Revista Sputnik

Este blog está dedicado a la desaparecida revista soviética Sputnik.

Leningrado, bajo la mirada de una escritora extranjera

Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 03. Marzo de 1982, Págs: 148,149,150.

A  la  URSS

con  el  alma  abierta

Monserrat ROIG, escritora española

Montserrat ROIG, autora de 12 libros de prosa, ha visitado recientemente la URSS para reunir materiales sobre el bloqueo de Leningrado (1941-1944), página heroica de la Gran Guerra Patria del pueblo soviético contra los invasores hitlerianos. A continuación publicamos parte de la conversación que la escritora mantuvo con un corresponsal de la revista juvenil Avrora de Leningrado, y un artículo, abreviado de Montserrat Roig, que apareció en la misma revista.

  ─ En España se sabe muy poco acerca de la guerra de la Unión Soviética contra el fascismo, mejor dicho casi no se sabe nada. Supe por primera vez del bloqueo por fuentes inglesas y luego lo vi en el telefilme soviético- norteamericano «La guerra desconocida». Me conmovió tanto que decidí viajar a Leningrado y escribir un libro sobre el tema.

    Claro que disponía de muy poco tiempo, pero no me proponía escribir la historia del bloqueo, me interesaba antes que nada el aspecto humano, psicológico.
¿Qué gente era aquella que pudo resistir en condiciones tan duras? . .

    Durante la Segunda Guerra Mundial ninguna ciudad de Europa hubiera podido soportar lo que sufrió Leningrado. He reflexionado mucho acerca de esto y quisiera que en España se sepa la verdad . . .

Montserrat-Roig-en-Leningrado.pngMontserrat Roig en Leningrado.

     Casi dos meses he pasado en la Unión Soviética, en la ciudad de Leningrado, la ciudad que construyera entre pantanos en 1703 el impetuoso, apasionado, extraño y enorme zar Pedro I El Grande. Procuré ir allí con la mente blanca y el alma ─una palabra que, por suerte, allí no ha perdido su sentido─ abierta.

     Llegué a Leningrado una mañana en el tren «Flecha Roja» procedente de Moscú. Era una mañana lluviosa y húmeda y hacía un frío pelón. Estábamos en el mes de mayo y nevaba sin cuajar. Vi en la avenida Nevski a hombres con el gorro ruso calado hasta las orejas y a mujeres de floreados pañuelos. La temperatura había bajado a cero grados y sentí una punzante nostalgia de mi Mediterráneo, de mi ciudad y de sus plátanos, de esos árboles que, según parece, van a morir sin remedio . . . Todavía no sabía que Leningrado y sus habitantes, su historia y sus luchas iban a producir en mí otro tipo de nostalgia al regresar a Barcelona.

     Aquel día, la ciudad tenía una pátina de color gris que se alargaba hacia el Báltico. Todo era gris, el río Nevá, las nubes e incluso los hermosos palacios que casi lamen las orillas del río y de sus incontables canales, y que luego vería con otros colores. Alejandra Koss, una inteligente hispanista, me diría más tarde que este es el color habitual de la ciudad. Alejandra Koss también tiene los ojos grises, unos ojos grandes y profundos. Quizá su profundidad viene porque tiene que fijar mucho la vista, pues se quedó muy miope a consecuencia del bloqueo, de los novecientos días en que Leningrado estuvo asediada por el ejército alemán.

     Más tarde me daría cuenta de qué manera Leningrado vive aún su bloqueo, de qué manera conserva muy adentro aquellos novecientos días, cuando la ciudad que había iniciado la Gran Revolución de Octubre tuvo que aprender a resistir y sobrevivir.

     Lawrence Durrel dice que una ciudad es un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes. Y yo no sé si amo a Leningrado por su historia, por la sensación literaria e irreal que producé su belleza o por la gente que allí conocí . . . Recuerdo ahora los paseos cerca del canal del Cisne mientras escuchaba las historias qué me contaba Vladímir Druzhinin, periodista y viajéis incansable. Y las conversaciones apasionadas sobre la vida y la muerte de Pushkin que sostuve con Ala Borísova, que tiene los mismos ojos que el ancho azul de Leningrado en un día claro . . .

     Y me di cuenta de la razón que tiene el príncipe Mishkin de El Idiota, de Dostoievski, cuando dice que hay que aprender a mirar. Quizás es la Unión Soviética el único lugar del mundo donde el turista español que no sabe mirar puede, sentirse Superior. El turista autosatisfecho, a pesar del agobio económico y dé las letras que hay que pagar, va a la URSS y observa con desdén las calles y las tiendas. Y lo compara inevitablemente con el derroche agobiante y apárente de nuestros coches y de nuestros almacenes. Aquí (en España. ─ N. de la Red.) hay más lujo y más luces en las avenidas, pero hay más hambre, más desesperación, más mediocridad. Luego viene la famosa frase: «El pueblo ruso está triste, nunca ríe por las calles». ¿Es qué hay que pasear a grandes carcajadas? Herzen, un revolucionario liberal y romántico que escapó de la represión zarista a mediados del siglo pasado, escribió a propósito de los occidentales; «Se hallan siempre satisfechos de sí mismos y su autosatisfacción es un insulto. Su posición es generalmente envarada y tienen la visión adaptada a sus insignificantes alrededores».

     No, hay que ir a la URSS con el alma abierta, pensando que hay allí otra concepción del espacio, del tiempo, unos valores distintos de los nuestros y, en muchos casos, ejemplares. Simone Signoret dice que Leningrado le pareció una ciudad vieja, llena de fantasmas y supervivientes. Es una impresión. A veces, los colores ocres de los bellísimos palacios del arquitecto Rossi o los azules y dorados de los de Rastrelli pueden parecer poblados de fantasmas que sólo exhalan olor a recuerdo, a pasado. Pero de repente ves a los niños en los inmensos parques y jardines o a la muchedumbre qué aflora de las bocas del metro, a familias enteras que a pesar del frío saborean helados no contaminados o a los ancianos que leen en solitario entre las estatuas neoclásicas del Jardín de Verano. Y los extensos crepúsculos encima del río Nevá, como una pintura de Turner. Y oyes cómo toca la guitarra un grupo de jóvenes cerca de un puente levantado a las dos de la madrugada, durante el alba inmóvil de las noches blancas . . . Y te das cuenta que el viejo San Petersurgo y la nueva ciudad de Lenin te han embrujado. Y no sabes si eso es sólo sensación de irrealidad . . .

     Pero de nuevo te preguntas si las imágenes que ves pertenecen a algo colectivo que se han ido construyendo poco a poco. Y piensas que si el pueblo es así es porque la educación de los niños es el pilar básico de la sociedad soviética. Nunca como en Leningrado hablé con tantos artistas, pintores y escritores que se dediquen a la infancia. Korogodski, director del Teatro del Joven Espectador, te dice, con una sonrisa casi inocente, que el teatro es la escuela de la vida. Sólo el pueblo ruso sabe que el arte es un aprendizaje continuo para entender los grandes conflictos de la vida. Hay que aprender a vivir, te repiten continuamente. Y esto es algo que nuestras mentes occidentales, teledirigidas por innumerables propagandas subliminales, somos incapaces de saber valorar.

     Evidentemente, también hay problemas en la nueva sociedad soviética. Pero quizás a los occidentales nos falta comprender que un siglo no es más que un corto suspiro a lo largo de la Historia. Preferimos ser maniqueístas, preferimos escoger entre Dios y el Diablo y como naves perdidas naufragamos entre ambos puertos sin pararnos a mirar con más calma a la humanidad que nos rodea. Y quizás tiene razón Herzen cuando dice que en Rusia, en el siglo pasado, se vivía la angustia del nacimiento del futuro, un nacimiento que siempre es difícil y doloroso, mientras que en Occidente se vivía meramente la angustia de la muerte del pasado. Y es eso precisamente lo que pensé cuando regresé a Barcelona, mi ciudad. Los primeros días me sentí como una marciana, y sabía que me exponía al ridículo si expresaba mis sentimientos tal y como los siento . . .                            

Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 03. Marzo de 1982, Págs: 148,149,150.

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