Revista Sputnik

Este blog está dedicado a la desaparecida revista soviética Sputnik.

Un hombre que soñó con un brillante futuro, mientras vendía secretos a la CIA

En una calurosa y sofocante tarde de fines de julio de 1983, un enorme nubarrón se cernió so­bre Moscú. El aguacero que se de­sató instantes después dispersó a los turistas extranjeros que se ha­bían demorado frente al templo ortodoxo situado junto al estanque Serébriano-Vinográdski del Par­que Izmáilovo.

Hacia el estanque desierto se acercó, salpicando el agua de los charcos, un coche de chapa diplo­mática con número de la embajada de EE.UU. Del vehículo descendió un joven alto con una bolsa que contenía algo voluminoso y pesa­do. Desapareció por unos minutos entre los arbustos que rodean el templo y salió de allí sucio y calado hasta los huesos. Su bolsa ya esta­ba vacía. Después de mirar a su al­rededor, subió al coche y partió con gran prisa.

Ya pasada la medianoche, los agentes de seguridad del Estado sacaron de Izmáilovo lo que el di­plomático había dejado allí: una piedra que parecía común y co­rriente pero que estaba formada por dos mitades huecas. En el es­condrijo había instrucciones para un agente, libretas de cifrado y otros accesorios para espías. Des­pués de examinar todo con aten­ción, pusieron la piedra falsa en el lugar donde la habían encontrado.

Por la mañana temprano, cuan­do el parque estaba aún vacío, un hombre de cabellos negros y riza­dos, ojos penetrantes y muy juntos se acercó a los arbustos, encontró en seguida la piedra, la puso en un bolso de viaje y se dirigió apurado a la estación del metro. Aunque en las cercanías no había nadie, como él mismo contó después, experi­mentaba una confusa inquietud. Y su intuición no lo engañaba: desde ese momento la contrainteligencia soviética ya no le quitó los ojos de encima.

Yuri Pávlov (en la CIA alias Ralph Daniel) nació en la región del Volga, en la ciudad de Kúibishev, el 31 de diciembre de 1935. Su padre era ingeniero; su madre, profesora de inglés. La infancia de Yuri Pávlov coincidió con los años prebélicos y la guerra. La familia pasaba de una obra en construc­ción a otra y solo después de la guerra el padre fue enviado a tra­bajar a Leningrado.

El joven terminó la secundaria y luego, en un instituto de Leningra­do, estudió física nuclear experi­mental, carrera rara en ese enton­ces. Durante cierto tiempo se dedi­có a preparar su tesis de candidato a Doctor, pero le pareció demasia­do fatigoso, la abandonó y se entu­siasmó con un proyecto fantástico: crear diamantes artificiales por medio de una explosión nuclear. Y aunque logró llevar a término su manuscrito, la idea no recibió el apoyo de los especialistas.

Entonces Pávlov dejó el institu­to y se fue al Lejano Oriente don­de, a través de unos viejos amigos de su padre, se matriculó en el Vítiaz, barco de investigación en el que a principios de 1961 se hizo a la mar por primera vez. El buque debía pasar junto a Japón, Tahití, Fidji y Hawai, pero el ambiente exótico se podía apreciar solo du­rante las breves escalas en los puertos. El trabajo principal –minucioso, colectivo y nada espec­tacular- se realizaba en alta mar. Día tras día, mes tras mes, Yuri Pávlov, en el fondo jugador apasio­nado, ansiaba para sí algo más sen­sacional, rápido y personal. Ansia­ba la fama.

Por ese entonces murió su padre y Pávlov regresó a Leningrado. En 7 años (desde 1962 hasta 1969) cambió varios empleos. Para ser francos, buscaba donde pagaran más. Así fue como se colocó en una empresa de la defensa, donde el jo­ven físico se comprometió a no di­vulgar la información secreta que se le confiaba. Cuando posterior­mente Pávlov fue reclutado por la CIA, el cuartel general de Langley se interesó sobre todo por esta par­te de su biografía.

En 1969 Pávlov pasó a trabajar al Registro Marino de la URSS. «Con el tiempo me convertí en una de las figuras centrales de la ins­pección atómica del Registro -cuenta- En 1977-1980 viajé al extranjero integrando una delega­ción que asistió a las sesiones del grupo internacional que redactaba un código de seguridad para los buques atómicos. Estuve 4 veces en Inglaterra y una vez en Génova, Ottawa y Hamburgo». Era un tra­bajo interesante y de prestigio, ha­bía conseguido lo que ansiaba.

Sin embargo, se fue del Registro. ¿Por qué? «Comprendí que los marcos de esa organización eran demasiado estrechos para mí -ex­plicó durante la instrucción- Co­menzó un largo período de estan­camiento mental…» Según sus propias palabras, «en el trabajo me quedaba horas enteras mirando el techo». Soñaba. ¿Con qué? Con la fama. La dulce vida, una villa en las Bahamas. Alguien le dijo en broma que a los Premios Nobel se les entrega gratuitamente una villa semejante. El se lo creyó.

Pero ¿cómo recibir el Premio Nobel? Estaba seguro de que con sus ideas y calificación no era im­posible. ¿Que no le había resultado en su casa? ¡No importa! Se iría a algún país occidental y un buen día todas las agencias telegráficas transmitirían la sensacional noti­cia: «Yuri Pávlov, destacado físico que no halló reconocimiento en la URSS, ha sido galardonado con el Premio Nobel por la creación de diamantes artificiales mediante explosiones atómicas …»

En octubre de 1981, el barco científico Profesor Wiese atracó en el puerto noruego de Älesund. Pávlov, flamante funcionario del Instituto del Artico y la Antártida, bajó a tierra junto con un grupo de marinos. En el bolsillo llevaba una carta en inglés que decía lo que hacía tanto tiempo había decidido: Soy un físico atómico; tengo ideas interesantes que en Rusia no quie­ren tomar en cuenta; no se me da dinero para efectuar los experi­mentos según mi método para ob­tener diamantes artificiales; deseo trasladarme a Occidente.

Incluyó en la carta el itinerario del barco y añadió: «Al bajar a tie­rra vestiré un abrigo oscuro y viejo y un gorro de punto; llevaré en la mano un prospecto llamativo». Ce­rró el sobre y escribió en él: «Con­sulado de la República Federal Alemana. Alesund, Noruega». Echó su misiva en un buzón del correo.

Dos veces -en Hamburgo y en Reykjavik-, bajó a tierra llevando en la mano derecha un prospecto chillón. Nadie se le acercó. La car­ta produjo efecto solo 5 meses más tarde, en marzo de 1982, cuando el Profesor Wiese atracó de nuevo en Hamburgo. He aquí cómo descri­bió Pávlov durante la instrucción este primer contacto:

«Bajé a tierra con los mismos abrigo y gorra, pero sin el prospec­to. Un alemán entrado en años, al­to, tostado y ligeramente bizco co­menzó a seguirme y, aprovechando el momento oportuno, me hizo una seña. Cuando nuestro grupo entró en los grandes almacenes y mis compañeros se dispersaron por la sala en busca de regalitos, el hom­bre se me acercó y me mostró el sobre de la carta que yo había en­viado al consulado de la RFA en Noruega. Me preguntó en inglés si la había escrito yo y me entregó otro sobre con 800 marcos alema­nes. Dijo que esperaba que prosi­guieran nuestros contactos, prove­chosos tanto para mí como para él».

Al despedirse, el alemán bizco le pidió a Pávlov que escribiera una breve autobiografía y una lista de­tallada de sus trabajos científicos. Explicó que eso lo precisaba un centro de investigaciones de la RFA que se disponía a subsidiar los experimentos de Pávlov para crear diamantes artificiales. «Nos encontraremos en el puerto si­guiente» -añadió.

El puerto siguiente era Río de Janeiro, Brasil. Ya no hubo con­versaciones científicas. Ante todo, el alemán le pidió un recibo por los 800 marcos. Para la rendición de cuentas, según explicó. Luego dijo: «Por desgracia, en nuestros círcu­los científicos se sabe muy poco so­bre la URSS. La información que nosotros publicamos abiertamen­te, en su país se guarda bajo siete llaves. A juzgar por sus viajes al ex­tranjero a cargo del Registro mari­no, Ud. se dedicaba a los motores atómicos para los buques, ¿no?»

«Sí -respondió Pávlov- esto no es ningún secreto».

«A nosotros no nos interesan datos verdaderamente secretos. ¡No lo quiera Dios! Pero el centro cien­tífico que está dispuesto a ayudar­lo querría que, como compensa­ción, Ud. respondiera a algunas preguntas. Claro que nadie se en­terará y esto no influirá en su ca­rrera. Además, las preguntas son inocentes…»

¡Vaya inocencia! El alemán en­trado en años, agente del servicio de inteligencia germanooccidental -BND-, le pedía información que constituía un secreto estatal de la URSS. Pávlov comprendía muy bien adonde lo llevaban. ¡Qué Pre­mio Nobel ni qué ocho cuartos! Trató de negarse, pero el alemán le insinuó que debía ganarse de algu­na manera la suma recibida.

El barco científico Profesor Zúbov partió de Leningrado el 6 de octubre y poco después atracó en Copenhague. La tripulación bajó a tierra. A la salida del puerto espe­raba el alemán alto y guiñaba el ojo bizco. Pávlov fingió indiferen­cia y se ocultó entre su grupo.

Cuando se fotografiaron junto al monumento a los pescadores caí­dos, se acercó por un instante a un quiosco de flores y en seguida oyó a sus espaldas una voz ronca:

«¡Bienvenido! ¿Por qué está tan nervioso? Cálmese, nadie nos mira. ¿Trajo algo nuevo?»

Pávlov respondió que no, que no había podido.

«Sin mercancía no hay dinero -dijo el bizco-. Bueno, de todas formas Ud. puede ganarse algo aquí mismo. Tome este cuestiona­rio. Trate de responder a todas las preguntas para mañana. Con Ud. va a trabajar un joven colega mío. El lo encontrará. Nosotros nos ve­remos en Río. ¡Chao!»

Por la mañana, junto a una mansión antigua de la calle Strøget, Pávlov oyó que le pregunta­ban en inglés: «¿Respondió a nues­tro cuestionario, querido amigo?» Al lado de él se encontraba un jo­ven rubio y alto con una bolsa de plástico en la mano. Pávlov le en­tregó en silencio el cuestionario que había estado llenando afanosamente casi toda la noche. El ru­bio sacó una hoja del bolsillo, cote­jó lo escrito con la letra de Pávlov, le dio las gracias y se fue con rapi­dez.

El encuentro siguiente fue en Río de Janeiro. Pávlov estaba en un cruce de la avenida Rio Branco esperando la luz verde, cuando al­guien lo empujó suavemente en un costado. En seguida sintió en su mano algo semejante al estuche de cartón de un termómetro. Con el rabillo del ojo vio al rubio alto.

En el tubito había una nueva lis­ta de preguntas: sobre los buques de guerra soviéticos, los motores para submarinos atómicos, las em­presas de defensa y los especialis­tas que trabajan en ellas …

Por la mañana el Profesor Zúbov se hizo a la mar rumbo a Uruguay.

En la Plaza de la Independencia de Montevideo, el rubio alto esta­ba sentado en un banco, haciendo como que daba de comer a las pa­lomas. Pávlov se quedó a la zaga de sus compañeros y dobló por una esquina. El rubio lo alcanzó y le puso un sobre en el bolsillo. «Allí hay dinero -le dijo- y una pequeña sorpresa: ahora van a trabajar con Ud. los norteamericanos. Vaya mañana a las 11 al hotel Presiden­te en Plaza Artigas».

Pávlov regresó al puerto sin de­jar de reflexionar en por qué, de pronto, lo traspasaban a los norte­americanos. ¿Habían decidido que ya no lo precisaban como científi­co? Cierto es que había mentido un poco al contestar a las pregun­tas. ¡Pero no podía saber todo lo que a ellos les interesaba! Y tam­poco quería pasar por poco infor­mado …

Cuando abrió el sobre en su ca­marote, leyó: «Para nosotros su se­guridad está ante todo …» ¡No era mal comienzo! Después se expo­nían las condiciones para colaborar con la Agencia Central de Inteli­gencia de EE.UU.: un sueldo men­sual más recompensas por cada in­formación útil. «Todo esto se gira­rá a su cuenta personal en un ban­co». El sobre contenía también un anticipo de 100 dólares, y pesos uruguayos que le enviaban los ale­manes para arreglar cuentas con él.

… Divisó a los dos antes de lle­gar al hotel Presidente. El alemán conocido llevaba servicialmente del brazo a un hombre de mucho fuste que terna una extraña mane­ra de caminar: parecía sufrir de ra­diculitis y temer mover el torso. «¡Es el jefe!» -pensó Pávlov. A la entrada del hotel, la pareja se de­tuvo para esperar a Pávlov. El «je­fe» se quitó los anteojos oscuros y le extendió la mano: «Llámeme simplemente Pável. Gusto en co­nocerlo» -dijo.

El norteamericano estuvo exa­minándolo cerca de un minuto, se puso de nuevo los anteojos ahuma­dos y con un ademán lo invitó a entrar en el edificio. «No, no -se apresuró a decir Pávlov- Allí los nuestros pueden verme con uste­des por casualidad. ¿Cómo podría explicárselo?»

«Pero debemos conversar a fon­do y detalladamente -dijo el ‘jefe’-. Hagamos lo siguiente: le da­remos unas pastillas inofensivas para la salud, pero apenas las tome el médico de a bordo lo creerá gra­vemente enfermo y se verá obliga­do a hospitalizarlo. Se quedará aquí alrededor de un mes y le en­señaremos cosas que le servirán más adelante. Luego Ud. volverá a su país en cualquier barco soviéti­co. ¿Está de acuerdo?»

«¡No, no! Nada de pastillas. Me­jor sigamos como antes …»

«Como quiera -acordó Pável, metiendo una mano en el bolsillo-. Entonces, tome. Aquí hay pregun­tas y un poco de dinero para los gastos pequeños. Entregue las res­puestas a nuestro hombre en Mau­ricio. El lo encontrará a Ud. en el mercado. El santo y seña es ‘Pável Dúklov’».

La noche del 5 de abril de 1983, las luces de Port-Louis, capital de Mauricio, se divisaron en el hori­zonte …

Por la mañana Pávlov se dirigió a la ciudad. En la escalera del edificio administrativo del puerto vio a un muchacho robusto de anteojos ahumados que parecía mexicano. En Montevideo había integrado el grupo del «jefe» que vigilaba los accesos al hotel Presidente. El «mexicano» le hizo a Pávlov una seña con la mano y siguió indolentemente al grupo de marinos soviéticos que se dirigía al mercado. Junto a un puesto de regalos se intercambiaron los sobres y el muchacho desapareció entre el gentío.

El cuestionario de turno contenía 80 preguntas y cada una de ellas tenía 2 ó 3 adicionales. ¿Cómo responderlas? Pávlov no sabía ni la mitad de lo que preguntaban los norteamericanos porque se había alejado hacía demasiado tiempo de los asuntos secretos. ¡No importaba! No era la primera vez. Podía inventar .algo que sonara a verdad, que se ocuparan de comprobarlo. Para algo les pagaban.

Además del cuestionario, en el sobre del «mexicano» encontró una descripción de los métodos para los contactos secretos en el extranjero: direcciones, teléfonos, señales convencionales. También se decía que desde ese momento Pávlov ya no era Pávlov, sino el agente «Ralph Daniel» y que así debía firmar sus informes en lo sucesivo.

El 14 de mayo llegaron a Copenhague. Los tulipanes florecían por todas partes. En la plaza Amalienborg se amontonaban los turistas esperando el cambio de guardia ante el palacio real. Pávlov oyó a sus espaldas una voz tranquila que decía: «Saludos de Pável Dúklov». Se dio vuelta y vio al «mexicano», quien le pidió las respuestas a las 80 preguntas y le metió una libreta en el bolsillo.

La nota que iba en la libreta decía: Tiene en sus manos un escondite. Cuando llegue a su casa, abra cuidadosamente con una hojita de afeitar la tapa posterior y encontrará instrucciones y un esquema para los contactos indirectos en Moscú y Leningrado.

Al llegar a Leningrado, Pávlov debía escribir junto a la entrada de la casa N° 16 de la calle Krónverkskaya una gran cifra 2 que se viera desde los coches que pasaban por allí. Eso significaría que había vuelto a su trabajo, tenía acceso a la información y esperaba la señal.

La señal de la CIA debía buscarla en la plaza Vladimirskaya. Si un auto con chapa diplomática del consulado norteamericano aparecía estacionado con la parte delantera hacia la acera, significaría que el mensaje estaba en el sitio indicado de Leningrado. En caso contrario, en Moscú. El 24 de julio de 1983, la esposa del agente norteamericano Augustenborg, que trabajaba con cobertura diplomática, estacionó su coche de la segunda manera.

Pávlov partió de inmediato a Moscú, regresó al día siguiente y junto a la entrada del N° 11 en la calle Péstel (otro lugar acordado) apareció una gruesa cifra 2 de color negro. De este modo el agente Ralph Daniel comunicaba a sus amos que había estado en el parque Izmáilovo de Moscú y había recogido el contenido de la piedra. Varias horas después, desde una de las bases norteamericanas en Grecia llegó la siguiente radiocomunicación: «Nos alegramos de que haya recogido el contenedor. Esperamos su señal sobre su visita al punto ‘40’».

El escondite «40» era un indicador de caminos en el km 40 de la carretera litoral por el que pasaban regularmente los diplomáticos norteamericanos para ir a su casa de campo en Zelenogorsk, a 60 km de Leningrado. El sábado 10 de septiembre, a las 7 de la tarde, junto al indicador «40» apareció un trapo común y corriente manchado de petróleo, dentro del cual se encontraba una lata de conserva con un informe de Ralph Daniel.

Veinticuatro horas después, a las 7 de la tarde del 11 de septiembre. Mueller, funcionario del consulado norteamericano y espía profesional, redujo la velocidad en el km 40 de la carretera litoral, pero en lugar de detenerse, siguió camino a Zelenogorsk, donde desde el viernes se encontraba descansando la familia Augustenborg.

Cuarenta minutos después que el auto de Mueller entrara en la casa de campo diplomática, Augustenborg salió de allí con su esposa y su hijita de 2 años. Junto al indicador del km 40 se detuvo bruscamente. La señora Augustenborg bajó del coche llevando una frazadita de niño, la sacudió, se le escapó de las manos y cayó justamente encima del trapo sucio. Fingiéndose muy afligida por su torpeza, recogió la frazadita y se apresuró en regresar al coche.

Augustenborg seguía al volante listo para partir al menor peligro. Pero la carretera estaba absolutamente desierta. La señora Augustenborg arrojó la frazadita con el trapo al asiento trasero, donde lloriqueaba su hijita en un asiento especial para niños. Abrió la puerta delantera, quiso sentarse junto a su esposo, pero no alcanzó a hacerlo. Varias personas vestidas con trajes de camuflaje parecieron brotar de debajo de la tierra, dando un buen susto a la pareja, y rodearon el coche …

Los acontecimientos siguieron su desarrollo lógico. El otoño de 1983 Augustenborg, funcionario del consulado de EE.UU. en Leningrado fue declarado persona non grata. Poco después también abandonó la URSS el señor Mueller. En cuanto al fracasado Premio Nobel, tuvo que conversar larga y detalladamente con el juez de instrucción.

Adaptado del diario PRAVDA

Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 05. Mayo de 1986, Págs: 88-95.

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Una respuesta a “Un hombre que soñó con un brillante futuro, mientras vendía secretos a la CIA

  1. JUAN MANUEL 5 marzo, 2012 en 02:36

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