron porque se atrevieron a hacer uso de la libertad de expresión.

   Así sucedió también el 3 de mayo, cuando los huelguistas se reunieron cerca de la Fábrica McCormick para elaborar las exigencias que presentarían al empresario. Pero este llamó a la policía, que abrió fuego: seis hombres resultaron muertos.

    «Mataron a los pobres desdichados ─escribió aquel mismo día el líder sindical August Spies en un artículo dirigido a los obreros─ porque ellos, igual que ustedes, tuvieron la valentía de desobedecer la suprema voluntad de los dueños. Los mataron para mostrarles a ustedes, ‘libres ciudadanos de Norteamérica’, que deben estar contentos y satisfechos con cuanto sus patrones tengan la condescendencia de permitirles; de lo contrario, serán asesinados».

    En las reuniones obreras que se celebraron aquel mismo día, se decidió celebrar el 4 de mayo, en la plaza de Haymarket, un mitin de protesta. Al mismo tiempo, llamaban a expresar esta protesta pacíficamente y a evitar los choques con la policía.

    Y el 4 de mayo, a las siete y media de la tarde miles de obreros se congregaron en la plaza de Haymarket.

    «Parece ser que las autoridades opinan que se ha llamado a este mitin con el propósito de armar un poco de camorra y de disturbios -dijo August Spies─ . . . La culpa de la violencia que a veces acompaña a las huelgas la tienen principalmente los empresarios y la policía . . . McCormick es el hombre (. . .) sobre el que recae la responsabilidad por el asesinato de nuestros hermanos . . . En esta ciudad actualmente hay entre cuarenta y cincuenta mil hombres que sufren del lock-out porque se niegan a obedecer la voluntad suprema (. . .) de un puñado de hombres. Las familias de veinticinco o treinta mil obreros están muriéndose de hambre porque sus maridos y padres no son capaces de oponer resistencia al dictado de unos pocos ladrones a gran escala . . .»

    Cárter H. Harrison, alcalde de Chicago, que oyó en el mitin a otro líder obrero, Albert Parsons, más tarde dijo que había sido un valiente discurso contra el capital. Al mismo tiempo, reconoció que ninguno de los oradores llamó a usar la fuerza.

Chicago. Mayo de 1886. Así terminó el mitin pacífico en la plaza de Haymarket.

    El último en subir a la tribuna fue Samuel Fielden, uno de los dirigentes de los socialistas de Chicago. Como comenzara a llover, muchos abandonaron la plaza. El mitin estaba llegando a su fin. De pronto apareció un numeroso destacamento de policías. La verdad es que no teman nada que hacer allí. El alcalde se había convencido de ello y ya había aconsejado al capitán John Bonfield que mantuviera alejados a sus hombres del mitin, y este había estado de acuerdo. No obstante, la policía apareció en la plaza. Todo ocurrió en contados minutos. Un oficial exigió que se dispersaran inmediatamente. Fielden interrumpió su discurso y al dejar la tribuna alcanzó a decir: «Somos pacíficos …» En ese momento se oyó una explosión. Una bomba lanzada por un provocador estalló en el grupo de policías, y uno de ellos resultó muerto. La policía respondió abriendo fuego indiscriminadamente.

    En contados minutos la plaza quedó desierta. Solo permanecieron en ella los cuerpos de los golpeados y heridos de bala. Era el fin de la «sublevación de Haymarket», como las autoridades pusieron al mitin; comenzaba el «proceso de Haymarket».

    Como dijo Friedrich A. Sorge, amigo y compañero de lucha de Marx que en ese tiempo residía en EE.UU., «resonó un ensordecedor grito de ira y venganza por parte de las autoridades y de los ciudadanos, de los guardianes de la ley y del orden. Todas las garantías constitucionales y legales de la libertad y seguridad personales fueron pisoteadas, toda garantía de protección individual fue dejada de lado, y el desnudo y arbitrario despotismo de la policía, la brutal policía de Chicago, reinó sobre la ciudad».

    Comenzaron los allanamientos y los arrestos. Aquellos que trataban de defender a los detenidos caían bajo sospecha. Todas las reuniones obreras fueron prohibidas. Bajo pretexto de defenderse contra posibles atentados, pusieron en estado de alerta a un regimiento del ejército.

    Dieron orden de arresto contra los líderes obreros Albert Parsons, August Spies, Samuel Fielden, Michael Schwab, Adolph Fischer, George Engel, Louis Lingg y Oscar Neebe. La policía no logró capturar a Parsons, pero este se solidarizó con sus compañeros y se entregó, explicando que aunque sabía que lo iban a matar, no podía quedarse en libertad sabiendo que sus camaradas se encontraban en el banquillo de los acusados y que iban a sufrir por una cosa de la que eran tan inocentes como él mismo.

    Todos ellos, fueron formalmente acusados de incitar a asesinato y de matar a un policía, pero en realidad los estaban juzgando por sus convicciones políticas. El fiscal Josiah Grinnel declaró abiertamente: «Ellos no son más culpables que los miles que los siguen». No obstante, pidió; «Condenen a estos hombres, hagan ejemplos de ellos, ahórquenlos, y así salvarán nuestras instituciones, nuestra sociedad». Y un rico hombre de negocios de Chicago confesó cínicamente: «No, no considero que esta gente sea culpable de delito alguno, pero debe ser ahorcada. No le temo a la anarquía; es solo un esquema utópico de unos pocos chiflados filosofantes, que, además, son buenos de corazón, pero sí considero que el movimiento obrero debe ser aplastado»,

    El 20 de agosto el tribunal dictó sentencia. A pesar de que se había demostrado la inocencia de los acusados, a siete se los condenó a la pena capital, y a Oscar Neebe le dieron 15 años de cárcel. Las apelaciones a las instancias superiores fueron rechazadas.

    En su discurso ante el tribunal, Spies dijo que se equivocaban si creían que ahorcándolos a ellos podrían destruir el movimiento obrero, en el que buscan salvación millones de explotados que no reciben por su trabajo nada salvo penas y miseria. Señaló que al ahorcarlos apagarían solo una chispa, pero que por doquier ya ardían llamas que no podrían sofocar.

    Dos sesiones duró el discurso de Parsons, y en él demostró que el proceso era una confabulación, pagada por los millonarios de Chicago, contra la libertad.

    Las noticias sobre estos sucesos se divulgaron por el mundo. Particulares y organizaciones escribían al gobernador de Illinois para que indultara a los condenados. Entre los firmantes estaban George Bernard Shaw, la Cámara de Diputados de Francia, el Consejo Municipal de París y el del Departamento de! Sena, obreros de España, Francia, Italia y Rusia. A pesar de ello, lo único que se logró fue que conmutaran a Fielden y a Schwab la pena capital por cadena perpetua. Lingg murió en la cárcel. El 11 de noviembre de 1887 Parsons, Spies, Engel y Fischer fueron ejecutados.

    El conocido novelista norteamericano William Dean Howells (1837-1920) escribió en el New York Times: «. . . esta República libre ha matado a cinco hombres por sus opiniones». Sobre la ejecución de los líderes obreros también dijo que era «un atroz acto de locura y crueldad por el cual deberemos avergonzamos eternamente ante la historia».

En el cementerio de Waldheim se levanta un obelisco y un grupo escultórico que en 1893 los obreros de Chicago levantaron a los héroes de Haymarket. Y aquel mismo año, John P. Altgeld, nuevo gobernador de Illinois, ordenó la libertad de Fielden, Schwab y Neebe. En el acta de indulto se decía que estos hombres, al igual que sus compañeros, eran inocentes y que su condenación había sido una grave violación de los procedimientos judiciales normales.

Condensado por Larisa RESHETNIKOVA
del libro CENTENARIO DE LOS
SUCESOS EN CHICAGO


Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 05. Mayo de 1986, Págs: de la 43 a la 49.

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