Revista Sputnik

Este blog está dedicado a la desaparecida revista soviética Sputnik.

LA TORMENTA Y LA COSECHA

¿Son útiles las tormentas? Mu­chos, probablemente, nos dirían que a menudo causan gran daño a los campos y huertas; después de ellas, los sembradíos y bancales quedan derrubiados o convertidos- en charcos, las plantas aplastadas, las ramas quebradas, y los frutos y las hojas, desparramados por el suelo.

Sin embargo, la verdad es que todo este daño no significa nada en comparación con el enorme papel positivo que desempeñan las tor­mentas en la formación del suelo.

Aunque trabajo en el Instituto Siberiano de Geología, Geofísica y Materias Primas Minerales -es de­cir, que la agronomía está fuera de mis intereses directos- mis estu­dios de la tormenta como uno de los eslabones naturales en la cadena atmósfera-litósfera-biósfera me han llevado a concebir un método nuevo, muy prometedor y «ecológicamente puro» de cultivar las plantas.

EL NITRÓGENO Y EL SUBSUELO

Es imposible imaginarse la vida en la tierra sin nitrógeno, las albúminas y los aminoácidos, por ejemplo, contienen un 18% de nitrógeno, Mientras tanto este importantísimo elemento químico se halla distribuido en nuestro planeta de un modo muy desigual: Un 78% de su volumen se concentra en la atmósfera, el 0,4% en la corteza terrestre y el resto, en la biósfera. Pero, como se sabe, son pocas las plantas capaces de asimilarlo directamente del aire. Todo lo vivo (las plantas y los animales que las comen) reciben el nitrógeno principalmente del subsuelo.

Según una de las hipótesis, el desplazamiento inicial de las combinaciones de nitrógeno de la atmósfera a la corteza terrestre ocurrió en una época geológica muy lejana, cuando en la tierra reinaban frecuentes y fuertes tormentas. Pero este proceso continúa también hoy en día: En nuestro planeta cada hora se desencadenan cerca 3.000 tormentas grandes y pequeñas, que atraviesan la at­mósfera con 100.000 relámpagos. Esos cordones de plasma de cente­nares de miles de grados Celsius ionizan el aire, formando nuevas combinaciones, en particular óxi­dos de nitrógeno, que, al disolverse en el agua pluvial, se convierten en ácido nítrico.

La acidez de una lluvia de tor­menta es bastante alta: las prime­ras gotas tienen un sabor agrio. También son bastante grandes las cantidades. Así, en las latitudes 50-60 de Rusia, anualmente cae en la tierra cerca de 1,5 t de ácido nítrico por km2. Y en la península Indochina, mundialmente famosa por sus tormentas y tempestades, este índice llega a 3,5t. Allí mismo hay lugares donde llega a 7 t. Na­turalmente, tales cantidades de una sustancia química tan activa no pueden menos de dejar huellas en la tierra.

La solución de ácido nítrico que cae durante las tormentas se filtra en el suelo y entra en reacción prácticamente con todos los mine­rales. Si ponemos en una hoja de papel una cucharadita de suelo, veremos que está constituido por una mezcla de piedras chiquitas, granos de arena, bolitas o partícu­las de barro y humus. Los granos y piedritas, como regla, son diversas combinaciones de óxidos, o sea, combinaciones químicas de oxígeno con silicio (la parte más impor­tante), aluminio, hierro, magnesio, calcio, potasio, sodio, etc. Pero esas combinaciones no sirven para «alimentar» a las raíces de las plantas como tampoco el hombre puede comer un pedazo de lignito, aunque, al igual que un trozo de azú­car, sea un carbono.

De alimento a las plantas les sirven las sales de los elementosquímicos antes mencionados. El ácido nítrico es uno de los «cocineros» que prepara las sales comestibles para las plantas.

El académico Vladímir Vernadski tenía razón cuando en los primeros decenios del siglo XX afirmaba que en la formación del suelo participan tanto la biosfera y la atmósfera, como la litosferas ú hidrosfera. Lo forman no solo el sol, las fluctuaciones de la tempe­ratura, los vientos y las aguas subterráneas, que trituran, desmenuzan y trasladan las rocas; no solo el oxígeno y el anhídrido carbónico, que permiten vivir en él a miríadas de organismos vivos; no solo los microorganismos, indispensables sepultureros de los representantes de la fauna y la flora perecidos, sino también las combinaciones nítricas que llegan de la atmósfera.

SIGAMOS EL EJEMPLO DE LA TORMENTA

Hablemos ahora sobre la utili­dad práctica de las tormentas. En el mundo cada año aumenta la cantidad de abonos utilizados para elevar las cosechas, ante todo, los abonos nitrogenados. Si en 1956 (calculado en nitrógeno) en el pla­neta produjeron e introdujeron en el suelo 3.500.000 t de abonos ni­trogenados, en 1974 esta cifra as­cendió a 40.000.000 de t y en el 2000 se necesitarán 200.000.000 de t.

Esto origina toda una serie de problemas. Primero, los yacimien­tos de materias primas no son ili­mitados. Segundo, cada vez es más costoso extraer, fabricar y trans­portar a grandes distancias estos abonos. Por último -y esto es lo principal- el actual método de in­troducción de los fertilizantes con­centrados secos o líquidos no es económico ni ecológico. Para mu­chos habitantes del suelo las sus­tancias químicas representan un veneno mortal. Como resultado, perecen, y tras estos organismos mueren los que se alimentan de ellos o en una u otra forma depen­den de ellos.

Los abonos utilizados caen a las aguas subterráneas, llegan a los arroyos, ríos, lagos y mares donde matan a los peces y otros animales. Y estas son consecuencias que el hombre ya está sintiendo directa­mente.

¿Qué hacer, entonces, si ya no podemos prescindir de los abonos?

Bueno, pues probamos copiar a las tormentas. Claro que sin relám­pagos ni truenos. Simplemente echábamos sobre las plantas una solución de ácido nítrico de la mis­ma concentración que produce una buena tormenta. Primero ex­perimentamos con tomates. En dos bancales vecinos se hallaban plantones de la misma variedad, edad y aspecto exterior, con suelos e iluminación idénticos. Pero uno lo abonamos como lo hacen los horticultores experimentados -es decir, introdujimos fertilizantes en la tierra antes de plantar los toma­tes-, mientras que el otro no lo abonamos, sino que lo regamos con una «lluvia de tormenta». ¿El resultado? En el segundo bancal la cosecha fue un 50 % mayor.

Experimentos llevados a cabo a lo largo de tres años demostraron que lo mismo sucede con los pepi­nos, la avena y el alforfón. Ade­más, con tal método de cultivo las plantas movilizan mejor sus fuer­zas internas. Su sistema radical es más fuerte, pues las raíces no «se sobrealimentan» como sucede cuando hay demasiados productos nutritivos al lado, y no se vuelven delicadas. Los esfuerzos de las raí­ces no son vanos, porque el ácido nítrico las abastece de las sales ne­cesarias.

Con este método de cultivo se necesita mucho menos abonos que con los métodos tradicionales.

Adaptado de la revista NAUKA V SSSR por Yuri UVAROV

Tomado de la revista Sputnik, Selecciones de La Prensa Soviética, Número 03. Marzo de 1987, Págs: 96-99.

Una respuesta a “LA TORMENTA Y LA COSECHA

  1. Jonathan Araneda 8 septiembre, 2015 en 20:37

    Muy interesante el articulo, tanto por lo del abono de acido nitrico (no aclaran la proporcion) como por lo de las tormentas solares….habra algun indice de aumento de cosechas en esos años?
    Felicitaciones!!!

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